El largo y cálido invierno, por Mariano López

La subida de temperaturas desaconsejerá el baño en las playas de Goa. Habrá más huracanes en Florida. La gran barrera australiana será esquilmada por la abundancia de cruceros. Y sucesivas olas de calor reducirán el interés de quienes desean viajar a Atenas o a la Toscana.

Es la expresión de moda: el cambio climático. De Auckland a Valparaíso, de Alaska a Ciudad del Cabo, se multiplican las conferencias, ponencias y predicciones sobre el cambio del clima. Hay hechos: cerezos que fl orecen en enero, osos que no duermen, montañas de hielo ártico que se deshacen en el mar como azucarillos, ranas desorientadas, aves que emigran cuando no deben y esquiadores que no esquían porque no hay nieve. Sobre las causas aún existen dudas, pero apenas se discuten sus efectos. Nos esperan años de calor. Según la agencia espacial norteamericana, la NASA, diez de los últimos once años han sido los más cálidos en cinco siglos. Para el futuro, se asume que la temperatura media puede subir de aquí a final de siglo entre 1,4 grados y 5,8, algo que no había ocurrido desde hace diez mil años, y que el nivel de los mares crecerá, antes del año 2100, entre 9 y 88 centímetros, unos 48 centímetros, por término medio, en cada playa.

¿Por qué se agitan las temperaturas? La mayoría de los científicos apuesta por la influencia -negativa- de la emisión de gases con efecto invernadero. Sobre todo, dióxido de carbono, el gas resultante de la combustión del petróleo. Otros sostienen que es mucho más grave la superpoblación -en dos siglos, el planeta ha pasado de sumar 800 a 6.500 millones de habitantes- porque de este hecho se derivan el agotamiento de los recursos, la acumulación de desechos y la deforestación. Los más cautos señalan que el Sáhara dejó de ser una selva cuando no existían los coches, que es una manera de decir que los ajustes climáticos del planeta llevan siglos produciéndose y aún no se conocen sus razones con la necesaria precisión. A su juicio, es muy posible que el aumento de las temperaturas tenga que ver con un ciclo de incremento de la actividad solar, lo que no les resta preocupación por el crecimiento de la emisión de gases en los países desarrollados y por la incorporación al club de gigantes como China, India, Brasil y México. Todos coinciden en que la desmesurada emisión de gases no explica por qué la temperatura sube en unas partes del planeta y desciende en otras: aumenta, mucho, en Liberia y en Alaska, y desciende en el interior de la Antártida y en zonas del Pacífico norte. El cambio climático tiene su punto de misterio. Pero ya esta aquí. Y apunta, sin dudas, a nuestro país. España es uno de los países que se consideran más vulnerables al cambio climático. Un estudio elaborado en la Universidad de Castilla-La Mancha por 50 autores incluía, entre las previsiones pesimistas, que el cambio climático provocaría en España una disminución de precipitaciones y de disponibilidad del agua, una reducción de la productividad y de la biodiversidad de las aguas pesqueras, el aumento de la temperatura media hasta siete grados en verano y el crecimiento de un metro en los niveles del mar, lo que haría desaparecer playas e inundar zonas construidas. Todo en este mismo siglo.

A los pronósticos de la Universidad de Castilla-La Mancha se han añadido las conclusiones del más informe de la Comisión Europea sobre el cambio climático, que también predice tempestades sobre el turismo. España estaría afectada por el aumento de las temperaturas en el norte de Europa que llevaría a millones de turistas a reconsiderar la necesidad de escapar del frío de sus países. El mismo proceso incorporaría las playas del Báltico y algunas del Mar del Norte al ilustre mercado de los lugares más atractivos y deseados. Además de infl uir en el número de viajes y en el de viajeros, estas perspectivas pueden provocar una disminución del interés de los futuros jubilados del norte en adquirir una casa en las playas del sur. Inciertas perspectivas -futuras- para el ladrillo. No todo iban a ser malas noticias.

La influencia del cambio climático en el turismo comenzó a ser debatida en Túnez en el 2003. Desde entonces, el abanico de previsiones ha oscilado entre la confi anza en el hallazgo de nuevas soluciones contra los gases y la inevitable llegada de un quinto y cálido jinete del Apocalipsis. Martin Hickman, del diario británico The Independent , sostenía el pasado mes que algunas de las maravillas naturales de la Tierra desaparecen antes de mitad de este siglo por calentamiento y otras por sobrepoblación. La subida de las temperaturas desaconsejará el baño en las playas de Goa, India. Habrá más huracanes en los Everglades, Florida. La Gran Barrera de Coral australiana será esquilmada por la abundancia de barcos y cruceros. Y sucesivas olas de calor reducirán el interés de quienes desean viajar a Atenas, la Toscana o el sur de España, donde algunos han llegado a pronosticar -para Murcia- la aparición de enfermedades tropicales y el riesgo de malaria. Peor lo tienen los destinos clásicos de esquí. Este año pasado, muchas regiones de los Alpes han tenido su peor otoño en 500 años. Para los próximos diez años, las áreas centrales de los Alpes estiman que tienen asegurado al menos un 90 por ciento de nieve. Pero para las áreas marginales, un aumento de un grado puede suponer el principio del fin de su actividad turística.

¿Cómo combatir esta calorina? ¿cómo impedir que a fi nales de siglo tengamos que ir a esquiar al Himalaya? No parece fácil. Manuel Toharia, en su libro El clima, ofrece numerosas recetas, pero también se pregunta, por otra parte, si es una prioridad. "Ésa es la contradicción -dice- que hay que denunciar: la hipocresía de las sociedades opulentas que se preocupan del cambio climático, en abstracto, mientras asisten indiferentes a la pobreza extrema de muchos cientos de millones de personas en el resto del mundo". Creo que tiene razón. Hay mundos que no somos capaces de cambiar, así que nos inunde de calor la llegada de febrero.