El edén del tiburón ballena, por Luis Pancorbo

El edén se hace realidad cuando vas nadando junto a los tiburones balles, moles bondadosas y vegetarianas

Vivir la sensación de que ni hombres ni animales se temen mutuamente es como retroceder a los tiempos en que el árbol del conocimiento daba buenas manzanas. Y permitía conocer el mal, que ya se sabe qué es, la falta de objetividad. No es fácil superar la condición subjetiva en un mundo como el presente. Pero de pronto todo se redime. La nostalgia imposible del edén se hace realidad cuando vas nadando junto a los tiburones ballena, y tan cerca que debes apartarte de su camino, sabiendo que su piel raspa como lija. Parece increíble que esas moles sean tan inocentes, bondadosas y vegetarianas. Pero un respeto no ha de faltar. Nadando en paralelo con los mayores peces del planeta se diría que nunca van a sobrepasarte sus doce metros de longitud.

El bien y el mal parecen diluirse en las aguas del Mar Rojo. Aunque lo que nunca perderá el tigre son sus rayas, ni sus motas el leopardo. Si quisieras, tocarías con tu mano las manchas del tiburón ballena. Ni te mordería porque no tiene dientes ni espíritu para hacerlo. Contemplándolos con la simple ayuda de unas gafas de buceo y unas aletas, me entró un tiempo de felicidad que hacía tiempo que no había experimentado. Tal vez se aproximó a eso haber nadado entre lobos marinos en la isla de Robinson Crusoe, y sobre todo conocer la prodigiosa fauna de las Galápagos, donde es como si el bien y el mal aún no hubiesen sido escindidos. La concordia natural de las Galápagos hace que las iguanas, que saben bucear, te ignoren, como si no pertenecieses a una especie depredadora. Hay hombres que matan lagartos a palos y se los comen. Hay hombres también que comen perros y caballos. Y antes, y a veces, a otros hombres.

Pero los tiburones ballena se llevan la palma de la incongruencia en un planeta tocado del ala por la contaminación y la desigualdad. Los Rhincodon typus, pudiendo pesar dieciocho toneladas, se comportan como afables vacas pintas abriendo una boca que al principio causa cierta prevención. Es una circunferencia de metro y medio de diámetro, o sea, que te podría engullir de un bocado. Pero no emplea sus mandíbulas para triturarte. Abre su bocaza para ir filtrando el agua del mar, toneladas de agua de las que recoge sus invisibles nutrientes, fitoplancton y demás. Esa es su tarea tantas horas al día, y al tiburón ballena no le importa que te tires de una barca y le sigas la corriente mientras él se dedica a esa comida-bebida interminable.

Si no son mamíferos, ni carnívoros, ¿serán ángeles? Las preguntas vienen hasta debajo del mar, aunque ninguna tan definitiva como la que formula Perceval al rey pescador. "La pregunta justa trae consigo una regeneración cósmica", recuerda Mircea Eliade. Se trata de una pregunta que solo ella vale como el Grial. Con la sola pregunta el rey pescador se cura, vuelve su virilidad e integridad, las aguas dejan de estancarse, la vegetación se recupera y el mundo gira como debe. Ya nos gustaría contemplar un día el poder de la pregunta. Sin ir tan lejos, los biólogos marinos no tienen claro por qué los tiburones ballena se ponen a veces de forma vertical en el fondo del mar, y van subiendo así a la superficie. Tampoco está dilucidado si, además de comer algas o plancton, no se abandonan a veces a la lujuria gastronómica y le pegan un meneo a un banco de anchovetas o de sardinas.

Ni siquiera existe confirmación absoluta de que los tiburones ballena sean ovíparos, como todo pez que se precie, pues en su nacimiento hay ciertas características vivíparas. Y así nace la duda existencial de si los tiburones ballena no serían ovivíparos, ambidiestros peces-mamíferos, sirenas monstruosas, leopardos obesos de la mar, el sueño de la bondad en los mares tropicales. El caso es que ahora en el Mar Rojo estás tan cerca de ellos que notas que tienen el ojo delante del espiráculo. Y aunque estén muy concentrados en bombear agua, seguro que te echan una mirada, como diciéndote: menos mal, amigo humano, que tú no eres de los de la odiosa estirpe del capitán Ahab.

Luis Pancorbo