El consumo en los aeropuertos, Carlos Carnicero

Los aeropuertos se han convertido en reclamos para el consumo en forma de centros comerciales.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Me enfrento a una nueva paradoja: cada vez me gusta más viajar y cada vez me molestan más los aeropuertos. Me explicaré. Odio los llamados Duty Free Shop. Mucho más en la medida invasiva que se desbordan para someter al viajero. Me siento agredido por expositores de lujo que irrumpen el lugar destinado a los pasajeros y que despliegan los mismos productos de las vidrieras de todas las ciudades del mundo a precios, en la mayoría de los casos, mayores que en las tiendas convencionales.

Cuando era niño y mi padre tuvo su primer coche, un Cuatro por Cuatro Renault, de segunda mano, algunos domingos subíamos el alto de La Muela, en la carretera de Zaragoza a Madrid. Un lugar privilegiado para ver evolucionar los aviones militares de la vecina base "de utilización conjunta hispano norteamericana".

En ocasiones íbamos al pequeño aeropuerto de Zaragoza con la efímera esperanza de ver despegar o aterrizar un avión al que yo jamás pensé que pudiera llegar a acceder. Entonces, y hasta mucho después, los aeropuertos o aeródromos eran estaciones de acceso al avión, no muy diferentes de las estaciones de autobuses. Edificios sobrios, funcionales, modestos; casi todos provistos de vidrieras para contemplar las pistas y escuchar el ronroneo de los aparatos hasta que paraban los motores. Y, como mucho, una modesta cantina para tomar café.

Todo lo anterior viene a colación de la progresiva demolición de la magia de los aeropuertos, convertidos ahora en reclamos para el consumo en forma de centros comerciales, donde azafatas o dependientas maquilladas como geishas te insisten en inhalar perfumes las más de las veces detestables. Ofrecen descuentos, productos de oferta y te insisten en que cargues botellas de licor, cartones de cigarrillos en un universo donde no se puede fumar o gafas de sol. La estrategia de marketing es sencilla. Saben que nos están convirtiendo en seres que no se soportan ante su propio espejo en una espera que necesariamente dispensará impulsos convulsivos de compra.

¡Está bien! Son los tiempos que nos ha tocado vivir, donde la felicidad se equipara al mecánico uso de la cartera y donde los pobres somos obligados a pretender la ensoñación de que nuestra vida depende de lo que aguante el frotamiento de una tarjeta de crédito que es el precio de entregar nuestra alma al mercado. Pero, ¿por qué tener que aguantar, como ocurre en la permanentemente remodelada Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, que te paseen en zigzag, de forma obligatoria, por pasillos llenos de estantes y perfumes, para doblar el tiempo de acceder a tu puerta de embarque?

Convengamos que un aeropuerto, lugar de tránsito hasta el embarque en un avión, debiera permitir el sosiego. ¡Imposible!

En mi último viaje a Buenos Aires estudié con detenimiento los comportamientos de los viajeros en ese laberinto de productos que te obligan a atravesar para acceder a la puerta de embarque. Primero, no hay carteles de indicación de vuelos; sus lugares están reservados exclusivamente para los reclamos comerciales. No hay indicaciones para conducirte a las puertas de salida. Y, por supuesto, el recorrido al que te obligan es mucho mayor del acceso directo que existía hasta hace unos meses.

No todo el que viaja es turista; muchos ni llevan dinero para un bocadillo y algunos recorren la humillación del retorno a la patria después de una experiencia migratoria fracasada.

No hay un funcionario público para despedirles agradeciendo su colaboración a la burbuja inmobiliaria, a la supervivencia de la Seguridad Social y a la construcción del casino de la economía española. Todo lo contrario. La despedida no puede ser más humillante. Les exhiben un mundo lleno de objetos que son absolutamente prescindibles, que evocan poder, bellezas imposibles y triunfos sexuales, y que conducen, necesariamente pero imperceptiblemente, al vacío intelectual y ético de una sociedad que solo aspira a exhibir lo que no se necesita. De aquí mi locura de planificar la vuelta al mundo en moto o automóvil, solo para no tener que pisar estos nuevos centros comerciales que llaman aeropuertos.

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