El "dolar blue" en Buenos Aires, por Carlos Carnicero

Los taxistas de la capital repiten que la maldición de Argentina son sus políticos. Y en eso hay consenso.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Aterrizo en Ezeiza y siento que llego a casa. Estamos en el verano porteño. Desde Ezeiza a la capital federal hay un tránsito caótico. Ahora se venden más autos porque las dificultades de ahorrar en dólares fuerzan al gasto de una moneda en la que nunca han confiado los argentinos. La plata se devalúa a velocidad de vértigo, sobre todo en Buenos Aires, donde un kilo de helado -que es la pasión principal de los porteños junto a la pasta, las facturitas y la carne- ronda los 20 dólares. Y subiendo. Los argentinos tienen un universo especial que conoce como nadie mi amiga Anna Quero, que ha patentado el psycoyoga como forma de traspasar la realidad hasta hacerla transitable. Es esta una ciudad abierta que permea las ideas innovadoras. Anna ya está exportando sus terapias a Miami.

La palabra sigue circulando con vida propia por una urbe que no se deprime del todo ni en las catástrofes cíclicas. Los consultorios de psicoanalistas siguen llenos a pesar del aumento de tarifas. Las veredas siguen ocupadas por las mesas de los cafés y, por mucho que se dispare su precio, no es imaginable que los porteños renuncien a arreglar su mundo en una conversación mixtificada por la extroversión y el aroma del café ristretto, lágrima o en jarrito. Siguen los estrenos en la calle Corrientes.Los parques siguen impecables. Pulmón verde de una ciudad que vive de espaldas al Río de la Plata. Ya es verano y los porteños domeñan la naturaleza que está a su alcance haciendo ejercicio, jugando al fútbol o agarrando sol. Un culto extraordinario al cuerpo de esta clase media que sabe que la apariencia no admite devaluación.

Hay cuevas escondidas, pero no tanto, para comprar y vender el dólar blue. Aquí se le pone apellido a todo para que nada se sienta huérfano. Esta semana el cambio oficial estaba a 4,74 pesos por dólar, y el dólar sumergido se cruzaba a 6,34. Un 30 por ciento para el estraperlista mientras Cristina sigue encerrando la moneda dura en el cepo cambiario. Otro concepto acuñado.

Los taxistas, profetas de la catástrofe y exégetas de la criminalización de la política, siguen cabalgando como locos por la Avenida Libertador. No callan nunca ni aunque uno se lo pida, porque liberan sus carencias con la circulación exultante de la palabra. Fascinación con los españoles, incrédulos con la tragedia del paraíso perdido en la metrópoli. En primera instancia exhiben a sus antepasados españoles. No hay mucha elección: italianos y españoles. Los judíos son más discretos, pero sobre todo no son chóferes de taxi. Repiten que la maldición de Argentina son sus políticos. En eso hay consenso.

Cae la tarde en la Recoleta y las señoras de las clases dirigentes miran por encima del hombro al común de los mortales. Ejercicio rutinario de una vida impostada en el privilegio. Los cafés siguen repletos de clientes y emociones. Comentan lo de siempre: la inseguridad, la inflación oculta por el Gobierno que explota en las vidrieras de las tiendas y en el bolsillo de los argentinos. Y naturalmente hablan de Tinelli, el rey de los conductores en la televisión argentina.

No hay vías de diálogo entre quienes son soldados de Cristina y quienes pagarían por que se fuera. Es una dialéctica de odios cruzados en los que la tierra de nadie está cubierta por el fuego entre las trincheras. No resulta fácil ejercer matices en este universo de dogmas incendiarios.

He observado la evolución de Argentina durante muchos años y entiendo que estamos cerrando un ciclo de prosperidad y de cierto reparto de riqueza. La sociedad ha crecido siquiera porque ha devorado las migajas de los banquetes de los tiburones que siempre han estado asentados en la cima de esta pirámide, en la que ser rico no tiene reparos y ser pobre significa esperar la posibilidad de alcanzar la alquimia de los que transforman la política y el poder en plata.

Ahora la economía camina otra vez hacia el abismo. En el horizonte, una brutal devaluación para encontrar el subterráneo desde que comenzar un nuevo ciclo.

En Argentina lo único permanente son los cambios económicos. Y la esencia de Buenos Aires, inalterada entre el tango y la palabra, que sobrevivirá siempre, encontrando una oportunidad superpuesta.

Me duele Argentina, pero no soy capaz de renunciar a este sufrimiento que forma parte del goce obligado de este paraíso. No votaría a Cristina, pero tampoco a sus detractores. Por suerte, no tengo la nacionalidad de esta patria que siento imperturbable. Siempre volveré. Y un día, para quedarme para siempre.