El penacho de Moctezuma, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

La fabulosa corona de plumas de Moctezuma voló a Viena hace mucho tiempo, pero su destino aún está en el alero. Cierto es que los gobiernos de México nunca han dejado de reclamar esa joya, conocida como El penacho de Moctezuma, y que está a buen recaudo en el Museo de Etnología de Viena. En 2008 hay un motivo más para insistir: hace 70 años México se convirtió en el primer país en denunciar ante la Liga de Naciones la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi.
El aire de la historia, además, sopla a favor de los retornos. Los italianos acaban de lograr la vuelta del Vaso de Eufronios que había adquirido el Museo Metropolitan de Nueva York por un millón de dólares sabiendo que era robado. Ejemplo eximio del arte griego, esa crátera de hace 2.500 años se consideraba en Italia un patrimonio irrenunciable. Pero para los mexicanos el penacho es un símbolo nacional de primera categoría. Otra cosa es el ruido de los mexicanos milenaristas que relacionan la eventual devolución de la corona con la venida de Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, el dios que regeneraría el país, su dignidad y sus finanzas. Todo de un golpe.
El penacho, o quetzalcopilli, de Moctezuma consta de 450 plumas de quetzal dispuestas en un arco de 120 grados y con un radio de 80 centímetros. Las largas plumas verdes del quetzal destacan por su brillo y color, aunque no faltan pequeñas plumas blancas, rojizas y turquesas de aves como cotinga, pájaro cuchara y piaya. Es el arte pluma r io del viejo México en todo su esplendor .
Lo más probable es que el penacho formara parte de los "regalos de Moctezuma" que recibió el conquistador español en 1519 al poco de desembarcar en Veracruz. Luego, esos "regalos de Moctezuma" llegaron a manos de Carlos V, quien los mandó exhibir en Bruselas. Alberto Durero se quedó maravillado: "En todos los días de mi vida no he visto nada que alegrara tanto el corazón como esas cosas". Había discos de oro del Sol y la Luna, un plato con una representación de Venus, y el penacho de Moctezuma, que en estos momentos no se encuentra expuesto al público por motivos de rehabilitación del museo vienés, así se dice.
En 1524 el penacho, junto a otros objetos aztecas, pasó al hermano menor de Carlos V, el archiduque Fernando del Tirol (luego sería el emperador Fernando I). El archiduque inició con eso una espléndida colección -o Kunstkammer, "cámara de arte"- que luego engrosaría la Colección Ambras del Palacio Belvedere de Viena, donde se quedó el penacho largo tiempo, desafiando la historia y sus incongruencias. En un inventario efectuado durante el año 1596 apareció catalogado como "sombrero moro". Christian Feest, director del Museo de Etnología, parte del gran Kunsthistoriche Museum vienés, ya ha dejado caer que a lo mejor no era el penacho de Moctezuma sino de algún sacerdote. Y Feest echa otro jarro, y no de Eufronios, sino de agua fría, sobre el asunto: "Hoy la República de Austria es la administradora de esta inalienable herencia cultural de Austria [el penacho] que así es parte del legado cultural mundial. Nuestro deber es salvaguardarla y mantenerla". Tanto como decir que los austriacos no sueltan el penacho como los ingleses no devuelven los frisos del Partenón por mucho que Melina Mercouri los haya reclamado. Y ahí está el activo Zaki Hawas, secretario general del Consejo Supremo de las Antigüedades de Egipto. Hawas pretende la devolución de los obeliscos que hay en Roma, París y Londres, el pago de un canon por reproducir imágenes de las pirámides o de la Esfinge, y que se condene a cadena perpetua a quienes destrocen los monumentos del país. De momento está prohibido subirse a las pirámides de Gizeh.
Abelardo Rodríguez, presidente mexicano en 1932-1934, también luchó lo suyo por el penacho. Al no conseguirlo, mandó hacer una copia para exponerla en el Museo de Antropología de la capital azteca. Más es mucho pedir. Ya llegará volando un día el penacho si eso es lo que está en los designios de la Serpiente Emplumada.