Dublín literaria por Javier Reverte

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Dicen que Irlanda es el país que más ama a sus escritores y a fe que debe de ser cierto a poco que uno se fije, sencillamente, en las apariencias. La capital, Dublín, tiene un museo dedicado a su literatura -algo que creo no sucede en ningún otro lugar del mundo- y cada uno de sus grandes literatos cuenta con una estatua en una plaza, una calle o un parque de la urbe, cosa que es algo más común en otras ciudades del mundo, como Madrid, por poner un ejemplo a la mano. No resulta tan frecuente, sin embargo, ver sus nombres y sus biografías grabados en placas junto a una catedral, como sucede en la de San Patricio, en un bonito parque del suroeste del centro de la capital irlandesa. Ni tampoco es usual ver sus rostros perfilados en las vidrieras colorientas de unos cuantos pubs. Dicen, sí, que Irlanda ama a sus escritores. Yo creo que, antes bien, los venera.

Irlanda es un país con algo más de cinco millones de habitantes y su territorio es unas seis veces más pequeño que España. Y, sin embargo, tiene la mayor cifra de premios Nobel de Literatura por metro cuadrado, la proporción de galardonados en Suecia más alta del mundo: son cuatro, ya que en sus tierras nacieron George Bernard Shaw, William Butler Yeats, Samuel Beckett y Seamus Heaney, los tres primeros dublineses y el último en un pequeño pueblo fronterizo de la Irlanda del Norte con la del Sur. Hubo otro par de literatos dublineses que no lo obtuvieron y que, sin lugar a dudas, también lo merecían: Oscar Wilde y James Joyce. Y unos cuantos más que a todo país le encantaría tener en la nómina de sus ilustres hijos: Jonathan Swift, Sean O''Casey, Bram Stoker, Brendan Behan, John M. Synge y Patrick Kavanagh, todos dublineses a excepción del último.

Resulta curioso que una parte de ellos emigraran para siempre del país, como, por ejemplo, Joyce, Beckett y Shaw, pero ninguno de ellos dejó de sentirse irlandés hasta el día de su muerte. Joyce, que murió en Zurich después de vivir en París y en Trieste, afirmaba que, si un día Dublín era destruido, podría reconstruirse por completo siguiendo las páginas de su novela Ulises. Beckett, que se instaló en París muy pronto y escribió en francés la mayor parte de su obra, respondió así a un desinformado periodista cuando éste le preguntó si era inglés: "Mon Dieu, au contraire!". En cuanto a Shaw, que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra, mostró su amor a Irlanda donando los derechos de su obra Pygmalion (pieza teatral en la que se basó el exitoso musical de Hollywood My fair lady) al Museo de Bellas Artes de la ciudad de Dublín, gracias a lo cual éste cuenta con un excepcional catálogo de pintura irlandesa, comenzando por una buena parte de la obra de Jack Butler Yeats, padre de William, el premio Nobel de Literatura que antes cité y una de las voces poéticas más importantes del siglo XX.

La popularidad de los escritores en Irlanda, y en especial en Dublín, siempre ha sido un hecho muy peculiar, difícilmente comparable a lo que pueda suceder en otro país o en otra ciudad. Brendan Behan, que murió muy joven a causa del alcoholismo, tuvo un entierro tan multitudinario como O''Connell, uno de los padres del nacionalismo irlandés. Y el 16 de junio de cada año, desde hace medio siglo, los ciudadanos de Dublín, vestidos a la moda de principios del siglo XX, se echan a la calle para celebrar el Bloomsday, el Día de Bloom, conmemorando el paseo por la ciudad de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises. Para cualquier amante de la literatura resulta gratificante que el centro de una ciudad sea en buena parte cortado al tráfico a causa de un libro memorable en lugar de que se haga por un desfile militar o por la visita de un Papa.

De los siete firmantes de la Proclamación de Independencia que precedió al sangriento Levantamiento de Pascua de Dublín (finales de abril de 1916), cinco eran escritores, entre ellos el poeta Pádraic Pearse, presidente del autonominado gobierno provisional, fusilado por los británicos cinco días después del fracaso de la rebelión.
Así que Irlanda no puede entenderse sin la literatura. Y mucho menos Dublín.