El mar por Javier Reverte

Jamás se borrará de mi memoria el primer día que contemplé el Atlántico al subir un altozano en Galicia.

Javier Reverte

Hace unos días andaba por un pueblo de la Alcarria profunda y, tras ofrecer una charla y conversar con un grupo de personas sobre viajes -¿de qué le hablan a uno casi siempre, salvo de eso?-, una mujer de edad avanzada me dijo de pronto, con una pasmosa naturalidad: "Yo nunca he visto el mar". Pensé que estaba bromeando y le pregunté un par de veces: "¿Lo dice usted en serio, señora?". El gesto de su cara me convenció cuando afirmó rotunda, respondiendo por segunda vez a mi pregunta: "Nunca lo he visto, señor, nunca, créame". Me dieron ganas de decirle que yo mismo la llevaba a verlo en mi coche esa misma tarde, pero antes de que me ofreciera a emprender tan loca y sin duda divertida aventura, ella añadió rápidamente: "No estoy muy segura de querer ir, porque no sé si me decepcionaría. ¿Usted cree que es importante ver el mar?".

Vaya pregunta, me digo ahora al reproducir la breve conversación con la mujer. Y me acuerdo, al mismo tiempo, de la primera vez que pude ver el mar. Lo conté hace años en un libro que titulé La aventura de viajar, pero en estos artículos jamás lo he relatado. De modo que allá va.

Como se suele decir, a la sazón tenía yo 11 años y no había salido nunca más allá de algunos pueblos de la sierra de Guadarrama de Madrid, la ciudad en donde nací. O sea, hace la friolera de 55 años que me asomé por vez primera a los balcones de la mar, que suena siempre mucho mejor en femenino. Fue en Vigo. Yo había ido a veranear con mi hermano José Manuel a un pequeño pueblo del interior de Galicia llamado Rubiós, en donde tenía una casa mi tío Antonio. Y una tarde, mi tío nos anunció que iríamos a ver el mar. Así que, la siguiente mañana, nos subimos en un autobús con dirección al pueblo de Puenteareas, que supongo que era algo así como la capital de la comarca, y allí cambiamos a otro coche de línea algo más moderno para dirigirnos finalmente a la ciudad de Vigo.

Tengo el recuerdo ahora mismo tan fresco como aquella jornada del año 1955. Era un día nuboso y algo frío. Al subir una loma, entre los racimos de viviendas de un caserío, asomó una línea recta, partiendo el horizonte, que parecía una tajadura realizada por un sable. Arriba, se tendía un cielo de color gris. Y abajo, la línea del Océano Atlántico, extrañamente teñida de un color cobrizo. No sé si alguien gritó eso de "¡el mar, el mar!", como los soldados de Jenofonte de la Anábasis. Pero yo sentí que estaba en presencia de algo magnífico que iba a cambiar mi vida con toda seguridad, como así fue.

Cuando el autobús aparcó, no excesivamente lejos de la orilla del océano, mi hermano José y yo corrimos hacia la playa, metimos los pies en el agua, mojamos un dedo y lo chupamos: ¡estaba salada! Por una vez, los mayores no nos habían mentido.

Después de aquello, no he dejado de ir al mar siempre que puedo. Tuve durante cuatro años un barco con dos amigos y, durante otros cuatro, otro algo mejor con un camarada de pesca. He navegado en un carguero el Atlántico, entre Norteamérica y Europa, y he cruzado el paso del noroeste, en el Ártico, entre el Atlántico y el Pacífico. Y dentro de unos meses espero embarcarme en un nuevo buque para cruzar el Índico, entre Suráfrica y Australia. De modo que ya soy casi un marino de altura. No obstante, jamás se borrará de mi memoria aquel primer día que contemplé el Atlántico al subir un altozano en una carretera del interior de Galicia. ¡Cómo se prenden en nuestra memoria las visiones y las sensaciones de nuestra infancia!

Por eso, cuando aquella mujer alcarreña me preguntó si creía que era importante ver el mar, respondí sin pensarlo que, no sólo era importante, sino esencial. ¿Cómo se puede vivir sin ver el mar? Es algo que no alcanzo a concebir.

Pensando ahora sobre ello, y a sabiendas que hace muy pocas décadas que nuestro país ha salido de un atraso en las comunicaciones que duró siglos, me pregunto cuál será el número de españoles que no ha visto el mar. Ningún periódico se ha ocupado de investigarlo ni ningún gobierno de remediarlo. Y no sería malo ponerse a la tarea.

Como decía el escritor estadounidense Herman Melville: "No conozco a ningún gran hombre que haya permanecido toda su vida en tierra". Porque el mar ensancha el alma. Y a los españoles nos vendría bastante bien ensancharla un poco.