El ombligo polar, por Luis Pancorbo

El Círculo Polar, el soñado ombligo ártico, oscila un metro o dos al día en 250 kilómetros y avanza unos nueve segundos cada 18,6 años.

Luis Pancorbo

Dentro de cómo va el mundo, siempre es bueno ir apuntando distintas muescas de viajes, sitios que se pisaron por el propio lujo de hacerlo, la raya del Ecuador, por ejemplo, o si no, los Polos. Si esto último requiere una cierta destreza, no tanto poner los pies en el círculo del ombligo (o del Polo), que otra cosa no significa Napapiiri en finlandés. Añadiendo Pohjoinen se entiende que es el Círculo Polar Ártico, un lugar que no existe, pero para no existir está lleno de tiendas, nieve, publicidad y sueños, sobre todo para los niños que aún creen en Santa Claus (o Papá Noel, o Joulupukki en suomi).

A ocho kilómetros de la ciudad de Rovaniemi, con motivo de que por ahí debe pasar el borde del ombligo helado, han levantado una especie de pueblo de Santa, donde destaca su oficina de correos, que todos los días, nada digamos de las tradicionales fechas navideñas, matasella numerosas cartas. Si uno se pone en plan geográfico, existe una raya en el suelo de uno de los edificios de Napapiiri que indica los 66º 33'' 07'''', es decir, que por ahí pasa el paralelo del Círculo Polar Ártico, un verdadero triunfo de nuevo para tus suelas.

Pero cual no será tu sorpresa cuando en el aledaño mostrador de información te dicen que el Círculo se ha corrido unos centenares de metros y que ya en el año 2000 había ganado 37 segundos. Es como si te dijeran de repente que Santa Claus no existe. Uno se queda más helado de lo que convendría en este paraje, y no hace sino echar de menos la exactitud, que es la salsa de todos los viajes, nada digamos la que tiene el péndulo de Foucault, no tanto en el Conservatorio de Artes y Oficios de la ciudad de París como en la novela escrita por Umberto Eco.

En fin, el Círculo Polar, el soñado ombligo ártico, no es lo que era, y empieza a ser una pena juntando eso a que se está debilitando el campo magnético de la Tierra, y a este paso podría haber una inversión magnética de los Polos, aparte de que sube la temperatura, y la contaminación, y el tóxico paro, y que hay alguna que otra peste por el mundo.

En todo caso, uno, como es absolutamente disciplinado con la geografía, se cree por completo lo de que un ombligo o círculo polar constituye el límite donde el sol en verano ya no desciende tras el horizonte, ni se eleva en invierno al menos durante 24 horas anuales. Dicho de otro modo, en el solsticio de verano tienes 24 horas de sol y en el solsticio de invierno no tienes sol ni por asomo durante otras 24 horas.

Se puede comprobar en este sol o luna de junio, aunque sabiendo que el Círculo Polar oscila un metro o dos al día en 250 kilómetros. O sea, es lo contrario del Punto Fijo soñado por los personajes de Eco para tener una certeza, si no una ideología o una religión, a la que agarrarse. Y es que el ombligo polar avanza y recula, aunque al final cada 40.000 años alcanza su cima y su ser. Magia de la nutación, con ene, nada de mutación, que eso se queda para los virus. Nutación, cabeceo, y casi mareo, que hace que los polos se vayan desmayando unos nueve segundos cada 18,6 años.

No me extraña que Eleanor Roosevelt, viuda del presidente que en sus cuatro mandatos vio de todo, desde la crisis económica a la guerra mundial, fuese la primera visitante oficial del ombligo polar finlandés en el verano del año 1950. Había que comprobar la esfericidad del círculo polar porque a veces se parece un poco a la barriga roja de Santa Claus.