El fin de un universo por Javier Reverte

Ni siquiera en Italia, la golfa y mafiosa Italia, se han atrevido los especuladores a provocar ese asesinato de la naturaleza y de la vida digna que hemos visto cumplirse en nuestra costa impunemente.

Javier Reverte

De poco sirven ya las voces que podemos lanzar desde cualquier rincón de un medio informativo, o desde no importa qué foro cívico, para intentar salvar cuanto quede, si es que queda ya algo, de lo que fue hasta hace unos pocos años nuestra costa del Mediterráneo. Nos la han alicatado hasta el techo, como se diría en términos de construcción. Todos sabemos, porque lo hemos visto en muchos lugares de su geografía, que el escándalo de Marbella, como el del hotel del Algarrobico en el Parque Natural del almeriense Cabo de Gata, son sólo los elementos más llamativos y recientes de un escándalo generalizado en todo el litoral mediterráneo: las recalificaciones ilegales o, cuanto menos, de urgencia y de dudosa legalidad. Son recalificaciones que han generado rápidas fortunas, que han provocado que la corrupción se extienda y manche las instituciones y el escaso buen nombre que les queda a los partidos políticos en el área de los municipios. Incluso nos han encanallado a todos un poco el alma. Porque nos han hecho sentir que la mayoría de nosotros somos poco menos que necios al no haber sabido ser lo suficientemente listos como lo han sido otros para enriquecerse a manos llenas. En toda la costa de nuestro mar del sur, desde el levante hasta el poniente, los inteligentes son aquellos que han sabido llenar sus arcas para ellos y generaciones de sus familiares; y los estúpidos, todos los demás, los que no hemos sabido dar el pelotazo a tiempo y hemos perdido la ocasión o, más duramente, quienes hemos tratado de ser nada más que honrados. ¡Qué país estaremos construyendo para que la honestidad genere la risa en labios de ladrones!

Ni siquiera en Italia, la golfa y mafiosa Italia, se han atrevido los especuladores a provocar ese asesinato de la Naturaleza y de la vida digna que hemos visto cumplirse en nuestro suelo impunemente. ¡Y con qué rapidez! Hace cuatro años todavía era tiempo de tocar a rebato las campanas contra los desmanes que se planeaban. Pero en ese tiempo, y mientras los políticos se cruzaban de brazos y casi todos callábamos, el paisaje de nuestra costa se pobló de grúas, hormigoneras, toneladas de ladrillos, riadas de electrodomésticos que llegaban para alimentar los nuevos pisos y millares de cuadrillas de obreros. Ni la construcción de las pirámides de Egipto movilizó tantos medios y tanta fuerza de trabajo. Pero los nuevos faraones no se tocan la cabeza con mitra ni visten manto con bordados de oro ni viajan en carros con cojines de terciopelo. Los nuevos faraones suelen ser tipos barrigudos, de sonrisa fofa, cochazo último modelo que cambian cada seis meses, puro habano de grandes proporciones, teléfono pegado a la oreja con el que compran, venden, chantajean y corrompen, y mesa reservada en el mejor restaurante, donde siempre piden "lo más caro". Son tipos que hablan con faltas de ortografía, que por las noches se rodean de prostitutas de lujo para que admiren su virilidad mientras su mujer espera en un palacete hortera envuelta en pieles, pesando la pedrería y lamiendo restos del caviar iraní en copa de oro. En los territorios donde alardean de su triunfo social la proporción de bancos, coches de lujo y peluquerías de señora por metro cuadrado es la mayor del mundo. La de librerías y bibliotecas públicas, más pequeña que en Haití o Gambia. La verdad es que, puestos unos al lado de los otros, me quedo con los faraones antes que con los hampones mediterráneos.

Y lo más triste es que todos sabemos que podía haber sido de otra forma. Si uno se da una vuelta por todo el litoral, desde nuestras costas a las turcas, no encontrará nada semejante en ninguna parte. Y eso que hay países, como Italia, Francia o Grecia, cuya industria turística es muy anterior a la nuestra. Pero en la mayoría de esos lugares se han respetado el paisaje y los modos de vida; en definitiva, casi la propia naturaleza de la condición humana. En cuanto a nosotros, hemos sido testigos de la perversión de nuestra naturaleza mediterránea, tanto la paisajística como la humana. Y en cierto modo podemos considerarnos un poco cómplices por el hecho de haberlo consentido.