Diodati, por Espido Freire

La pandemia había impedido que los dos últimos años Diodati se mueve se llevara a cabo

Espido Freire
 | 
Foto: Raquel Marín

Hay un momento en la infancia en el que para viajar basta una caja que se convierta en una nave espacial, un rincón del jardín que nos sirva de selva, o con una manta como frontera. Si además involucramos a un perro en el juego, defenderá esa frontera de cualquier peligro, tan convencido como nosotros, hasta que llegue la hora de tomar la merienda o de irnos a casa y el juego quede entonces interrumpido, la exploración en suspenso hasta el siguiente día.

Hace unos años, el escritor Fernando Marías me propuso jugar otra vez así, aunque en este caso no reviviríamos un western adulto, ni seguiríamos las huellas de un escritor, como yo estaba acostumbrada, sino que buscaríamos un lago a orillas del cual reviviríamos una de las noches literarias más famosas de la historia: aquella en la que en junio de 1816 Lord Byron propuso a sus invitados en Villa Diodati que contaran o escribieran la historia más terrorífica que concibieran. Fernando sabía de mi pasión por esa historia y por Mary Shelley, la jovencita que a raíz de ese reto alumbró Frankenstein. A ambos nos unía la fascinación por lo fantástico, y habían sido ya varios los proyectos que lo probaban.

Espido Freire.  | Kike Lucas



Y así, durante varios años, a orillas de la laguna ligeramente radiactiva de la localidad de Alhama de Aragón, o junto al campamento resinero de Iruelas, donde el lago se contiene entre peñas de granito, en los otoños brumosos o por el eterno día de San Juan, se llevó a cabo Diodati se mueve, una experiencia literaria a la que prestaba realidad práctica Rosa Masip, y por la que desfilaron escritores, músicos, artesanos y artistas. Y, sobre todo, a la que acudían los viajeros que se marchaban ya envenenados, con la promesa de leer a los autores románticos y de vernos en la siguiente convocatoria. Niños grandes empeñados en que lo que imaginábamos era real: no hay una definición más precisa de un escritor.

Villa Diodati, la real, se encuentra en manos privadas, a orillas del lago Lemán. Nuestro sueño de llevar mis monólogos a su jardín, las tertulias de Fernando a su salón, nunca pudo cumplirse: pero quién necesitaba esa casa de contraventanas cerradas cuando siempre que nos los proponíamos podíamos crear la nuestra, con historias y monstruos horribles y cargados de ternura que aparecieran en la noche, junto a la hoguera. Abríamos puertas en el tiempo para colarnos en ese año sin verano o para recrearlo. El lago callaba, nosotros fingíamos secretos insondables que convertían cada Diodati en el único.

Fernando murió el pasado 5 de febrero. La pandemia había impedido que los dos últimos años Diodati se mueve se llevara a cabo. Para consolarme, escribí para audio Las crónicas de Villa Diodati. Él hundió las manos en la adaptación teatral de Los santos inocentes. Nuestra fiesta ha perdido a su maestro de ceremonias. El lago vuelve a ser únicamente un lago. No tengo ya con quién viajar en el tiempo. No tengo con quién jugar.