El país de "Chingis" Kan por Mariano López

Mongolia celebra el próximo año el 800 Aniversario de la Fundación del Estado de Gengis Kan, una efeméride cogida por los pelos, pero necesaria para un país al que se le hurtó, durante décadas, la memoria del más grande de sus líderes.

Mariano López

Sólo existe un país en el mundo en el que puedes via-jar más de mil kilómetros sin encontrarte con un te- levisor. Además, fuera de la capital y de sus muy escasos pueblos, es muy probable que tampoco encuentres edificios ni postes ni tan siquiera vallas. ¿Para qué necesita vallas un nómada? Mongolia es la última nación de nóma- das que queda en Asia. Dostoievski la visitó en 1854 y dijo que estaba igual que en la época de Abraham. Una tie- rra virgen habitada por pastores que viven por y para sus rebaños, que, eso sí, no están formados por cabras ni mí- seras ovejas sino por veloces caballos. "Mongolia -dice Stanley Stewart en su libro En el imperio de Gengis Kan- es la tierra de los hombres con patas de caballo". Tiene razón. En el idioma mongol existen 250 palabras para expresar "caballo" y una sola con el significado de "pez". Todos los mongoles son unos excelentes jinetes. Si Gengis Kan levantara la cabeza, se sentiría tan cómodo en la actual Mongolia como en la que abandonó para construir el mayor imperio jamás conocido en el mundo.

Mongolia celebra el próximo año el 800 aniversario de la fundación del Estado por Gengis Kan. Es una efemé- ride cogida por los pelos, pero necesaria para un país al que se le hurtó, durante décadas, la memoria del más grande de sus líderes. En 1962, el país, entonces bajo la órbita soviética, intentó celebrar el 800 aniversario del naci- miento de Gengis (en Mon- golia se dice "Chingis") Kan. Se levantaron varias estatuas del mayor de los guerreros y se anunciaron discursos y conmemoraciones. Pero Kruschev abortó la fiesta, destruyó las estatuas y mandó a SIberia a los promotores de la bro- ma. Según la doctrina ofi- cial soviética impuesta por Stalin, Chingis Kan había sido un terrate- niente reaccionario con ideas feudales, un ogro tiránico y una vergüenza para la historia de la huma- nidad. Stalin siempre había considerado Mongolia como un patio trasero de la Unión Soviética. Destruyó todos los monaste- rios budistas del país, fusiló a la mayoría de los lamas, cambió el nombre de las escasas ciudades -el de la capital, Ulan Bator, significa "Héroe Rojo"- y obligó a que en las escuelas se estudiara el ruso y el mongol con caracteres cirílicos. A cambio, regaló a los mongoles colegios, hospitales y pensiones gratis, construyó la única vía de tren y la única carretera y les convenció de que eran el segundo país más avanzado del mundo. Cuando, en el año 1990, la Unión Soviética desapareció definitivamente y Rusia dijo adiós a sus antiguos aliados, Mongolia se despertó con una deuda de seis mil millones de dólares y con la extraña certeza de constituir un mundo aparte en una clasificación internacional del desarrollo que no premia el número de tiendas de campaña ni la cantidad de caballos por kilómetro cuadrado.

Estuve en Mongolia de la mano de Cristo Camilo Gavilla Gómez, un cubano, doctor en Químicas, que además de dirigir Samar Magic Tours, la única agencia de viajes que habla español en Ulan Bator, posee un restaurante, llamado El Latino, donde sirven platillos del Caribe y se escucha el son. Cristo Camilo ha sido el que me ha informado de los actos del próximo aniversario de Chingis Kan. Ahora que son más accesibles y más baratos los vuelos a China es más fácil que nunca viajar a Mongolia, cuya capital está a menos de dos horas de vuelo desde Pekín. La recomendación sirve para viajeros aguerridos. En Mongolia sólo existen hoteles en la capital, Ulan Bator, y cualquier desplazamiento exige dormir en las típicas tiendas circulares de campaña que los rusos llamaron yurtas y los mongoles denominan gers. La comida resulta escasa y las carreteras, pistas. Pero el viaje merecerá la pena a quienes sepan disfrutar de las montañas, valles y ríos inmaculados de un país que ocupa una superficie tres veces superior a la de España y apenas está ocupado por tres millones de habitantes. Un país increíble, en el que se considera de mala educación llamar a las puertas de las gers. Todo el mundo es bienvenido. Incluso en Ulan Bator, donde hay barrios formados por tiendas de campaña y edificios en los que es costumbre clavar postes frente al portal para atar a los caballos. Es el último país nómada del mundo. Otro planeta.