Egipto ahora por Mariano López

Egipto, ahora, es un lujo. Mientras los flujos de llegadas se van recuperando, ofrece sus tesoros sin apenas gente.

Mariano López
Estuve en Egipto hace un par de semanas. Desde la habitación que ocupé en un lujoso hotel, semivacío, se divisaban, de frente, la isla de Zamalek, y al fondo, siguiendo el curso del río, la magnífica silueta de las tres grandes pirámides. El Cairo, ahora, es un lujo. Siempre lo es, lo ha sido. Siempre te atrapa, te cautiva, esta urbe caótica y vitalista, deslumbrante y milenaria, que ahora ofrece un inusual valor añadido: apenas hay turistas junto a sus monumentos, en sus museos, hoteles o restaurantes. Las riadas de visitantes no tardarán mucho en volver, los flujos de llegadas han empezado a recuperarse, pero, de momento, Egipto ofrece sus tesoros sin apenas gente. Es el momento de disfrutar de El Cairo, Luxor, Asuán, del Valle de los Reyes sin hordas de turistas, colas en los museos o aglomeraciones en los mercados. El pasado año, el área de las pirámides estaba ocupada cada día, de media, por unos diez mil visitantes; hace un par de semanas éramos treinta y cinco. En el mismo recinto, en el aparcamiento principal solía haber entre cuatrocientos y quinientos autocares; en esta ocasión, solo dos. A mediodía entré en el interior de la pirámide de Keops. Antes, la visita sólo se podía realizar a primerísima hora de la mañana o de la tarde, cuando la gran pirámide permitía el acceso de unos trescientos turistas que trepaban juntos por la asfixiante escalera, casi pegados, hasta la cámara del sarcófago del faraón. Esta vez pude ascender sin agobios. Y permanecer solo, completamente solo, casi diez minutos dentro de la cámara donde reposó Keops en el año 2556 antes de Cristo, hace más de 45 siglos. Un inmenso, raro, extraordinario lujo. Tan inusual tranquilidad se repetiría, luego, en los bazares, las mezquitas, el Museo Egipcio. No había visto nunca Jan el Jalili sin turistas. En las calles de este fascinante bazar, creado para que instalaran sus puestos los extranjeros, el negocio de la seda y las especias llegó a ser tan fastuoso que iluminó los sueños de todos los mercaderes europeos. En alguna de estas plazas se crearon los mapas donde se inspiró Colón. Aquí también, al lado, se levantó la primera universidad de la historia, que comentaba a Aristóteles y enseñaba las matemáticas árabes, el álgebra y los logaritmos cuando en Europa eran pocos los que sabían leer. Saladino protegió la ciudad frente a los bárbaros. Levantó la ciudadela y la muralla que defiende el corazón de la capital de los mil minaretes, la madre de todas las ciudades, la urbe que los fatimíes bautizaron como Al Qahira, la Victoriosa, y los egipcios denominan Masr, el país. En la ciudadela, al caer la tarde, tampoco había turistas. En el Museo Egipcio apenas éramos diez personas las que coincidimos en la cámara de los tesoros de Tutankhamon. Quien no ha visto Egipto, dijo Herodoto, no ha visto el mundo. Ahora es el momento de ver Egipto como no le hubiera importado verlo a Herodoto: sin agobios. Con toda su historia y su vida desplegadas sólo para los ojos de quienes están viajando ahora, durante la primavera árabe. En la ya muy famosa plaza de Tahrir, la plaza de la Liberación, hay puestos con banderas de Egipto y una efervescencia especial, que podía recordarnos la sensación de libertad que se pudo vivir en algunos momentos de la transición española hacia la democracia. Hay banderas que se agitan cuando pasan los turistas. Se agradece el apoyo, la visita. En la misma base de la pirámide de Keops, unos veinte guías egipcios de habla hispana desplegaron una pancarta emocionada. Decía: "Españoles, volved. Tenemos nuevas historias que contaros". Seguro que sí, que es cierto. Nuevas y maravillosas historias que hay que conocer ahora. Cuando todos los viajes a Egipto son exclusivos, para turistas privilegiados. Puro lujo.