El diario de James Cook

Aventurero y explorador desde su adolescencia, el capitán James Cook realizó tres grandes viajes: trazó el mapa de las tierras australes, bajó a latitudes nunca igualadas y circunnavegó el mundo.

El gentleman del mar

Los diarios de a bordo de James Cook fueron auténticos best sellers en su época, y no era para menos pues sus periplos trazaron el mapa del mundo moderno, convirtiendo a un humilde hijo de labriegos en el héroe nacional del momento. El explorador, nacido en una aldea de Yorkshire en 1728, pronto tuvo claro que lo suyo no era el campo: comenzó su carrera naval como grumete en un carbonero para alistarse luego en la Royal Navy, donde se forjó la reputación de excelente navegante y cartógrafo. Cualidades que, junto a su afición por la astrología, hicieron de él el candidato ideal para liderar al Endeavour hacia los Mares del Sur, en un viaje que tenía como objetivo documentar el tránsito de Venus, aunque el extraño fenómeno fuera solo la tapadera de una misión secreta: localizar la legendaria Terra Australis Ignota y tomarla para Gran Bretaña. Tampoco dio con el imaginario continente cuando circunnavegó la Antártida en la segunda de sus travesías. Sin embargo, descubrió innumerables islas y dibujó con magistral precisión las cartas náuticas de Nueva Zelanda y la costa Este australiana. Por el camino recopiló especies vegetales y animales nunca vistas, y convivió con los pueblos indígenas: unos le recibieron con sus mejores galas; otros, con lanzas. "¿Cómo van a vernos todas estas gentes si no es como invasores de sus territorios?", les excusaba. En su última expedición tenía que encontrar el Paso del Noroeste, pero lo que halló fue la muerte en una fatal escaramuza con los aborígenes hawaianos el 14 de febrero de 1779. Las olas de la playa de Kealakekua recuerdan la ambición de un hombre que quiso ir más lejos de lo que ningún otro aventurero fuera.

Llegada a Nueva Caledonia*
*Extraído del diario del segundo viaje de James Cook

Después de cerciorarse de que la Terra Australis no estaba en ninguna parte, James Cook inicia su viaje de regreso con calma, explorando las islas que se iba encontrando de camino a casa. El 4 de septiembre de 1774 descubre en el Este de Australia un archipiélago al que llama New Caledonia en honor a las Tierras Altas de Escocia. Rodeado de amistosos nativos durante una semana, subió al monte Vengaya, observó un eclipse de Sol y, al probar un exótico pez globo, sufrió una leve intoxicación. Otras de las islas que visitó durante esta segunda travesía que había empezado en 1772 fueron la de Pascua, Tonga, Norfolk y las Hébridas. El siguiente texto corresponde a los primeros días de septiembre de este viaje.

Año 1774, 6 de septiembre

A la mañana siguiente fuimos visitados por varios cientos de indígenas, unos llegaron en canoas y otros nadando, y eran tantos, que antes de las diez la cubierta y todas las partes del navío estuvieron llenas de gente. Mi amigo, que era uno de ellos, me trajo algunos tubérculos; pero todos los demás vinieron con las manos vacías en lo que respecta a comestibles. Unos pocos, que trajeron consigo sus armas, dardos y mazas, nos las cambiaron por clavos, pedazos de tela, etcétera. Después del almuerzo envié dos botes armados, a las órdenes del teniente Pickersgill, en busca de agua dulce, pues la que habíamos encontrado la víspera estaba demasiado alejada para llevarla a bordo. Al mismo tiempo, Mr. Wales, acompañado por el teniente Clerke, fue a la isla pequeña a hacer los preparativos para observar el eclipse de Sol que debería tener lugar por la tarde. Después de observar el eclipse fui a tierra al lugar de la aguada; se hallaba al fondo de una pequeña ensenada donde desembocaba una abundante corriente de agua que desciende de las montañas. Fue necesario utilizar un pequeño bote para desembarcar los barriles en la playa y para cargarlos en la chalupa, pues solamente una pequeña embarcación podía entrar en la ensenada y, aun esto, solamente en la alta marea; una vez en la playa los barriles, se conducían rodando sobre la arena. Esta misma tarde, hacia las siete, murió Simon Monk, nuestro carnicero, a quien todos estimábamos; su muerte fue ocasionada al caer por una escotilla de proa la noche anterior.

