El invisible río Saraswati por Luis Pancorbo

Hasta ahí no deja de ser una cuestión mitológica entre las miles que pueblan la cultura hinduista. Pero hoy lo que valora el viajero es que haya hindúes capaces de tomarse en serio la cuestión del río inexistente, y que peregrinen hasta él.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Para ver el invisible y sagrado río Saraswati de la India lo mejor sería emular a un satélite artificial. Sus máquinas han sacado fotos donde se aprecian huellas de un cauce seco. Paleocanales, dirían en la Sociedad Geológica de la India. Eso aparece en el desierto rajastaní del Thar y probaría que el séptimo río divino de la India (tras los Ganges, Yamuna, Indo, Kaveri, Narmada y Godavari) no es solo una ficción. Hay quien cree incluso que es la diosa Saraswati, la esposa de Brahma, el creador, la que toca la veena, una especie de laúd, y cabalga un cisne blanco.

Hasta ahí no deja de ser una cuestión mitológica entre las miles que pueblan la cultura hinduista. Pero hoy lo que valora el viajero es que haya hindúes capaces de tomarse en serio la cuestión del río inexistente, y que peregrinen hasta él. La meta se llama Ad Badri Teerth, un santuario junto a la aldea de Kathghar, al pie de los montes Shivalik, en el norte del Estado de Haryana. Eso está prácticamente en la raya con el Estado de Himachal Pradesh. No es, desde luego, un lugar seco, achicharrado y sospechoso sino contrafuertes himaláyicos llenos de bosques y manantiales. Uno de ellos es el que originaría un río que si luego desaparece como por ensalmo -los geólogos indios lo consideran un río difunto y al mismo tiempo discontinuo- tampoco es para ponerse estrechos y puntillosos con lo incomprensible. "Por debajo de tierra siete leguas" era lo que corría, según Don Quijote, un río escondido de La Mancha. Eso se rememora en la cueva de Montesinos, en la localidad albaceteña de Ossa de Montiel, donde se encontraba también una gran sala de alabastro con el cuerpo de Durandarte, y otros encantamientos dignos del mago Merlín.

Si los ojos del Guadiana ya llenaron de pasmo en la antigüedad, ahí es nada un río, el Saraswati Nadi, que es adorado como una diosa, aunque desapareció hacia el año 3000 a.C. Su inexistencia no es óbice para que el río carezca de una personificación divina. La historia hinduista socorre esa incongruencia decretando que el río sigue fluyendo, pero de otro modo. Aunque no se vea. Eso es al menos lo que motiva a los audaces peregrinos que suben hasta Adi Badri, intentando encontrar en un humilde charco y un hilo de agua, que ni siquiera prosigue regularmente, una santidad incomparable.

El santuario en realidad es una cárcava de roca a la que se accede tras una verja de color verde manzana. Todo allí rezuma y en especial el silencio. De la montaña sale un agua turbia que se remansa en un pequeño círculo de cemento. Poco más, el resto es imaginación, o evocar al Rig Veda que elogiaba 72 veces en 45 himnos a un río que debió de existir antes de ser tragado por las arenas. Michel Danino ha condensado en The lost river (2010) un viaje no solo por la geografía actual del río sino por sus huellas mitológicas.

Tras descender los montes de Haryana, y de cruzar los desiertos del Thar y del Rann, el Saraswati derramaba sus aguas invisibles en el Mar de Arabia, donde se hundió la capital del dios Krisna. Pero como todo lo no comprobado, eso está sujeto a varias versiones. Es también Gupta Gamini, el río invisible del conocimiento, el río misterioso que hace un tridente mágico cuando confluye, sin agua, ni nada, con el Ganges y el Yamuna. Tal prodigio se produce en la Triveni Sangam, la confluencia trinitaria de Allahabad, la ciudad que convoca las grandes fiestas de la Kumbha Mela, y punto desde donde el Ganges, con el añadido real del Yamuna, y el aporte invisible del río Saraswati, marcha como una enorme lengua de vaca hacia Calcuta. De modo que el Saraswati lo mismo fluye a la derecha que a la izquierda, por arriba o por debajo. Igual va a morir al Este como al Oeste. La cuestión es creer, o no, en lo que no se ve.