El Gran Tour de Johann W. Goethe

Príncipe de las letras, amigo de las bellas artes y hombre de ciencia, el viajero alemán fue una de las mentes más lúcidas de la Europa moderna y recorrió Italia de norte a sur con la curiosidad como equipaje fundamental.

Meritxell Álvarez Mongay

El Grand Tour

Era el 3 de septiembre de 1786 y marcaban las tres de la madrugada en el reloj de Johann Wolfgang Goethe (Francfort 1749-Weimar 1832) cuando el príncipe de los poetas salió de Alemania, con una bolsa de paño y una mochila de piel de tejón a la espalda, y emprendió su célebre viaje a Italia sin decirle nada a nadie. "De otro modo no me hubieran dejado partir", dijo, aunque ya era mayorcito: tenía 37 años, y hacía unos cuantos que había acabado la carrera de abogado. Estaba al servicio de Carlos Augusto de Weimar, que, aunque despótico, era ilustrado y se aficionó a la compañía de quien fuera su ministro de Estado. Quizá huyendo de unas funciones administrativas que tenían bloqueadas sus creaciones artísticas -o de uno de los varios idilios amorosos que tuvo a lo largo de su vida-, se fue de la corte a hurtadillas para conocer de primera mano las maravillas italianas de las que su padre tanto le había hablado.

Gracias al progenitor, que había realizado su propio Kavalierstour de juventud y puso mucho tesón en que tanto Goethe como su hermana tuvieran una buena educación, el autor de Fausto dominaba perfectamente el italiano -además del inglés, el francés, el latín y el yidis-. Ya era un escritor famoso y viajaba de incógnito, haciéndose pasar por pintor y aprovechando su peregrinaje por el país de las artes para perfeccionar su afición al dibujo y a las ciencias naturales. Luego muchos viajeros románticos siguieron sus pasos y ampliaron su Grand Tour a tierras germanas para visitar a un anciano Goethe de sabiduría monumental, cuya obra forma parte hoy del patrimonio de la memoria mundial.

Goethe estuvo casi dos años recorriendo Italia de norte a sur: Verona, Padua, Venecia... En Ferrara y Bolonia ya estaba ansioso por entrar en Roma y apenas se detuvo hasta llegar a la Ciudad Eterna, donde volvería después de visitar Nápoles -ascensión al Vesubio incluida- y Sicilia. Treinta años después de este viaje de formación publicó Italienische Reise (Viaje a Italia) a partir de las anotaciones de su diario y de las muchas cartas que envió explicando todo lo que llamaba su atención. El siguiente texto corresponde a fragmentos de su llegada a Roma y de su estancia en la capital, más o menos por estas mismas fechas carnavalescas. Los siguientes textos pertenecen al los fragmentos extraídos de "Viaje a Italia". Johann W. Goethe. Zeta Bolsillo, 2009.

Roma, 1 de noviembre de 1786

¡Sí, por fin he llegado a esta capital del mundo! Si la hubiera visto hace quince años en buena compañía, bajo la dirección de un hombre muy juicioso, me estimaría feliz. Mas si mi sino era visitarla solo, verla con mis propios ojos, entonces está bien que esta dicha me haya sido concedida tan tarde.

En cierto modo he volado por encima de las montañas del Tirol. He visto bien Verona, Vicenza, Padua y Venecia; he visitado de manera fugaz Ferrara, Cento y Bolonia, y apenas he dedicado tiempo al conocimiento de Florencia. El anhelo de llegar a Roma era tan intenso, aumentaba tanto con cada día que pasaba, que ya no era posible la permanencia en ningún sitio, solo me detuve tres horas en Florencia. Pero ahora ya me encuentro en Roma, y estoy tranquilo, y hasta se diría que sosegado para el resto de mis días, puesto que se puede asegurar que comienza una nueva vida cuando a uno se le presenta la ocasión de contemplar en su conjunto aquello que conoce de un modo parcial. Todos los sueños de mi juventud están ahora vivos ante mí; los primeros grabados que recuerdo -mi padre había colgado en una antesala las vistas de Roma- los veo ahora tal como son en realidad, y todo lo que conocía desde hace tiempo por cuadros y dibujos, grabados sobre cobre y madera, modelos de yeso y de corcho, se encuentra ahora reunido a mi alrededor. Dondequiera que vaya me topo con una cosa conocida en un mundo nuevo; todo es, simultáneamente, nuevo y tal como me lo imaginaba. [...]

