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El destino de verano favorito de Matilde Mourinho (30 años) es la "Perla de la Costa del Sol": un pueblo pesquero con un casco histórico musulmán y un puente romano del siglo I

Marbella lleva casi una década apareciendo en las escapadas de la hija mayor de José Mourinho, entre Ibiza, Sevilla y Cerdeña. Pero antes de las terrazas de lujo hubo minas de hierro y redes de pesca.

De entre todas sus viajes hay un destino al que siempre vuelve, la llamada "perla de la Costa del Sol".

De entre todas sus viajes hay un destino al que siempre vuelve, la llamada "perla de la Costa del Sol". / Istock

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Hay ciudades que se construyen una imagen y otras que la heredan sin haberla buscado. Matilde Mourinho, diseñadora de joyas afincada en Londres desde la adolescencia y primogénita del técnico portugués, ha ido dejando constancia en los últimos años de sus escapadas por España: Barcelona, SevillaIbiza y, de forma recurrente, Marbella. No hay un rastro, ni una palabra, solo la prueba evidente de su vuelta año tras año a este rincón de la Costa del Sol, documentado en sus viajes desde hace años.

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Sara Fernández García

Lo curioso es que la Marbella que ella y tantos otros visitantes internacionales recorren hoy, con sus terrazas y su Puerto Banús, esconde debajo un pasado que poco tiene que ver con el glamour. Antes de convertirse en sinónimo de lujo, este fue un pueblo que vivió del hierro y del mar, con un casco antiguo que todavía respira su origen musulmán y un puente romano que sigue en pie desde el siglo I. Ese contraste entre el pasado humilde y el presente dorado es lo que convierte a Marbella en algo más que un plató de postal.

Vista aérea superior de yates de lujo en el puerto deportivo de Puerto Banús, Marbella

Vista aérea superior de yates de lujo en el puerto deportivo de Puerto Banús, Marbella / Istock

De las fundiciones al hierro andaluz

Antes de que nadie hablara de "jet-set" ni de Puerto Banús, Marbella fue un pueblo que trabajaba el mineral y el pescado. Sus fundiciones llegaron a producir hasta el 75% del hierro que se extraía en toda España durante el siglo XIX, una cifra que hoy sorprende a quien solo conoce la ciudad por sus playas. La actividad minera convivió durante generaciones con la pesca, el otro pilar económico de un municipio que miraba al mar sin sospechar lo que vendría después.

Un paseo por Marbella

Un paseo por Marbella / Istock / Martin Kusyn

El giro llegó a partir de los años 50, cuando el turismo internacional empezó a descubrir la Costa del Sol y Marbella pasó, en apenas un par de décadas, de pueblo trabajador a destino de la aristocracia europea y, más tarde, de la jet-set global. Pero ese salto no borró lo anterior: bajo el asfalto de las avenidas de lujo sigue estando el trazado de un asentamiento musulmán documentado desde el siglo XII, con calles estrechas pensadas para el calor y la vida de puertas para dentro, muy alejadas del urbanismo abierto que caracteriza a la ciudad más reciente. Y todavía más atrás en el tiempo, los romanos dejaron su huella con un puente del siglo I que sigue visible junto a lo que hoy es el Hotel Puente Romano, testigo silencioso de que esta franja de costa llevaba siglos siendo cruce de caminos mucho antes de que nadie hablara de turismo de sol y playa.

Puerto Banús en Marbella

Puerto Banús en Marbella / Istock / TONO BALAGUER

Qué ver: los esenciales

El corazón de la Marbella musulmana sigue latiendo en su casco histórico, uno de los mejor conservados de la Costa del Sol. Las calles estrechas y las casas encaladas desembocan en la Plaza de los Naranjos, una plaza que debe su nombre precisamente a los árboles que la perfuman, y que funciona como epicentro del barrio antiguo desde su trazado original.

Plaza de los Naranjos de Marbella

Plaza de los Naranjos de Marbella / Istock / Flavio Vallenari

A pocos pasos, la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación ocupa el solar de lo que fue una mezquita, y en su fachada conviven el estilo renacentista con el barroco, una superposición que resume bien la propia historia de la ciudad: capas sobre capas, culturas sobre culturas. Caminar por este entorno, sin prisa, es la mejor forma de entender que Marbella no nació con el turismo de lujo.

Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación

Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación / Istock / Nenad Nedomacki

Un poco más allá, en la Avenida del Mar, aguarda uno de los detalles menos conocidos por quien visita la ciudad por primera vez: un museo al aire libre con diez esculturas de bronce de Salvador Dalí, repartidas por el paseo como si el artista hubiera decidido dejar ahí una firma discreta. Es una de esas sorpresas que convierten un simple paseo hacia el paseo marítimo en una pequeña ruta cultural improvisada.

Esculturas de bronce de Salvador Dalí en Avenida del Mar, Marbella

Esculturas de bronce de Salvador Dalí en Avenida del Mar, Marbella / Istock / Orietta Gaspari

Guía práctica: ruta de un día y dónde comer

Para quien dispone de un solo día, el orden más lógico es empezar temprano por el casco antiguo, antes de que suba el calor y las calles se llenen: Plaza de los Naranjos, la Iglesia de la Encarnación y un paseo sin rumbo fijo por las callejuelas blancas. A media mañana, la Avenida del Mar y sus esculturas de Dalí sirven de puente natural hacia el paseo marítimo, con más de 20 kilómetros de playa a lo largo del municipio para quien quiera cerrar la jornada con un baño. Quien busque el otro extremo de la ciudad, el de las boutiques y los yates, tiene en Puerto Banús su destino obligado, aunque conviene dejarlo para la tarde, cuando el ambiente cambia de registro.

Puente de madera roja "Embarcadero" en Marbella

Puente de madera roja "Embarcadero" en Marbella / Istock

Recordatorio viajero

Marbella no tiene aeropuerto propio, así que la puerta de entrada natural es el Aeropuerto de Málaga, a poco menos de una hora en coche o autobús directo.

Para comer, el casco antiguo sigue guardando alguna de las direcciones más honestas de la ciudad, lejos de la escena de alta cocina de la Milla de Oro. El Bar Altamirano, con más de 25 años a sus espaldas, trabaja con pescado fresco que llega cada día desde el puerto pesquero de la Bajadilla y sirve raciones sin artificios: fritura malagueña, pescaíto y ese tipo de cocina que no necesita presentación porque lleva décadas hablando por sí sola.