El aniversario de Livingstone por Mariano López

Mariano López

La estatua de David Livingstone frente a las Cataratas Victoria, en Zimbabue, representa al famoso doctor con un atuendo más propio de un militar que del médico que marchó a África por un afán evangélico. Lleva botas, chaleco y gorra de campaña, y a juzgar por su postura, el brazo izquierdo en jarras y la pierna derecha al frente, se diría que es un militar de alto empeño y baja graduación que acaba de tomar posesión en nombre de su reina de un nuevo continente o, como poco, de las cataratas que los makololo llamaban "mosi-oa-tunya", que significa "el humo que truena". Altanera y desafiante, quizá tenga esta estatua algo de culpa en la mala prensa que ahora tiene la memoria de Livingstone en Zimbabue. El doctor Livingstone fue un pedazo de pan andante que cruzó África de costa a costa y contribuyó de forma destacada a la lucha contra la esclavitud, pero su figura en el Zimbabue actual está asociada a la llegada de la opresión y del colonialismo. Así que en el lado zimbabuano de las cataratas, en el pueblo de Victoria Falls, se ha ignorado por completo el reciente 150 aniversario de la llegada de Livingstone, aduciendo, con razón, que no podía hablarse de "descubrimiento" ni de "encuentro" sino, como mucho, de la efeméride de un viaje que aportó fama al viajero y muchos dividendos a su país de origen y cuyo recuerdo sólo corresponde celebrar a los británicos. El argumento ha encontrado bien cerca a sus principales detractores. En la otra orilla de las cataratas, en Zambia, las autoridades han engalanado el museo de la ciudad de Livingstone y celebrado la visita del explorador. El recuerdo de Livingstone ha atraído miles de visitantes a los hoteles situados río arriba, antes de que el Zambeze se desplome dando forma a la mayor cortina de agua del planeta. El turismo crece en el lado zambiano de las cataratas mientras la crisis económica de Zimbabue ha empeorado, en pocos años, las condiciones de vida del antiguo emporio turístico de Victoria Falls. El aniversario de Livingstone ha sido un reclamo en un lado de las cataratas; en el otro, una ofensa. Entre ambas orillas, quizá aún se encuentren los ángeles que imaginó Livingstone, que a diario detenían su vuelo para ver el espectáculo de las cataratas. Las Cataratas Victoria no son las más altas ni las más anchas, ni las más caudalosas del planeta. Pero son altas, anchas y caudalosas y provocan en el espectador la misma sensación de pasmo, de asombro ante lo maravilloso, que cautivó a Livingstone y le hizo suponer que los ángeles se paraban para admirar el fenómeno. El río desaparece al llegar a una fosa de casi dos kilómetros de largo y esconde su cauce entre dos orillas separadas por un tiro de piedra. Para ver cómo las aguas se despeñan un centenar de metros a lo largo de ese frente de casi dos kilómetros hay que acercarse a la brecha. Las mejores vistas se obtienen desde el corredor frente a las cataratas, en Zimbabue. Es allí, en uno de los laterales, donde está la estatua de David Livingstone. Desde la estatua avanza un pequeño camino, paralelo a las cataratas, que se acerca a cada poco al precipicio y permite ver la caída de las aguas desde miradores que se protegen del vértigo con alambradas de acacias espinosas. El vapor, el agua, la lluvia, el humo que truena, inundan todo el corredor. La zona que más visitantes atrae, en el lado de Zimbabue, es la única que carece de protección: el pico del Diablo, en el extremo opuesto al lugar de la estatua de Livingstone. Desde allí se divisan la otra orilla, el borde zambiano, y la primera garganta por la que el Zambeze, embravecido, reanuda su curso con violencia. Más espectacular es la vista de las cataratas desde la isla de Livingstone, en el borde del río justo antes de lanzarse al vacío. En la estación seca, un hotel de Zambia organiza con barcas la visita y permite desayunar en el mismo lugar donde Livingstone plantó café, a escasos diez metros del corte por el que se despeña el río. Las cataratas también se pueden ver desde el aire, en los vuelos turísticos de avionetas y helicópteros, y desde el agua, en las zodiac que realizan el peligroso rafting que recorre los nueve primeros rápidos del Zambeze. El 150 aniversario de la llegada de Livingstone a las cataratas ha transcurrido sin pena y sin gloria para la memoria del inglés, pero eso no ha afectado para nada al río, al vértigo ni a las gargantas. Alguien sugirió que se podía considerar a Livingstone el primer turista y que así, desde esta perspectiva, se podía celebrar el aniversario sin tantos problemas de interpretación. Pero alguno contestó que lo último que se podía llamar a Livingstone era turista. Incluso los ángeles podrían detener su vuelo sólo para reírse.