¡Y cómo me ha restablecido desde un punto de vista moral el hecho de vivir entre un pueblo enteramente sensual, del que tanto se habla y tanto se ha escrito, y al que cada extranjero juzga según la medida que lleva consigo! Perdono a quien censura y vitupera a los italianos: están demasiado lejos de nosotros y tener trato con ellos resulta, como extranjero, incómodo y costoso.

2 de febrero de 1787

¡¿Cómo transmitir la belleza de un paseo por Roma a la luz de la luna a quien no lo haya vivido?! Hay que haber estado allí para hacerse una idea de su incomparable hermosura. La gran masa de luces y sombras engulle los detalles, y el ojo solo es capaz de percibir el conjunto y los aspectos más generales de éste. Desde hace tres días venimos gozando plenamente de noches claras y espléndidas. El Coliseo ofrece una vista de una belleza increíble. Por la noche su recinto se cierra; dentro vive un eremita en una capilla y los mendigos ocupan las arruinadas bóvedas. Éstos habían encendido una hoguera en suelo llano. Una suave brisa empujaba el humor hacia la arena, cubriendo la parte inferior de las ruinas y destacando los sombríos muros en lo alto. Nos detuvimos junto a la reja y admiramos el fenómeno bajo una luna resplandeciente. El humo se iba deslizando, despacio, a lo largo de las paredes, grietas y aberturas, y la luna lo iluminaba como una niebla. El espectáculo era precioso. Es así como deben verse iluminados el Panteón, el Capitolio, el pórtico de la basílica de San Pedro y también otras calles y plazas grandes. El sol y la luna, lo mismo que el espíritu humano, tienen aquí una misión muy distinta que en otros lugares, porque aquí se enfrentan a formidables construcciones.

20 de febrero, Miércoles de Ceniza

Por fin ha acabado la locura. Las innumerables luces de ayer todavía constituyeron un absurdo espectáculo. Es preciso haber asistido al Carnaval en Roma para perder por completo las ganas de presenciarlo de nuevo. No hay nada que escribir sobre el tema, aunque acaso resultaría divertido en una conversación. Lo más desagradable es percibir la ausencia de alegría interior en las personas, así como advertir el hecho de que carecen del dinero para manifestar la poca que quizá conserven. Los potentados son ahorradores y se retraen, la clase media carece de fortuna, y el pueblo es indolente. En los últimos días había un ruido increíble, mas no auténtica dicha. El cielo, tan infinitamente puro y hermoso, contempla con aire noble e inocente toda esta farsa.

Ya que no cabe aquí la descripción, mandaré, para recreo de los niños, algunos dibujos coloridos de las máscaras y de las peculiares vestiduras romanas, de modo que así nuestros queridos pequeños tengan el capítulo que falta en el Orbis pictus.

21 de febrero de 1787

Aprovecho momentos entre una y otra tarea del empaquetado para completar lo dicho hasta ahora. Mañana partimos hacia Nápoles. Me ilusiona lo nuevo, que intuyo de una belleza inefable, yconfío en recuperar en esta naturaleza paradisíaca la libertad y el placer para dedicarme, como aquí en la seria Roma, al estudio del arte.

El equipaje no supone ninguna dificultad para mí; lo preparo con el corazón más ligero que hace medio año, cuando me despedía de todo lo que me es tan querido valioso. Sí, ha transcurrido ya medio año, y si afirmo que de los cuatro meses pasados en Roma no he perdido ni un solo instante, aunque signifique mucho, me quedo corto.

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