El Mahdi, por Luis Pancorbo

Jamkaran es la meta que atrae a los peregrinos, el epicentro de la ansiosa espera del Imán Oculto.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Todos los días, en especial los martes, un gentío se agolpa ante el pozo de la mezquita de Jamkaran, a 150 kilómetros de Teherán. Muchos echan en ese pozo un papel donde han escrito alguna petición dirigida al Imán Duodécimo. Es el Imán Oculto, o el Mahdi, el que ha de venir, ya no faltando mucho, para hacer justicia en este mundo. En eso creen los chiítas en Irán. Otros peregrinos atan cuerdecillas en las rejas del pozo, lazos de unión con el Mahdi, que recuerdan los exvotos de tela que se cuelgan en las ramas de los árboles en Uzbekistán y otros países de Asia Central en honor de diversas deidades.

El momento culminante se produce con la salat al Magrib, la oración del atardecer, cuando muchos fieles chiítas sienten que el Mahdi está más cerca que nunca. A continuación, la mezquita, erigida en honor del jeque Hasan Bin Mathleh Jamkarani, ofrece una cena votiva a los fieles para que puedan volver a sus casas restablecidos amén de emocionados. Todo lo cual viene del año 984, cuando el jeque Jamkarani vio en este mismo sitio al propio Mahdi, y además en compañía de Al Khird, o El Verde, uno de los profetas reconocidos en el Corán, y de 60 personas vestidas de blanco o de verde, y sentadas sobre cojines y almohadones. Jamkarani tuvo una experiencia extraordinaria sobre todo por ver en persona al Mahdi, por otro nombre Wali al-Asr, el Señor o Maestro del Tiempo, un hombre de bellas facciones y de unos 30 años de edad. Él, el Mahdi, mandó a Jamkarani matar una cabra y dar su carne a los enfermos, y los que comieron sanaron. También encargó a Jamkarani que se acercara hasta Qom, donde vivía el venerable Seyyed Abul Hasan, para que éste dedicara las limosnas que administraba a erigir una mezquita en el lugar de la aparición. Las cadenas del recinto de la nueva mezquita curaban a los enfermos, aunque desaparecieron a la muerte de Seyyed Abul Hasan.

La mezquita de Jamkaran resplandece por la noche con su cúpula de color pistacho y sus dos minaretes despidiendo luces entre verdosas y fantasmagóricas, a seis kilómetros de Qom, donde es como de oro macizo la cúpula de la mezquita de Fátima Masumeh, la hermana del Imán Reza, una belleza de arte iraní que nunca se ha disipado en mi memoria. Ahora es Jamkaran, más que Qom, la meta que atrae a los peregrinos, el epicentro de la ansiosa espera del Imán Oculto. Para algunos podría tratarse de Mohamed ibn Hasan, descendiente directo del Profeta, quien desapareció en el siglo IX, pero para preparar un retorno que será precedido de un caos, guerras y pestes, como en el Apocalipsis cristiano. Luego el Mahdi impondrá la paz en el mundo o en lo que quede de él.

Uno no siente añoranza por tiempos venideros y apocalípticos, sino por el tiempo transcurrido. Cuando fui por primera vez a Irán en diciembre de 1979 pude entrevistar en Qom al ayatolá Jaljali, un mulá de verbo incendiario y notable barriga ceñida por un cinturón con una pistola Llama, hecha en Vitoria. Jaljali presidía los tribunales revolucionarios del nuevo régimen instaurado en febrero de ese mismo año tras la caída del Sha. También pude conocer a Sadegh Ghotbzadeb, recién nombrado ministro de Asuntos Exteriores tras dirigir la Televisión iraní, y asistir a las ruedas de prensa del ministro de Economía Bani Sadr, y de los ayatolás Beheshti y Montazeri. Estuve en Qom viendo el fervor que suscitaba Jomeini saludando a la masa en el callejón Ghazi, y en la verja de la embajada norteamericana en Teherán cuando dentro había 49 personas secuestradas. En aquel Irán turbulento, ya sin cerveza y sin flequillos femeninos a la vista, algunos creían que los americanos iban a invadir la ciudad santa de Qom para conseguir la liberación de los rehenes. Otros confundían aquella turbulencia con la inminente llegada del Mahdi, aunque Jomeini no se cansaba de repetir que él no era el Imán Oculto. Esa es una figura de categoría mesiánica, lindando lo divino más que lo humano. Y con rasgos de sincretismo, puesto que hay quienes creen que al final de los tiempos el Mahdi aparecerá junto a Isa (Jesucristo), si bien blandiendo la espada bífida o Zulfiqar. Y ahí el río se bifurca como en la copia hallada en Turquía del evangelio de San Bernabé, pero esa es otra historia.