El Born: culturas del mundo, por Luis Pancorbo

El nuevo museo del Born alberga obras maestras hechas por artistas del Congo, del Nuristán o por los dayak de Borneo.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Casi enfrente del Museo Picasso de Barcelona, cerca de Santa María del Mar, hay un palacio gótico lleno de tesoros étnicos. Es el Museu de Cultures del Món, una nueva guirnalda para un barrio, como el Born, que en sí mismo encierra un viaje. Antes se decía: "Roda´l món y torna al Born". Con ese título ("Da la vuelta al mundo y vuelve al Born"), el pintor, escenógrafo y decorador modernista Oleguer Junyent escribió un libro en 1910. Rès més, nada más, y nada menos, como dice Miguel Utrillo, su prologuista y amigo, y otra gran figura del modernismo catalán. Ahí era nada dar la vuelta al mundo a principios del siglo XX por Egipto, India, China, Japón, Filipinas, Estados Unidos..., y sacar por doquier datos, emociones, belleza. Para Junyent, Amber, la deshabitada capital rajashtaní, superaba a Jaipur: "Es lo imprevisto, la apariencia del sueño hecho realidad, encantadora y triste, pero febrilmente incitante y hermosa". Y así sigue siendo Amber.

Con su vuelta al globo, Oleguer Junyent aspiraba especialmente a volver al punto de partida más enriquecido en todos los sentidos. Junyent tenía razón: lo principal del viaje no consiste en ir, pese a las argumentaciones taoístas al respecto. Lo que interesa es viajar para llegar a los sitios y no menos para disfrutar con el regreso al propio lugar de procedencia, el ombligo, el hogar, o simplemente el Born, cualquiera de los Born del mundo que uno haya elegido como su sitio. El nuevo museo del Born tiene ese espíritu. Muchas de su medio millar de piezas fueron coleccionadas a pie de selva americana, o africana, o en islas de Oceanía, por un grupo de artistas y antropólogos catalanes que ya en los años 50 y 60 del pasado siglo intuyeron su valor. Se llamaron Folch, Serra, Panyella, Sabater Pi... todos con un ojo prodigioso, adornado por una erudición de categoría en arte étnico. Sus colecciones constituyen el núcleo de los tesoros de cuatro continentes que han acabado en el Born. Europa se queda para la remodelación del Museu Etnològic.

Son obras maestras, hechas por artistas anónimos del Congo, o del Nuristán, o de la cultura Cuchimilco del Perú, o por los dayak de Borneo. Ni los siglos ni las distancias culturales hacen mella en la acabada visión del mundo que se ofrece en pleno Born. El director del museo, Josep Lluís Alay, es un experto tibetólogo, y un científico capaz de ir al Himalaya emulando el portentoso viaje de Antoni de Monserrat. Mientras, el continente museológico nace de unir el palacio del marqués de Llió y la Casa Nadal de la calle Montcada. El señorío gótico de la piedra de Montjuïc respalda y modula los adelantos audiovisuales, y las luces hacen ingrávidas unas vitrinas llenas de selecciones extraordinarias. Ahí están los agiba, los percheros para colgar cráneos de Papúa. Y los ajuares de oro de Mongolia, y los mamuli mágicos de la isla de Sumba, dioses planos y geométricos como de tumbagas precolombinas. Piezas que abren discursos de cultura, caminos en montes y altiplanos, encrucijadas en mares y junglas del mundo, sean relicarios byeri de los fang o rollos de pergamino de Etiopía rebosantes de dibujos y jaculatorias contra los malos espíritus (los zar). Triunfando también un reimiro de la isla de Pascua, un pectoral de madera de color ámbar que perteneció a la colección de Tristán Tzara, un poeta dadaísta que amaba la chocante belleza, esa otra forma de pensar del mal llamado arte primitivo. No hay más que cruzar la calle y se tiene otra prueba que se llama Picasso.