Desencuentro de tiempos disímiles, por Carlos Carnicero

Los tiempos que separan nuestra modernidad del universo musulmán sólo dependen del equilibrio de fuerzas. La sociedad laica, el estado de derecho, tiene frenados nuestros integrismos religiosos.

Carlos Carnicero

No hay guerra de civilizaciones; sólo existe un desencuentro de tiempos históricos. Lo demás son cuestiones de poder, como en casi todos los órdenes de la vida. Quizá no fuera esta la conclusión más importante de la jornada de discusión sobre las imágenes de Occidente y el Islam, en las prensas respectivas, pero es con la que yo me quedé. El escenario, la Fundación Euroárabe de Altos Estudios, en Granada. No podía ser otro lugar porque, mito o realidad, la ciudad de La Alhambra es el espejismo donde quisiéramos materializar el sueño del entendimiento. Descubrimos lo evidente: cada uno, en nuestro mundo excluyente, ve al otro como lo que nos parece que es, no como lo que es o quisiera ser. Nos separan demasiados prejuicios y no somos capaces de soportar la diferencia.

Lo mejor de aquel día, pero no lo único bueno, fue el compromiso que adquirí con Talat Shahin de visitarle en su casa de El Cairo. El veterano periodista -que es español en su alma de egipcio- me dijo: "Vente con tiempo. Hay demasiadas ciudades encapsuladas en la capital de Egipto para abarcarlas en una vida. En unas semanas apenas tendrás la intuición de lo que se esconde bajo sus culturas entrelazadas." Me imagino que se refería a los sedimentos del antiguo Egipto, a las huellas alejandrinas, romanas, coptas y musulmanas que los siglos han ido reposando en una sociedad que lucha entre el fundamentalismo y la modernidad. Talat Shahin me habló mucho de los tiempos. Los hubo en que la xenofobia sólo admitía el peso de la espada porque no se habían descubierto los misiles Tomahawk y daños colaterales era todavía un concepto innecesario. Algo estamos avanzando, por lo menos en tecnología. Ricardo Corazón de León, que vino a ser como un Bin Laden occidental de la época, no tenía otra diferencia de poder con Saladino, Salah al-Din Yusuf, que el grosor de sus armaduras.

Ahora se recuerdan sus proezas para conquistar Jerusalén, pero casi nadie recuerda que ejecutó, de una machada, a dos mil ochocientos prisioneros musulmanes. Casi tantos seres humanos como los que murieron en las Torres Gemelas. Eran otros tiempos con los mismos procedimientos. Sólo se invierten, periódicamente, los protagonistas.

Me acordé del jueves del Corpus Christi que estaba yo en Marrakech. Marrakech sigue siendo un universo de comprensión y tolerancia en la inmensidad del mundo musulmán. No hay excesos y los integristas están contenidos con la firmeza del Rey de Marruecos. Las escuelas islámicas son accesibles a los turistas y los tiempos disímiles se pueden soportar sólo porque se están acercando. En la ciudad de Toledo, a la misma hora que los creyentes de Marrakech orientaban sus invocaciones a La Meca, el cardenal arzobispo, Antonio Cañizares, esgrimía sus manos envueltas en un manto blanco, adamascado, para portar la sagrada eucaristía. Son conocidas las convicciones profundas de este pastor de la Iglesia Católica. Le preocupa no sólo la concupiscencia ordinaria sino además la unidad de nuestra patria. Si le dejáramos, sería un islamista católico fundamentalista que determinaría los comportamientos civiles.

Pensando estas cosas me he acordado de Talat Shahin y de su análisis del poder de la religión. España sólo es distinta al universo más musulmán porque el cardenal Cañizares carece de la fuerza necesaria para imponer sus dogmas a la sociedad civil. Pero lo sigue intentando. Es sólo una cuestión de poder, y los tiempos que separan nuestra modernidad del universo musulmán sólo dependen del equilibrio de fuerzas. La sociedad laica, el Estado de Derecho, tiene frenados nuestros integrismos religiosos. Una asignatura pendiente en muchos hemisferios de El Corán.

Aterricé en Madrid y en la cola de los taxis había una monja. No puede tocar la sagrada forma que blande el cardenal Cañizares porque es mujer. Por eso el Papa contiene un poder omnímodo y vitalicio. La Iglesia Católica no conoce el sufragio universal y sus dogmas son inapelables. No ha llegado la modernidad a la Iglesia de Pedro. Es otro tiempo encapsulado en nuestra realidad que nosotros consentimos. Ahí no hay desencuentro sin coexistencia.

Aquel día, en Granada, entendí que debía viajar a Oriente con la celeridad que mis obligaciones me permitan. Me acordé de la cárcel de Guantánamo y de las explosiones en los mercados de Bagdad. Por un momento tuve la claridad de entender que George W. Bush y Osama Bin Laden están mucho más cerca de lo que ellos creen. El asesino del World Trade Center cree recibir sus indicaciones de Alá. George W. Bush, que superó su adicción a la bebida con la ayuda de dios, sigue creyendo que tiene contacto directo con él y decide invadir Irak. Sus diferencias sólo radican en que no son capaces de inhibirse de los tiempos históricos que les ha tocado vivir. No hay nada como viajar despacio, ver la luz de Marrakech y preparar un viaje a El Cairo para percibir la luz de la inocencia.