Egeria, viajera pía y misteriosa

La primera cronista hispana de nombre conocido fue una viajera “ante litteram” que entre los años 381 y 384 recorrió más de cinco mil kilómetros visitando los lugares santos entre Mesopotamia, Palestina, Siria y Egipto. Recogió sus impresiones en el libro “itinerarium ad loca sancta”,  con una prosa minuciosa y animada.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

De Egeria poco se sabe con certeza. Que vivió en las calendas del siglo IV, en alguna provincia a trasmano del Imperio Romano –la Galicia hispana, pongamos–, y que se lanzó a las calzadas para recorrer con fervor Tierra Santa. El destino estaba de moda entre las matronas acomodadas desde que Helena Augusta –madre consagrada del emperador Constantino– encontró en Jerusalén reliquias varias de Cristo. El tour por los escenarios bíblicos se hacía a grupa de caballo, camello o asno, a pie y en barco, con escolta para peregrinos en los tramos inseguros, durmiendo en posadas y monasterios. Incluía excursiones pías al Monte de los Olivos, al Sinaí y al Nebo; con visitas al sepulcro de Job, el pozo de Raquel, el desierto donde acamparon los hijos de Israel, la zarza ardiente de Moisés, las aguas con las que bautizaba Juan, el paraje donde la mujer de Lot fue transformada en sal… "Teníamos por costumbre, siempre que llegábamos a cualquiera de los sitios que ansiábamos ver, hacer allí, lo primero de todo, algunas preces; luego leer el pasaje correspondiente de nuestro ejemplar sagrado, recitar asimismo un salmo que viniese a cuento con el tema y luego de nuevo hacer un rezo". Era nuestra dama una cristiana piadosa –algunas biografías le ponen hábitos de monja–. Curiosa por devoción, llevaba más de tres años alejada de su patria y aún hacía planes para continuar su peregrinaje por Asia Menor. "Gracias a Jesús que ha querido concederme no solo el anhelo de ir sino también las fuerzas necesarias para recorrer los lugares que deseaba". No se sabe cuándo regresó a casa la misteriosa viajera hispanorromana… si acaso lo hiciera.

Viajeros en la tumba de Aarón. | Wellcome Library, London

El relato de viajes más antiguo de una mujer hispana

Hay tan poca información sobre Egeria porque faltan las primeras y las últimas cartas en las que la peregrina dio fe de su Itinerarium ad Loca Sancta. Dichas misivas –dirigidas, en un latín popular, a unas lejanas "señoras y hermanas del alma" (dominae et sorore)– fueron transcritas por algún monje del siglo XI, pero el códice no se encontró –incompleto– hasta 1884 en la ciudad de Arezzo. Constituye el relato de viajes más antiguo escrito por una mujer hispana del que se tiene noticia. El texto a continuación corresponde a un fragmento de este diario epistolar publicado por La Línea del Horizonte en edición y traducción de Carlos Pascual.

"Quería explorar más a fondo todos aquellos lugares que hubieran recorrido los hijos de Israel"

Reanudando nuestra expedición, llegamos a un paraje en el que las montañas por entre las cuales discurríamos se abrían y configuraban un valle dilatado, completamente alisado y sumamente placentero. […] En esta depresión amplia y lisa fue donde acamparon los hijos de Israel durante aquel tiempo en que el santo Moisés subió a la montaña del Señor, permaneciendo en ella por espacio de cuarenta días y cuarenta noches. Es este también el valle donde se fabricó el becerro de oro; hoy día se sigue mostrando ese lugar exacto, ya que se conserva hincada en dicho punto una enorme roca. […] Aunque todos los promontorios que hay en derredor son tan elevados como yo no creo haber visto jamás, el que está en medio, y al cual descendió la majestad divina, es tan superior a todos los otros que, cuando alcanzamos su cima, todas aquellas montañas que nos habían parecido tan encumbradas se extendían ahora a nuestros pies como si se tratara de humildes collados. Hay una cosa digna de admiración, que yo creo solo puede deberse a un prodigio divino, y es que ese monte, al que se llama Sinaí de manera singular, no resulta sin embargo visible a menos que te acerques hasta su mismo pie; eso, antes de ascenderlo. Una vez que, satisfechos tus deseos, desciendes de él, entonces y solo entonces puedes contemplarlo de frente, cosa que resulta imposible antes de escalarlo. Yo conocía ya esta particularidad antes de que llegáramos a la montaña del Señor, pues algunos hermanos me habían hablado de ello y, tras mi visita, pude comprobar que, efectivamente, así ocurría.

Vistas de Ramá (Israel) en 1698. | Viajar

Así pues, el sábado por la tarde nos adentramos en la zona montuosa y llegamos hasta algunos eremitorios donde los monjes que allí moraban nos acogieron de manera muy cordial, ofreciéndonos toda su hospitalidad; hay allí incluso una iglesia con un sacerdote. Pernoctamos allí, y al despuntar la mañana del domingo comenzamos a escalar, una tras otra, las sucesivas cimas, acompañados por el propio sacerdote y los monjes que allí habitaban. Estas cimas solo se pueden conquistar a costa de ingentes esfuerzos, ya que no puedes ascender poco a poco y dando rodeos, en línea de caracol, como suele decirse, sino que tienes que subir directamente como por una pared, y descender igualmente en línea recta cada uno de aquellos montes antes de llegar al pie mismo de ese promontorio que se alza en medio de todos los demás y al que se llama Sinaí. De modo que, cumpliendo la voluntad de nuestro Señor, reconfortada con las preces de los santos hermanos que me acompañaban proseguí adelante no sin grandes fatigas, ya que tenía que ascender a pie, pues no era posible continuar sobre la montura. Pero el cansancio apenas hacía mella en mí; ello se debía, en buena medida, a que al fin veía cumplirse mi deseo. De manera que, hacia la hora cuarta, ganamos la cumbre de aquella montaña santa de Dios, el Sinaí, donde fue dada la Ley.

Monte Sinaí. | Viajar

Ahora se alza en aquel paraje una iglesia de dimensiones modestas, ya que la cúspide del monte no es demasiado espaciosa; el templo, no obstante, posee una gran armonía. Cuando, gracias a Dios, alcanzamos la cumbre y nos aproximamos al umbral de la iglesia, nos salió al encuentro un sacerdote que estaba al servicio de dicho templo; un anciano venerable que había abrazado la vida monacal desde su primera edad, convertido en un "asceta" –como se dice por aquí–; en fin, qué os voy a contar, un hombre digno de estar en semejante puesto.

Texto extraído de Viaje de Egeria. El  primer relato de una viajera hispana. La Línea del Horizonte Ediciones, 2017.