Desiertos cercanos por Jesús Torbado

El número de pueblos españoles completamente vacíos, de los que han escapado todos sus habitantes, es ya muy alto.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Nadie debe presumir de ser un Ulises, un Marco Polo o un Cabeza de Vaca, un viajero de postín, si no ha cruzado un gran desierto o una buena parte de él. Algunos de los muchos que lo han hecho en los tiempos modernos han dejado testimonio escrito de su peripecia, tanto la íntima como la externa, y la simple lectura de los mismos ya anima a los soñadores a ponerse en camino.

Porque desiertos, quede claro, no son solo las extensiones arenosas y pétreas, casi infinitas, del Sáhara, del Gobi, de Atacama, Namibia o el corazón de Australia. Hay también desiertos de agua, los más aterradores, y desiertos inmensos de vegetación selvática, de hielos, de despoblada soledad... Cualquiera de ellos pone a prueba el coraje y el vigor de cualquier viajero y llena de luz su corazón. A estas alturas de mis personales fatigas, permítaseme recordar algunas de las experiencias más valiosas por tales caminos sin huella: cuatro expediciones, pero no extraordinarias, por Argelia (dos), por Mali y por el norte de Chile, una arriesgada navegación por el río Mamoré, que es subtributario del Amazonas, y otra al entorno del naciente volcán Krakatoa Child, entre Sumatra y Java, más otra por los glaciares de las islas noruegas de Svalvard.

Para alivio de aficionados, aunque desdicha de políticos, economistas, sociólogos y demás fauna figurante, España empieza a abrirse un hueco entre los países desérticos, hasta el punto de que ya los aficionados pueden tropezar con un amago de desierto que llevarse a las botas casi a las puertas de su casa. Y de manera muy satisfactoria, por cierto.

Una llamada Proyección de Población publicada por el Instituto Nacional de Estadística concede estatus científico a lo que cualquier curioso puede ver si se echa al camino con los ojos abiertos. Cuando se van reduciendo mucho "las flores de otro mundo", es decir, la inmigración, nos queda, desnuda y abierta, toda una España semivacía. Ya incluso sin el consuelo de encontrarnos en un hermoso, histórico y solitario pueblo soriano con dos familias de ecuatorianos afanados en reconstruir dos viviendas colapsadas y en revitalizar algunos huertos.

Si establecemos una línea imaginaria entre las desembocaduras de los ríos Bidasoa y Guadiana, en toda la mitad occidental, salvo en Salamanca, la pérdida de población ha resultado manifiesta y en un progresivo ascenso. Se dice, como ejemplo, que en los primeros veinte años de este siglo Zamora, "agujero negro poblacional del noroeste", ya con muy poca gente, perderá el 13 por ciento de su población. Al contrario, Málaga la aumentará en un tercio.

Los prolijos datos demográficos son inquietantes, con gran reducción de nacimientos y palmario envejecimiento de la población. Hay ya muchas provincias declinantes, especialmente en todo el noroeste y en el centro: toda la Galicia interior, Asturias, Palencia, Zamora, Cáceres, León, Soria, Burgos, Teruel, Cuenca, Jaén... El número de pueblos completamente vacíos, de los que han escapado todos sus habitantes, hasta los perros, es ya muy alto, incluso pueblos hoy muertos que antaño fueron prósperos y vitales, y ni siquiera obtienen resultados positivos ciertas benéficas y esforzadas empresas como la Asociación Española de Municipios contra la Despoblación. Demasiadas veces han resultado baldíos los esfuerzos por rehabilitar esas poblaciones que parecen caídas en desgracia.

Ahí están los nuevos desiertos, nuestros desiertos cercanos. Aparecen ante nuestros pasos docenas y docenas de pueblos sin una sola persona, o con dos parejas de viejos indestructibles y llorosos; hermosísimos parajes de los que ha sido borrada hasta la última cabaña y sobre cuyos caminos ya no crece yerba; extensiones inmensas de las que han huido los animales domésticos, burros, ovejas, gatos, vacas, e incluso los salvajes zorros y jabalíes.

Evidentemente, sería necio comparar el Tíbet con Tierra de Campos o con ciertas comarcas aragonesas, pero de pronto se han abiertos nuevos, mágicos y penosos espacios para los viajeros que deseen caminar solos y descubrir otra clase de mundos insólitos. Y están al alcance de la mano, aunque duela mucho reconocerlo.