El cráneo del Cid, por Luis Pancorbo

Los franceses se llevaron la calavera de Rodrigo Díaz de Vivar y luego la devolvieron oblicuamente.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Cielo y río de Burgos tienen un color acerado, como las espadas del Cid, aunque si hablamos de la Tizona parece más de oro por lo que se ha pagado por ella. No es el único misterio de la ciudad del Arlanzón. ¿Qué es lo que está enterrado del Cid en la catedral? El general Thiébault, gobernador militar de la plaza, mandó enterrar al Cid en un mausoleo del Paseo del Espolón. Un gran gesto, pero fue después de que las tropas francesas entraran a saco en el monasterio de San Pedro de Cardeña y removieran los despojos de Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa, doña Jimena.

La cuestión es que los franceses se llevaron la propia calavera del Cid y luego la devolvieron oblicuamente.Vivant Denon, gran egiptólogo y erotómano, escritor y dibujante, y fundador de un museo en París que luego sería el Louvre, se arrogó la devolución del cráneo del Cid a dicho monasterio burgalés en el invierno de 1808-1809. Otra cosa es que Denon no se quedara con algunos huesos del héroe para su colección particular. Denon se manejaba como nadie en tiempos turbios, entre los saqueos y depredaciones, artísticas o menos, que caracterizaron tanto al Directorio como a Napoleón: "Francia es el único país del mundo que puede dar un asilo inviolable a esas obras maestras", recuerda Philippe Sollers en su aguda biografía de Denon que ha publicado Fórcola. Eso, como subraya Sollers, justificaba cualquier robo. Pero lo fantástico es el pentimento de un Denon que viaja a Burgos para restituir la calavera robada del Cid. En un grabado de la época vemos aVivant Denon inclinado ante un sepulcro vacío y sosteniendo en las manos el cráneo de Rodrigo Díaz de Vivar. Denon mandó a su amigo Zix que hiciese un boceto de esa escena, y es lo que inspiró en el año 1809 el cuadro de Adolphe Roehn que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Estrasburgo.

Fragonard pintó un segundo cuadro, de aire más onírico, sobre el beau geste de Denon. Se puede ver en el museo parisino Antoine Lécuyer de Saint Quentin: Denon aparece iluminado por un rayo de luz, como si fuese un arcángel francés que va a salvar la reliquia clave de España. Solo le falta declamar ante la calavera del Cid lo mismo que Hamlet ante la de Yorick. A los pies de Denon, junto al cenotafio, un tipo arrodillado con aire de Quasimodo recoge otros huesos caídos.

Así, los restos mortales del Cid y de Jimena se fueron perdiendo por media Europa. Hay un fémur de Jimena en el palacio Lazne Kynzvart de los Metternich en la República Checa. El mismo Denon poseía un relicario, subastado en 1825, un año después de su muerte, donde atesoraba huesos del Cid y de Jimena, de Molière y La Fontaine, y de los eternos amantes Abelardo y Eloísa. Aparte de un trozo de la camisa ensangrentada de Napoleón y del bigote del rey Enrique IV de Francia. Denon guardaba incluso la mitad de un diente de Voltaire, lo cual encontró enseguida comprador. A diferencia de lo que pasó con el canino de Buda, no se tiene constancia de que sobre el diente volteriano se haya edificado una pagoda.

Pero es que había un hueso del Cid hasta en la Real Academia de la Lengua Española, como ha contado Rodrigo Pérez Barredo en El Diario de Burgos. La lengua no tendrá huesos, pero eso no es lo que pensaba Camilo José Cela, que para realismo mágico y/o truculento se las pintaba solo. Cela consiguió un hueso del Cid que estaba en posesión de la condesa Thora Darnell-Hamilton tras sucesivas herencias desde su bisabuelo, el señor Lavensky, quien a su vez lo habría recibido del barón de Lamardelle, uno de los expoliadores del sepulcro del Cid en San Pedro de Cardeña. Cela coligió que el mejor destino de ese hueso era regalárselo a Ramón Menéndez Pidal, el mayor experto cidiano, con motivo del homenaje que le tributaron los académicos de la Lengua el 13 de marzo de 1968, el día de su 99 cumpleaños. Cela no acudió, pero, según refirió Alonso Zamora Vicente, Menéndez Pidal "besó devotamente" ese hueso donde había tanta historia y filología. No podían darle más en el gusto.