El centro de Japón pro Luis Pancorbo

Japón siempre se presta a una nueva lectura de su péndulo vital, cultural, existencial, entre el viejo crisantemo y la espada.

Luis Pancorbo
Si el miedo se instalase en el corazón del viajero, se perdería la otra cara de la luna. Eso puede estar en muchos sitios, pero en Japón abunda el reverso de todo. Pocos pueblos como el japonés controlan mejor la alternancia de placer y adversidad que mechan la existencia humana. Pocos países tan sísmicos, tan frágiles, y con tanta energía interior en las personas. Cultivan un rico mundo imaginario, lleno de originalidad, y al mismo tiempo se embeben de lo real. Por eso es difícil sugerir un destino en Japón -todo Japón lo es-, aunque el que quiera ir a un cogollo inusual no debería perderse Hikone, una joka-machi, o ciudad castillo, en el centro geográfico del país. Hikone tiene al Este el gran lago Biwa, y al Oeste Kioto, la pálida y resabiada ciudad descrita por Kawabata. El desvío a Hikone otorga la recompensa de los lugares menos trillados. Su icono es el castillo que domina la villa y cuya construcción se remonta a 1603. Para llegar a su entrada principal se sube por una escalera de piedra que quita el resuello (y antaño las ganas de conquistar). Ya arriba se divisa un panorama de campos verdes y un lago al fondo que parece una nube azul. La torre principal del castillo, blanca y airosa, tiene varios aleros grises, como si fuesen las hombreras historiadas de una armadura de samurái gigante. Luego la ciudad vieja se retuerce con callejas estrechas y casas con tejas de madera, como las del barrio de pescadores, prácticamente intacto desde el periodo Edo. El cercano Biwa, el mayor lago de Japón, surte de buenos peces todavía. Los funa-zushi, los sushi de Hikone, pasan por ser los pioneros de esa especialidad japonesa a base de arroz glutinoso y pescado crudo. En Hikone uno echa a volar la cometa de la fantasía con gran facilidad. Japón no se entiende sin explorar su carga de intangibles. Es un país que siempre se presta a una nueva lectura de su péndulo vital, cultural, existencial, entre el viejo crisantemo y la espada. Por eso fue una sorpresa que el emperador Akihito hablase por primera vez en televisión durante la catástrofe de marzo. No se trataba lógicamente de una aparición divina, pero muchos se acordaron de que Akihito, para ascender al trono imperial, tuvo que cumplir el rito de Daijosai (Gran Accción de Gracias) los días 22 y 23 de noviembre de 1990. Algo crucial pues antaño, si los emperadores no se sometían al Daijosai, se producía el fenómeno de los han-tei, "medio emperadores". En 1990 el tema del Daijosai, ya de por sí polémico, no siendo constitucional, quedó oscurecido en varios detalles relevantes. No se llegó a desvelar hasta qué punto el nuevo emperador practicó el ritual previsto por la tradición. Después de todo, el emperador se queda solo, por la noche, en unas cabañas con techo de paja llamadas Sukiden y Yukiden, dos pequeños santuarios provisionales construidos en los jardines orientales del Palacio, fuera de la vista de los comunes mortales. Hubo sus dudas sobre si Akihito siguió todos los pasos, de purificación y agradecimiento, en los citados pabellones realizando las adivinaciones pertinentes de la cosecha presente y futura del arroz. Lo cierto es que Akihito se vistió en magna pompa para ese aspecto todavía misterioso de la entronización que, según los viejos protocolos, implicaba un banquete imperial pero para invitar a los ocho millones de kami, o dioses, que existen en Japón. Tal la cifra, otra cosa es creer. Tras esa comida ritual, dando las gracias a los kami por su generosidad con el pueblo, el rito requería que el emperador se retirara a un espartano aposento donde acostarse sobre la esterilla del suelo en espera de que lo hiciera el propio espíritu de Amaterasu, la diosa del Sol. Tras lo cual el emperador puede reaparecer ante la gente no siendo ya estrictamente mortal, sino una encarnación de Ninigi-no-mikoto, nieto de la diosa y deidad de las espigas colmadas de arroz. Eso es lo que marcaba la tradición según los puristas de la religión shintoísta, y lo que trataron de aplicar en el Daijosai del emperador Akihito, y quién sabe hasta qué extremo, soslayando que Hirohito, su padre, había dejado de ser dios viviente el 1 de enero de 1946, y así lo pronunció en el rescripto Ningen-Sengen, o Declaración de Humanidad.