Doha, por Javier Reverte

El aeropuerto de Doha no es bonito ni cómodo, pero por sus salas transita toda la gama de personalidades de la Tierra.

Javier Reverte

Los desplazamientos en avión posibilitan a los hombres de hoy largarse a las antípodas de su patria en plazos que no alcanzan las 48 horas. Es una de las razones por las que la globalización se nos ha echado encima tan súbitamente. Porque los hábitos, las tradiciones, el folclore, las formas de vida y, si se me apura, nuestras almas, vuelan tan rápido como nuestros cuerpos. Si, dando marcha atrás en el reloj de la vida, le pudiese contar a mi abuela que ir hasta un destino como Australia, nuestro envés en el planeta, lleva hoy más o menos el mismo tiempo que, en su época, desplazarse a la ciudad de Sevilla en autocar, tacharía a su nieto de loco. Recuerdo que aquella mujer de moño alto, vestida a toda hora con los ropones de paño negro que se enfundó al enviudar siendo muy joven, no sabía apenas manejar el teléfono, un instrumento que le parecía casi diabólico. ¡Imaginen si le dicen que puede ir a Australia en menos de dos días de avión! Casi estoy por asegurar que mi abuela no creía en la existencia de Australia, como nunca creyó hasta su muerte que el hombre hubiera puesto el pie en la Luna (estaba convencida de que era un montaje organizado por los americanos en los estudios de Hollywood). Y si creía en ello, lo más probable es que pensase que la gente caminaba allí bocabajo. ¿O qué narices son las antípodas?
Lo que me resulta curioso en esta reflexión a vuelapluma no es ya que el mundo se haya globalizado a una velocidad de vértigo sino la personalidad que han tomado muchos aeropuertos y, en especial, aquellos que han logrado convertirse en un punto de encuentro o de tránsito de diversas rutas, sean como cabecera o como cruce de destinos. Antes, los aeropuertos eran todos muy parecidos: salas de espera más o menos grandes, una cafetería o dos, aseos y alguna que otra tienda libre de impuestos. Ahora, muchos aeropuertos del mundo han cobrado un carácter bastante particular. Y no sólo por su diseño y las comodidades o servicios que ofrecen sino, sobre todo, por la humanidad que los puebla.
Llevo parando desde hace un par de años, de cuando en cuando, en el de Doha, en Qatar. Las líneas aéreas de este pequeño y rico estado petrolífero del Golfo Pérsico han sabido ofrecer unos precios razonables en sus vuelos a numerosos destinos y casi puede decirse que hoy es el principal puerto de referencia en los transbordos entre Europa, el África subsahariana y el Asia meridional. En sus pistas, de día y de noche, no cesan de rugir los aviones que aterrizan y despegan viniendo ora de Madrid, ora de Delhi, o saliendo rumbo a Dar-es-Salaam o Sri Lanka, por poner unos pocos ejemplos que hacen al caso.
El de Doha no es un aeropuerto bonito ni tampoco muy cómodo. Tiene un taxfree bastante grande, repleto de bebidas alcohólicas, pero en su cafetería no se puede beber ni un simple grado de alcohol porque el gobierno islamista de Qatar lo prohíbe. Sus asientos en las zonas de espera son duros; es difícil, si no imposible, encontrar prensa internacional, y llamar por teléfono es una tarea ardua. Las colas para Internet son disuasorias y no existen ventanales que te ofrezcan un paisaje amable. Sus dependencias tienen un cierto aire carcelario. O de impoluto cementerio blanco.
Pero el personal que transita por sus salas y pasillos agrupa toda la gama de pieles, de rasgos, de oficios y de personalidades del planeta Tierra. Puedes ver a un monje tibetano con su libro de rezos sentado al lado de una ejecutiva iraní que viste el niqab (la túnica femenina musulmana que sólo deja al aire la línea de los ojos) y lleva en la mano un ordenador portátil. Y al joven europeo, con aire de hippy, acomodado junto a una familia de turistas japoneses.
Doha tiene algo de futurible, es un retrato de lo que quizás será el paisaje humano de nuestras urbes en unas cuantas décadas, cuando el mundo acabe por globalizarse de verdad y no nos extrañe en absoluto encontrarnos con un chino mandarín, un pigmeo con taparrabo o un piel roja esperando pacientemente en la cola del pan.