El primer fotógrafo de viajes del mundo por Mariano López

"Con los años lo único que mantiene el valor de su coste original son los recuerdos de mis viajes".

Mariano López

Burton Holmes, el primer hombre que fotografió el mundo, quiso ser mago pero fue fotógrafo de viajes, lo que viene a ser lo mismo, porque, según sostuvo hasta su muerte, ambos trabajos gozan de parecida identidad. Nació en 1870, en Chicago. Su padre era un banquero, su abuelo un rico constructor. Desde la cuna, toda su familia le alentó por el camino de la multiplicación de los ahorros. Así que Holmes apostó por la riqueza, pero por una vía diferente a la de sus mayores. Cuando sintió su vida coronada, después de haber viajado por casi todo el mundo, pensó cuál era el mayor de sus tesoros y escribió: "Lo único que sigo conservando y que mantiene el valor de su coste original son los recuerdos de mis viajes".

A los 13 años se compró una cámara que le costó 10 dólares. Su primera exposición, con fotografías en blanco y negro realizadas en Europa, sólo atrajo a un escaso público. Con todo, Holmes ganó algo de dinero. Viajó a Japón y a su regreso decidió crear, a partir de sus fotos viajeras, un espectáculo único: una presentación gráfica animada de sus fotos, coloreadas por artistas y acompañadas por sus comentarios con todo el rigor teatral y la belleza que fueran posibles. Llamó a este nuevo espectáculo "travelogue", de "travel" (viaje) y "dialogue" (diálogos). Los travelogues fueron un éxito rotundo. Le permitieron seguir viajando y alimentando una colección de fotografías única, excepcional. Este verano se ha publicado un precioso libro (Crónicas de un viajero. Burton Holmes, el pionero del fotorreportaje, de la editorial Taschen), que recoge una antología de las mejores fotografías de Burton Holmes, recopiladas y seleccionadas por la editora gráfica Genoa Caldwell, con las que se reitera que Holmes logró un maravilloso reportaje gráfico de cómo era el mundo a principios del siglo XX. Las imágenes de Burton Holmes nos muestran los primeros muros de las esclusas del Canal de Panamá; Dawson City durante la fiebre del oro en Alaska; la línea, apenas iniciada, del Transiberiano; el París que dejó la Exposición Universal de 1900; Pekín después de la rebelión de los boxers y las plazas de Londres, colapsadas por el tráfico de los autobuses tirados por caballos.

Holmes tuvo la fortuna de recorrer el mundo en la época de los primeros turistas. Su intención es retratar lo que ve. No investiga, no profundiza en sus observaciones, pero sí cuenta cómo le afecta el encuentro con mundos extraños para su mentalidad y sus costumbres. En España le molestan las corridas de toros a las que luego se aficiona. Más le duelen los trenes llenos de chinches. Japón es su país preferido, pero el que más le fascina es la India. Su fama como fotógrafo le permitió estar cerca del Vesubio durante una gran erupción y asistir a la coronación del Ras Tafari Maconene, que se proclamaría Emperador de Etiopía con el sobrenombre de Haile Selassie, que significa "El Poder de la Trinidad".

Su editora, Genoa Campbell, describe a Holmes como un hombre impecable y enérgico, de barba puntiaguda, porte erguido y discurso preciso. Hablaba poco. Le gustaba que sus imágenes hablaran por él. "Es mejor ver algo una vez -solía decir- que comentarlo cien veces". Cuando murió, hace poco más de 50 años, la realidad se había distanciado enormemente de todas y cada una de sus fotos. Su libro, Crónicas de un viajero, es una delicia. Una ventana a un mundo extinguido que transmite el más cálido entusiasmo por viajar. Con las fotos y la firma de un hombre que se sintió multimillonario por la riqueza acumulada, la memoria de sus muchos viajes.