El castillo de Hearst, por Luis Pancorbo

Hearst compró un artesonado turolense y la sillería del coro de una iglesia catalana para decorar su castillo.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Tiene algo de subida a un santuario ir en el autobús que caracolea por la Cuesta Encantada hacia el castillo de Hearst. Nadie puede cubrir por su cuenta o con su coche ese último tramo que conduce a un sitio sagrado de California, pero eso no es por los dioses que lo habitaron sino por los dólares que costó. Abajo quedan las costas azotadas de San Simeón y, más al norte, los leones marinos que surfean en el Big Sur. En lo más alto, el alcázar de Hearst se alza como el colmo de lo artificial, recordando acaso al castillo de Neuschwanstein de Luis II, el rey loco de Baviera, entre su estética wagneriana (Tristán e Isolda) y disneyana (La Bella Durmiente).

Para satisfacer su megalomanía, William Randolph Hearst, el magnate de la prensa norteamericana, escogió la Cuesta Encantada, una finca con una colina que domina el Pacífico. La guinda era y es su morada, un palacio con visos de catedral y dos giraldas inspiradas en las de Santa María la Mayor de Ronda. Hearst se trajo de Europa cuantas obras de arte se le antojaron, incluso un templo romano trasplantado a California para adornar su piscina Neptuno. Eso no era suficiente sin unos jardines babilónicos colgantes sobre miradores al mar. O sin un zoológico dotado de osos polares. En los campos interminables de su finca aún se ven cebras pastando en libertad, como un flash de la sabana africana.

Pero eran minucias comparadas con lo que acopió para sus interiores. Hearst compró techos mudéjares en España, y dicen que por el del palacio de los Sánchez Muñoz de Teruel pagó 12.000 pesetas en 1924. Una vez colocado en su dormitorio, no le quitaba el sueño. Otro artesonado, procedente de la Casa del Judío de Teruel, le costó 125.000 pesetas, pero seguían siendo cacahuetes para William Randolph Hearst, quien tampoco perdía el apetito si en su refectorio empotraba la sillería del coro de una iglesia de Seo de Urgel del siglo XV. Tapices de Rubens y de Giulio Romano, discípulo de Rafael, estatuas grecorromanas antiguas, capiteles de claustros y rejas de iglesias españolas... El escritor inglés Wodehouse, invitado por Hearst, tomó nota: "Probablemente duermes en la cama ocupada por Napoleón o alguien así".

Una norma de Hearst para todos sus invitados era que cada día se sentasen a la mesa del comedor alejándose un puesto del centro. Cuando llegasen a la esquina sabrían que debían ahuecar. "Otro día más y me habrían tenido que dar de comer en el suelo", comentó Wodehouse. Entretanto los invitados podían hacer lo que les viniera en gana, ya fuese bajo la mayor pérgola de California o en el bosque aledaño, o en la piscina cubierta a la que solo le faltan las morenas para completar un delirio al estilo del emperador Tiberio, o hartándose de contemplar cuadros, tapices y estatuas, sintiéndose enanos bajo unos techos palaciegos, o perdidos por las laberínticas estancias. O hinchándose a ver películas en una sala de proyección que es una auténtica joya del art nouveau.

Hay una mano en todo ese pastiche y es la de Julia Morgan, la brillante arquitecta que impulsó el movimiento Arts and Crafts y que sintonizó perfectamente con Hearst. En 1937 remodeló la fachada y el vestíbulo del San Francisco Examiner, uno de los periódicos de la cadena del magnate. La magna obra de Julia Morgan fue construir el castillo de la Cuesta Encantada desde 1919 a 1947. Al final tuvo 60 dormitorios y otros tantos cuartos de baño, y 20 salones. Nadie se resistía a una invitación de Hearst: Charles Lindberg o Charles Chaplin, Clark Gable o Bob Hope. Por eso se llamó Xanadú la locura de un hombre que al menos sí sabía qué hacer con su dinero: fundirlo en su castillo.

Orson Welles, interesado por las obsesiones de Hearst, no filmó Ciudadano Kane en San Simeón sino en el Oheka Castle de Long Island, uno de los más sólidos y algo tétricos hoteles para ver o imaginar Nueva York. Tampoco salió nunca de la boca de Hearst la misteriosa palabra Rosebud, el principio y el cierre de la vida de Kane. De la boca de Hearst salían si acaso las consignas que daba a los directores de sus periódicos que atizaron la guerra con España y la pérdida de Cuba en 1898.