El ojo viajero de José Suárez, por Luis Pancorbo

José Suárez fue otra vez pionero fotografiando a las "ama", las buceadoras de perlas de Mikimoto.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Unos ojos vivos que piensan. Todo un título para la exposición fotográfica en homenaje a José Suárez en el Instituto Cervantes de Madrid. Suárez, nacido en 1902 en Allariz (Orense), tuvo entre otras virtudes la de comprender que el paisaje es poca cosa si dentro no está el ojo del hombre, la mirada aunque sea de soslayo del pescador. Otras veces el ojo se adivina, como en una foto espectacular de molinos de viento, pero donde el que mira a cámara no es Don Quijote. Es un perro, y eso hace saltar todas las perspectivas.

Desde su libro 50 fotos de Salamanca (1932), prologado por su amigo Miguel de Unamuno, Suárez dejó claro que si se iba de Galicia no era para renunciar a su peculiar blanco y negro, tan lleno de celajes, y de un carácter rebosante de sed de justicia. Él iba a contar, una vez más, la historia del hombre sobre la tierra, la España áspera en primer lugar. Tras la Guerra Civil se tuvo que exiliar en América, pero ya está tocado por la gracia. No es la de un santoral, es la del poema Gracia, que le dedica Rafael Alberti en 1949: "A ti, divina, corporal, preciosa...". Alberti en su confín argentino admira a Suárez como a un artista de la cámara fotográfica, y por escudriñar lo que aún no está visto. Es lo que Alberti reconoce a Suárez hasta dedicándole una foto suya en 1950. Y José Bergamín hace lo propio con una foto donde tiene los pantalones inflados por el viento en Punta del Este. ¿Río o mar? Bergamín está junto a un pastor alemán que observa.

Todos miran a José Suárez, hasta las pajaritas de papel de Unamuno, expuestas junto a la plegadera con la que el rector de Salamanca abría las cartas. Pero si a Suárez le estimaban los mejores escritores era porque estaba en su sitio, con su cámara: "Nunca violento la vida que encuentro a mi lado". Ahora hay polémica sobre Steve McCurry, el muy publicitado fotógrafo de National Geographic, por usar Photoshop. Eso habría anulado también el discurso de Suárez, los ojos vivos y pensantes. Como cuando captaba a un mariñeiro con una red en la cabeza. Ya estaba indicando de qué lado de la vida estaba. No del costumbrismo. No del realismo banal. No de la blanda autonomía de la gaita. Él estaba con el hombre doblado bajo el peso de la existencia.

En 1957 Suárez expone en Buenos Aires Vislumbre del Japón. Fue otra vez pionero fotografiando a las ama, las buceadoras de perlas de Mikimoto. Y usando un color tan empastado que casi hace olvidar su insigne blanco y negro. Pero es que ya Suárez puede con todo. Si va a Glyndebourne fotografía a la alta sociedad británica, bien vestida y feliz. Una mirada acaso de la buena suerte. Algo de eso debe perder Suárez cuando vuelve a España de su exilio. Hace series de temas manchegos y gallegos, pero el clima no le era tan favorable como cuando era el gran fotógrafo pensador de antes de la Guerra Civil.

José Suárez, con su fotografía tan natural de la gente, no fue a la zaga de un Cartier Bresson. Como tampoco un fotógrafo y hombre cabal como Álvaro Leiva, una pérdida irreparable con su fallecimiento a sus 45 años. Álvaro trabajó mucho en esa fibra de la humanidad vista con la ironía necesaria. Era de esos fotógrafos, etnógrafos, artistas, con su escritura de luz y sombras. Con su difícil sencillez frente a otros que experimentan. El trabajo con macro de plantas de Karl Blossfeldt refleja un mundo fractal con patrones, espirales, hélices, que se repiten hasta el infinito. Como copos de nieve. Suárez iba a los ojos insondables.