El año del caballo verde, por Luis Pancorbo

El Año Nuevo chino no se puede celebrar sin dedicar un pensamiento al caballo verde y a los dioses Fu, Lu y Shou.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Ya no tiene remedio y el 31 de esta luna empieza el año del caballo, y no cualquier rocín, sino uno de madera, verde, capaz de galopar por la fortuna. No se alimenta de alfalfa, ni de brotes verdes, sino de realidades consistentes como las que los chinos atribuyen a sus impredecibles estrellas. Es un consuelo, menos da una piedra, como cuando en los restaurantes chinos te traen la pequeña galleta de la suerte con un papel que pone lo que podría pasarte.

Este Año Nuevo chino es el 4712, y no se puede celebrar, dicen los chinos, sin dedicar un pensamiento al caballo verde y otro a los tres dioses que se guardan en las casas, unas estatuillas de porcelana, de madera o de marfil. Una vez compré en Hong Kong los tres dioses hechos en hueso de pescado, y no sé si serán de tiburón. Se trata de tener en casa a Fu, Lu y Shou, tres dioses, tres estrellas. Sin esa trinidad un hogar está tan triste como el hambre. El chino puede ser comunista (versión Deng Xiaoping), y no le importa el color de su gato sino que cace ratones, pero no deja de tolerar a sus tres ídolos y les pone algo en su balda: un simple vaso de agua o una naranja. No todos han de creer en la voz celestial de Miah Persson cuando canta Et Incarnatus Est, de Mozart. Pues bien, durante el Año Nuevo el chino se esmera en la ofrenda porque, si no es por Fu, será por Lu, o si no por Shou, pero alguno de los tres ha de hacer algún bien, siendo además respectivamente Júpiter, la Osa Menor y la Estrella del Polo Sur (supongamos Sigma Octantis).

Fu, Júpiter, se viste de profesor, es muy serio y lleva un niño en brazos. Da todo en el ramo de la felicidad y las bendiciones. Lu, la estrella Polaris, va vestido de mandarín y sabe todo de oposiciones, de puestos en el gobierno. Da un trabajo seguro, burocrático, a lo que aspiraban los jóvenes españoles cuando todavía no habían replegado a la emigración, o a la desesperante espera. Pero confieso que Shou, Shou Xing, es mi favorito. Es el dios de la longevidad, tiene una frente tan larga que su cabeza parece mayor que la de Humpty Dumpty, el huevo hablador de Alicia. A Shou no le asusta vivir sin límites. Él mismo se lo pensó y tardó diez años en salir del claustro materno. Lleva un melocotón de la inmortalidad en la mano y por eso también en Año Nuevo es bueno comer algún pastel chino en forma de melocotón inmortal. O pegarse un trago simbólico de la calabaza que llena Shou con elixir de la vida. O acariciar la grulla que siempre lo acompaña. "De las grullas la vigilancia", se dice en el Quijote, porque esas aves avisaban al campesino de cuando había llegado el momento de labrar.

De forma que con el caballo verde de madera, y comiendo un melocotón inmortal en memoria de Shou Xing, no empezaríamos mal el Año Nuevo chino. No vamos a estar siempre raciales y contumaces, como Don Quijote, que encuentra deliciosas las bellotas avellanadas, de encina, tan dulces como pequeñas castañas. O unas algarrobas, que siendo pasto caballar uno recuerda haberlas masticado de niño. En esa posguerra española no estábamos para cavial, lo que cata Sancho Panza con el morisco Ricote y sus compinches peregrinos. Aquellas huevas de esturión español eran sobre todo "un gran despertador de la colambre", o sea, un incitativo para beber, y mejor si era vino.

Mejor incluso que el cavial resulta incitar la fantasía. Bueno, pues que traigan, como en las bodas de Camacho, un caballo de madera llamado Clavileño, con el que se puede ir en busca de las siete cabrillas, las Pléyades, "que son como unos alhelíes". Los chinos lo tienen arreglado con Shou Xing, que guía al Polo Sur, donde todo empieza y el frío que hace mantiene joven, si no inmortal. En el año del caballo verde de madera podemos viajar con la mente con el mismo Clavileño. Ni siquiera es necesario recibir esa montura vistiéndonos de yedra -una planta que también era inmortal para los griegos- como los que querían dar la broma del caballo alígero al gobernador de la ínsula de Barataria. Un destino interesante y low cost si estuviese en el Ebro.