7 de septiembre

El día 7 por la mañana nos dirigimos unos cuantos a tierra para examinar el país. Tan pronto como desembarcamos hicimos conocer a los indígenas nuestro propósito y dos de ellos se ofrecieron a ser nuestros guías, conduciéndonos hacia lo alto de las montañas por un sendero bastante practicable. En nuestro camino encontramos varios isleños, la mayor parte de ellos retrocedían, uniéndose a nosotros, de tal modo que, a lo último, llevábamos un numeroso cortejo. Llegamos al fin a la cima de una de las montañas, desde la cual vimos el mar en dos sitios distintos, entre algunas colinas que avanzaban sobre el lado opuesto o costa suroeste de la tierra. Fue éste un útil descubrimiento, pues nos capacitó para juzgar de la anchura de la isla, que en esta parte no excedía de diez leguas. Por la tarde mi secretario compró un pescado que uno de los indígenas pescó con un arpón y me lo envió a bordo después de mi regreso. Era un pez de una especie nueva, algo parecido al pez luna, con una cabeza larga, grande y fea. No sospechando que pudiera ser venenoso, ordené que lo preparasen para la comida; mas, felizmente, la operación de dibujarle y describirle duró tanto tiempo que se hizo demasiado tarde; de modo que solamente fueron preparados el hígado y otros despojos, todo lo cual no hicimos más que probarlos los señores Foster y yo. Hacia las tres de la mañana nos sentimos invadidos por una extraordinaria debilidad y desfallecimiento de todos los miembros. Yo había casi perdido el sentido del tacto y no podía distinguir el peso de los cuerpos que estaban a mi alcance; una vasija llena de agua y una pluma me parecía que tenían el mismo peso al levantarlas con la mano. Cada uno de nosotros tomó un emético y, después de sudar un buen rato, sentimos bastante alivio. Por la mañana, uno de los cerdos que había comido de las entrañas del pescado fue hallado muerto. Cuando los indígenas llegaron a bordo y vieron el pez colgado, inmediatamente nos dieron a entender que era un alimento nocivo, haciendo marcados gestos de horror.

8 de septiembre

El día 8 por la tarde recibí un mensaje del oficial, en que me decía que el jefe Teabuma había llegado con un regalo, consistente en unos cuantos yames y caña de azúcar. En correspondencia, envié, entre otras cosas, dos perros, macho y hembra, jóvenes aún, pero bastante desarrollados. El perro era blanco y de color canela rojizo, y la perra, de este último color, que es semejante al de un zorro inglés. Menciono esto porque pudiera muy bien resultar queestos dos animales fuesen el Adán y Eva de su especie en aquel país.

11 de septiembre

El día 11 por la tarde regresaron los botes y sus ocupantes me dieron cuenta de las siguientes circunstancias: habían podido examinar la costa desde una elevación del terreno al que llegaron la mañana de su partida. Mr. Gilbert era de la opinión que la costa terminaba al Oeste, pero Mr. Pickersgill no pensaba así, aunque los dos estuviesen de acuerdo en afirmar que no existía paso para el navío en aquella dirección. Desde este lugar fueron acompañados por dos indígenas hasta Balabea, aldea a la cual no llegaron hasta después de ponerse el Sol. Compraron a los indígenas que iban en una canoa que encontraron a lo largo de los arrecifes todo el pescado que pudieron comer y fueron recibidos por Teabi, el jefe de la isla de Balabea, y por sus habitantes, que en gran número llegaron a la orilla para verlos, tratándolos con gran cortesía. Con el objetivo de no ser molestados por la multitud, trazaron los nuestros una línea sobre el terreno, haciéndoles comprender a los indígenas que no debían rebasarla. Esta restricción fue observada por todos, y uno de ellos, poco después, se aprovechó de la idea en su propio provecho. Ocurrió que, teniendo en su poder unos cuantos cocos, que uno de los nuestros deseaba comprar y que aquél no estaba propicio a soltar, se retiró seguido por el hombre que quería adquirirlos. Al ver esto se sentó sobre la arena e hizo un círculo a su alrededor, como había visto hacer a nuestra gente, significando al que le importunaba la prohibición de traspasar la línea, en lo cual fue obedecido.