Doce astros por Luis Pancorbo

En enero habría que tener ojo para no incurrir en predicciones desaforadas. Para eso tenemos a Nostradamus, que profetizó todo, incluido el fin del mundo, y aquí estamos.

Luis Pancorbo

El Año Nuevo, es natural, mueve mucho a los viajeros aunque sólo sea en la imaginación. Se examinan con todo detenimiento mapas del mundo, catálogos y cuentas corrientes para ver dónde va a caer la bola del viaje proyectado por estas fechas. Hay incluso quien mira al cielo y a las estrellas a ver si saca algo en limpio de ahí. Para algunos, los viajes son una especie de mántica o adivinación, en el sentido de que, si son buenos, nadie sabe cómo van a terminar. Los viajes con todo amarrado se parecen mucho a quedarse en casa.

La cuestión es que resulta muy difícil sacar confidencias, o cabañuelas, a los dioses atisbando el cielo, aunque en todas las épocas ha sucedido esto dado que la superstición, en tanto a superabundancia de idea religiosa, ha estado muy presente y más llegando el mes de enero. Sin embargo, existen otros principios de año que no resultan menos nobles y acreditados, como el sanhein celta del 1 de noviembre, o el Nauruz que estrena el año en el equinoccio de primavera y que aún se celebra en Persia, Uzbekistán y otros países. Para los isleños del sur de las Salomón, el año empieza cuando vienen los bonitos. Tienen razón en celebrarlo de esta manera.

Nosotros miramos aún la Luna y vemos en ella la liebre, pero no corremos tras ella como hacen en el Tíbet o hacían en el antiguo México es una bella mancha, sinuosa, corre y desaparece. Pero no por eso la Luna ha de ser el libro de la verdad, ni siquiera la mujer que se aparea con el sol y que da a luz a las estrellas, como también se creyó antiguamente. Nuestra luna es viajera, cambiante, eso nos gusta de ella, que sea relativa (para los antiguos esquimales era el hermano del Sol).

Pero, volviendo a enero, sin haber casi llegado, habría que tener ojo para no incurrir en predicciones desaforadas. Para eso tenemos a Nostradamus, que profetizó todo, incluido el fin del mundo, y aquí estamos. Lo curioso es que aún hay quien considera las profecías de Nostradamus y, por supuesto, la más manejada últimamente: en el siglo XXI el Islam reconquistará Europa. Más de ciento sesenta cuartetas de Nostradamus se podrían interpretar así dada su ambigüedad. Pero es que Michel de Nôtre Dame, nacido en Saint Remy de Provenza, un lugar que siempre vale un viaje (con base, por ejemplo, en Ousteau de la Beaumanière, una hostería donde adivinar las hierbas y las uvas fragantes de la región), podía decir cosas tales como "al instante gran llama esparcida saltará", y van todos los creídos y lo traducen como el 11-S y la caída de las Torres Gemelas.

Para eso uno se apunta mejor a la marmota Phil de Punxsutawney. En realidad la sueltan el 2 de febrero, por la Candelaria, o en el Groundhog Day, para los austeros habitantes de ese pueblito de Pensilvania. Es, en fin, el Día de la Marmota, cuando el eminente hombre del tiempo Bill Murray queda atrapado para siempre en el imaginario confidencial de quienes amamos esa película que supera con un golpe de humor profecías, déjà vu, déjà vécu y tanta astrología a la violeta.