"Disfruten del vuelo", por Jesús Torbado

JESÚS TORBADO

Con las sencillas palabras del título concluyó su saludo el capitán Robert Ting antes del despegue del primer viaje comercial de esa nueva máquina llamada A-380. De Singapur a Sidney, poco más de siete horas en el aire. Día 25 de octubre. Algunos pormenores del vuelo se han contado ya: que a una parte de los 471 pasajeros de la Singapore Airlines se les alimentó de caviar, muslos de pato con mermelada de cerezas y fi deos chinos y que se sació su sed con champán rosado cosecha del 66; que algunos pagaron hasta setenta mil euros por el viaje; que uno, californiano, había inaugurado ya en 1970 el primer vuelo del Boeing 747, ese otro monstruo que sigue en las alturas... En fin, la hazaña ha sido estupenda y habrá sin duda docenas de miles de viajeros en el mundo esperando poder disfrutar de una travesía celeste en el formidable Airbus recién nacido.
Mas la aventura sucede en un período convulso para los desplazamientos aéreos, aunque no, por fortuna y hasta ahora, por razones de seguridad. En inglés lo llaman "travel jungle" y el optimismo del capitán Ting no suele prodigarse en la mayoría de los vuelos. Este cronista practicó en esos últimos días de octubre siete viajes en aviones, españoles y portugueses, y más chicos. En Barajas, Iberia -como si fuera la más barata de las líneas de bajo coste- obliga ya a que sea uno mismo el que se autofacture en unas máquinas que la mayoría de los viajeros no sabe manejar y ante las que nadie aparece a dar enseñanza; al contrario, las mozas o mozos de servicios de tierra, antes tan sonrientes y cordiales, distribuyen ahora malos modos, regañinas y caras largas entre los que no se apañan para pegar el enrevesado cintajo de papel del destino que vomita la máquina, tan pegajoso, en la empuñadura de la maleta. Actitud malhumorada, incluso hostil, que ya es frecuente dentro de la aeronave, donde ni ofrecen un vaso de agua para tragar el valium (salvo que se pague la botella) ni se ocupan de las necesidades de nadie. La reducción relativa de precios implica gestos maleducados, además de la impuesta autosuficiencia. Cualquier día se obligará al viajero a que pilote él mismo el aeroplano o, por lo menos, a que limpie los retretes antes de cruzar la puerta de salida.
Y esto debe aplicarse no sólo a la línea española citada, la que tanta gente parece querer comprar, sino a casi todas de los alrededores. Durante las dos horas y cuarto de trayecto de Lisboa a Azores, por ejemplo, los estrechos asientos del avión luso, un A-320 nuevo, apenas permiten al pasajero mover un músculo o toser sin antes solicitar espacio al vecino. Tampoco los auxiliares de vuelo (y menos aún los funcionarios de tierra), salvo un azafato, tenían fuerzas para mover sus músculos siquiera en un amago de sonrisa. Vaivenes financieros en las compañías, que entran de pronto en la barrena de la bancarrota, engaños permanentes en las tarifas anunciadas, cuando ya incluso piden billete para la maleta, aeropuertos enmascarados, bajos costes mentirosos, trato grosero al cliente, incumplimiento de compromisos elementales, tropelías de toda especie... Sabíamos todo eso, sí, y había argumentos para justificarlo con la canción del low cost, del precio barato. Pero enseguida compañías solventes y antes honorables se adjudicaron el hallazgo, corrieron a recortar costes generales para ganar más y se han ido reconvirtiendo también en cutres y desagradables. A esta antología de desgracias, claro, habría que añadir la tortura de los cacheos previos, encargada en Barajas casi siempre a personajes uniformados que no han recibido ni los rudimentos de la buena educación; el absurdo de normas probadamente inútiles; la fea y mala organización y la escasez de recursos, incluso en una terminal tan suntuosa como la 4. Siempre que cae uno en la tentación de un viaje dan ganas de decir: ¡Que vuele su padre! Excepto si se puede acreditar la cálida bienvenida del capitán Ting y disfrutar de los fideos chinos y del champán que despachan en el A-380.