El jonrón de la Española, por Luis Pancorbo

Sosa, el viejo limpiabotas, empuñó su bate como otros una adarga y salió de la miseria. Pocos le han superado en el arte del jonrón.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Si hay que erigir estatuas, podrían ser como la que tiene Sammy Sosa en San Pedro de Macorís, la villa azucarera y portuaria del Este de la República Dominicana. Sosa, nacido en 1968, fue limpiabotas de chaval, pero se esmeró en lo que se le daba mejor y llegó a ser pelotero de fama en grandes equipos de béisbol de los Estados Unidos. Uno de sus mayores éxitos fue el jonrón, que viene a ser dar tan bien a la pelota que no hay quien la alcance, permitiendo entre tanto hacer bases completas y que el público se relama. Un delirio bastante inofensivo. Trujillo llenó con sus bustos y retratos un país en el que estuvo 31 años como dictador. En 1958 querían hacerle una estatua ecuestre para ponerla en el dique de carena del río Ozama, en Santo Domingo. Según su proyectista, el ingeniero Félix Benítez Rexach, la estatua tenía que ser distinta a todas, de acero inoxidable, para evitar "la monotonía del bronce".

Sosa, el antiguo limpiabotas, empuñó su bate como otros una adarga, o algo peor, y salió de la miseria. Pocos le han superado en el arte del jonrón, que suena más racial, pero que es lo mismo que home run, una jugada maestra del béisbol. Puede tratarse de un jonrón cuadrangular, y tiene sus modismos de slam, y se conecta con carreras que implican robar bases, pero para abreviar es lo más parecido a un éxtasis para los aficionados. Sosa logró hasta 545 jonrón con los Cachorros de Chicago. Sin embargo, su estatua de medio metro de altura, en la Plaza 30-30 de San Pedro de Macorís, conmemora los 30 jonrón, y las 30 bases robadas, que hizo en 1993 y 1995, una hazaña nunca vista en las Grandes Ligas. Luego se dijo de él que ponía corcho en el bate y que se metía esteroides, pero la estatua no se la ha quitado nadie, siendo además tan pequeña, que parece un gnomo de escayola, y estando en una placita donde un gran cartel anuncia la Clínica dental sin dolor del Doctor Dagoberto. La estatua de Sosa representa claramente a un muchacho de color café. En 2009 Sosa sorprendió por su tez más blanca, lo cual explicó él diciendo que era por ponerse una crema facial.

El béisbol es un deporte como otros que sirve para armar mecanismos dinerarios y de poder de gran calibre, como ha visto Brad Pitt, actor no solo casado con Angelina Jolie sino que produce cine, y encima lo hace bien. Borda su papel en Moneyball: rompiendo las reglas, una película con un guión tan sólido, que parece un bate para destripar la condición humana, no solo los jonrón. Por eso el béisbol supone una parábola. Y su templo en San Pedro de Macorís es el play (estadio) Tetelo Vargas, de los Estrellas Verdes, nombre de un equipo que, dada su racha secular de derrotas desde su fundación en 1919, sirve el chiste en bandeja: "Éste va a ser el año verde".

Se hace raro ver un campo de béisbol vacío, donde uno se imagina el silbido de la pelota cruzando el mar de hierba, las gradas y lo que haya por delante para convertirse en una estrella fugaz. Aunque si es por silencios, impresiona más el de los indios taínos en ciudades fantasma como la de Chacuey, o en una cueva, la de las Maravillas en Boca del Soco, con 472 petroglifos pintados con grasa de animales y carbón vegetal. Ahí los taínos idearon dioses esquemáticos, pero muy convincentes, para pasar el trago de la ultratumba. La cueva se ha salvado de la incuria, de los robos de estalactitas para hacer tallas de pega, y de guano de los murciélagos para abono. La Policía vigila la cueva por la noche, y se protege el entorno botánico, que es otra maravilla. Ahí se ha salvado la rosa de Bayahibe, una flor de un cactus en peligro de extinción. Y ha sobrevivido un arbusto llamado guáyiga (Zamia debilis), del que los taínos extraían almidón para amasar una especie de pan y asarlo en la hoguera. Los descendientes de los esclavos negros salvaron el procedimiento, y en San Cristóbal y otras partes de la República hay quien hace aún chola, pan de guáyiga con formas diversas, de arepa, roquete, hojaldra... Gustarlo es como retrotraerse al más viejo jonrón de la isla Bohío, o Quisqueya, la misma que Española, o Hispaniola.

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