Doscientos mil daiquiris al año, por Carlos Carnicero

Observo el tiempo detenido. La Habana es el paraíso de la austeridad cuando uno se introduce en su esencia.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Las tres batidoras Hamilton Beach giran al mismo tiempo, rebosantes de los ingredientes del milagro: jugo de limón, unas gotas de marrasquino, azúcar y ron cubano de tres años. Y, por supuesto, hielo picado en la dosis exacta. Al mando de esta nave del placer está Nicolay Masa. Alto, moreno sin ser negro, enjuto, serio, rápido, profesional, amable sin ser simpático. Lleva camisa blanca y pantalón a juego; un mandil rojo que le cubre desde el pecho hasta más abajo de las rodillas. Con la mano derecha mece la jarra y con la izquierda suministra los ingredientes con precisión matemática. Luego, la batidora hace su trabajo mientras termina de dosificar el ron. La música esparce la Guantanamera y los turistas se hacen retratos con la estatua de un paciente Ernest Hemingway.

Las batidoras Hamilton Beach preparan unos doscientos mil daiquiris al año. Y no desfallecen en un universo, Cuba, en que las cosas se estropean más de lo habitual. Fatalismo geográfico, bloqueo político o el simple cansancio de la historia. Nicolay, sin detener su ceremonia, me pregunta por España. Le miro con sorna: "Está en candela", le contesto tan adusto como él mismo. Sonríe, y eso es mucho en él. Levanta las cejas, inquiriendo si me atrevo con otro: le digo que sí, con un leve asentimiento de cabeza. Y calcula las proporciones; sabe que no me gusta con mucho azúcar. Está perfecto, como siempre.

Fuera explota el bullicio de la calle Obispo. Me ofertan tabaco, Cohíba, tan falso o auténtico como uno quiera creer: son hojas de Vuelta Abajo, tal vez robadas de la fábrica o torcidas en la penumbra de una casa cubana. El negocio fluye. Ahora hay máquinas de churros en las esquinas de la calle Obispo. Para que me entiendan, es la calle Preciados de La Habana. Tiendas modernas a precios imposibles. "¿De qué parte de España eres, gallego?" Me deslizo hacia la Plaza de San Francisco, esquivando las ofertas. Observo el tiempo detenido. La Habana es el paraíso de la austeridad cuando uno se ha introducido en su esencia. Una sonrisa es más valiosa que un helado de Coppelia. No se sienten tragedias, que seguramente están encapsuladas. Los chicos vuelven del colegio: camisa blanca, pantalón y pañoleta rojos. Mochilas cargadas de sueños. La música se escapa desde todos los portones. El silencio es una mercancía imposible. Los turistas fotografían lo que no existe. Atienden a los promotores de todo tipo de mercancías impostadas o simuladas. Empieza a caer la tarde y la lluvia disuelve las concentraciones humanas. Un frente frío, del norte, que no es tan frío pero que aterroriza a los hijos del sol y de la luz.

En la avenida del Puerto hago señas para que se detenga un almendrón; son los taxis colectivos, casi todos vehículos anteriores al año 1959, cuando la revolución cubana detuvo el tiempo. Nos apretujamos cinco personas en los bancos corridos del vehículo: un Chevrolet de 1956. Una joya que camina con motor Toyota y vaya usted a saber la procedencia de otras piezas. El aspecto es el original; ronronea con autoridad subiendo por la calle 23.

Cambiamos parte del pasaje. Una señora con una bolsa que amenaza la integridad del grupo recita la letanía de la vida: "¡No es fácil!".

Me arrepiento de haber salido tan pronto de El Floridita. Allí me siento resguardado. Sencillamente observando a Nicolay Masa tocar la orquesta de sus batidoras sempiternas. En la radio del almendrón anuncian los conciertos de esta noche. Los Van Van están en la Casa de La Música de La Habana. Merece la pena reservar, aunque no haya sitio para respirar. Pienso que La Habana es una bella fotografía fija que se está poniendo de tonalidad sepia. No me pregunten por qué: siento esta ciudad como si fuera mía. La rutina es una sorpresa. La vida, una cadencia de danzón que a veces se desliza al son. Otras veces, un bolero. Por la noche, sencillamente, una rumba. Y, mientras la noche cae, Nicolay Masa enjuaga las jarras de las Hamilton Beach, las limpia como si fueran una patena para comenzar la ceremonia del día siguiente. Doscientos mil daiquiris al año. Más o menos.