El comercio y las ciudades, Carlos Carnicero

Las especias, la sal, los tintes y las telas hicieron circular las culturas y promovieron la primera globalización.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Estoy organizando un vademécum de las ciudades del mundo que más me han impresionado. Me fijo en la relación de los moradores con su ciudad; de los lazos que se tejen entre ellos y terminan por determinarse indestructibles. Una ciudad que se precie de tener densidad histórica y carácter tiene tres parámetros esenciales: los mercados, los cementerios e iglesias, y su fiesta mayor. Quien se atreva a introducirse en estos círculos con detenimiento tendrá una visión clara de la inmortalidad de la urbe.

He empezado por los mercados porque son el origen mismo de la ciudad. El comercio organizado tuvo su acogida en la urbe, en donde quienes la circunvalaban acudían para proveerse de lo necesario y desprenderse de lo que producían.

Intercambio y trueque, cuando no existían monedas reconocidas, es el origen del comercio moderno. Un círculo mágico para sobrevivir. El comercio ha permitido también la circulación de la cultura y el mestizaje de costumbres. Las especias, la sal, los tintes y las telas hicieron circular las culturas y promovieron la primera globalización. El deseo por lo inalcanzable focalizó la riqueza hacia el comercio para acaparar lo que los demás no tenían. La consecuencia de un comercio intenso es la riqueza; averiguar las prioridades, gustos y caprichos de los mercaderes y de sus clientes en cada momento de la historia se consigue observando el legado de quienes dominaban cada ciudad.

Venecia lo es gracias a su mercado; el mar fue el vector que les permitió traer todo lo que no podían imaginar que existía. Urbe de banqueros y comerciantes, destila sensualidad y refinamiento. La cuenca del Mediterráneo es un exponente de esta dedicación y sus huellas son perceptibles en sus mercados.

En el mundo árabe, el clima, el sol y el calor definieron la arquitectura y el urbanismo de sus ciudades. Los zocos y medinas de Marruecos o Túnez complementaron el comercio con su dedicación industrial. No solo son plazas de intercambio, también de fabricación. Los gremios y los artesanos definieron la ciudad. Allí siguen comerciando con lo esencial para el confort de la vida: alfombras para las jaimas, especias para la comida, zapatos y ropa para vestir.

Muchos no entienden la voracidad de los inmigrantes chinos con el comercio. Están abiertos todo el día, trabajan sin descanso porque el vender lo que consiguen es lo que determina y explica su carácter.

Latinoamérica no se explicaría sin los mercados de sus ciudades. México está llena de tianguis que explotan en el olor de su comida, en la riqueza policromática de sus tallas, en el tratamiento ancestral de la plata y en sus tejidos. Los diseñadores modernos han adaptado a usos actuales las técnicas ancestrales consiguiendo el milagro de la alquimia de fundir tradición y progreso.

Siempre me han fascinado los alebrijes de Oaxaca. Forman un bestiario mágico a partir de formas primigenias de la madera. Cada animal representado es la manifestación de los sueños y pesadillas de un pueblo que es capaz de transformar cada rama de árbol en una especie animal diferente. Leyendas, religiones y temores forman parte de un zoo de especies inagotables.

Soy adicto a las ferreterías de Latinoamérica. Rebuscar candados, llaves, herrajes y artilugios a los que hemos renunciado en Occidente es una incursión en la tecnología, que no obsolescencia programada. Estambul sería otra sin su bazar. Permite un recorrido eterno en la convicción de que cada mirada será diferente.

Si se tiene la serenidad de observar las ciudades desde la realidad de sus mercados se llegará a la convicción inequívoca que han determinado su urbanismo, su cultura y su progreso la estabilidad de sus esencias.

En Europa y en los países más desarrollados hemos adoptado la transformación de los mercados como un remedo de lo que queremos que permanezca y ha sido arroyado por la modernidad. Proliferan los antiguos mercados, sofisticados y transformados en elitismo comerciante. Los viejos mercaderes han sido sustituidos por maestros de gourmet. Y los ciudadanos acuden a consumir lo que ya no pueden comprar.

La Boquería, el mercado de Valencia, o los experimentos de los viejos mercados transformados en centro de reunión son los intentos desesperados de que las viejas formas de vida tengan por lo menos un museo antropológico que favorezca la nostalgia de que siempre se podía conseguir lo que no se sabía que existía. Zara ha acabado con todo esto.

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