Descubren por qué los mayas alineaban sus construcciones con las estrellas 

La orientación hacia las estrellas de las ciudades más poderosas de los mayas ha sido un misterio que, durante siglos, ha suscitado el interés de los científicos de todo el mundo. Ahora parece tener una clara respuesta. 

Martín Álvarez
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Foto: JohannesBluemel Photography / ISTOCK

Que las civilizaciones mayas están envueltas en un halo de misterio es una realidad. No es para menos... pues muchas de ellas fueron abandonadas, según estudiosos de todo el mundo, sin ninguna razón aparente. Arqueólogos, historiadores e incluso adeptos al misterio llevan décadas indagando sobre estas construcciones haciéndose la misma pregunta: ¿Por qué sus civilizaciones están alineadas con las estrellas? 

Esta pregunta parece tener, al fin, una respuesta. Y no... no fue por ayuda de los extraterrestres, como afirman diversas pseudociencias alrededor del mundo. Tampoco con la casuística de la arquitectura. 

Mayas, construcciones astros
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Los estudios contemporáneos parecen indicar, a raíz de extensos análisis de las ciudades que quedaron sepultadas bajo la selva, que estos impresionantes complejos ceremoniales “parecen estar orientados a determinados fenómenos astronómicos”. Concretamente por su vinculación con los movimientos de los astros a través de la bóveda celeste. 

El cosmos como guía 

Uno de los historiadores, y autores de este análisis, Joshua Sokol, afirma que “la comunidad maya habría adoptado hace más de 3.000 años un conjunto de conceptos matemáticos ligados a patrones repetitivos vinculados a los astros”. Unos indicios, y unos estudios, que influyeron en la vida pública de unas civilizaciones intrincadas y entrelazadas. 

Los mayas miraban a cielo para construir sus ciudades, sí. Pero lo hacían observando el movimiento de los astros a través de la bóveda celeste. Un movimiento que se medía obedeciendo a un calendario de 260 días que se regía por la trayectoria de Venus en el cielo. 

Mayas, construcciones astros
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El autor del estudio, Sokol, cuenta para la revista Science (una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo) que “el calendario de 260 días es un motor que sigue girando dentro de lo que alguna vez fue una máquina mucho más grande de conocimiento maya”. Una observación de la ciencia que se convirtió “en un vasto corpus de ciencia indígena escrita que dividió el mundo natural y la existencia humana en ciclos de días similares a engranajes”. 

O lo que es lo mismo: para los Mayas, el movimiento de Venus era una referencia del paso del tiempo. Pero no era el único país en el que se fijaron: también en los movimientos del Sol, los planetas y, por supuesto, la luna. 

Un engranaje de un sistema mucho mayor 

El estudio de Sokol, en colaboración con otros historiadores y astrónomos del todo el mundo, refleja que los mayas habrían tomado las construcciones como engranaje para comprender un sistema más complejo de que ellos. O lo que es lo mismo: intentaban reflejar en sus construcciones todos los movimientos astronómicos que ellos podían ver con sus propios ojos. 

De hecho, estos edificios sacros servían para registrar el paso, por ejemplo, de la luna. Es así como conseguían registrar, y conocer con antelación, “el paso de la luna creciente y menguante con una precisión de medio minuto”, como detalla Sokol. 

Mayas, construcciones astros
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Este historiador no duda en describir a estos estudios como “sofisticados algoritmos”, que les permitían conocer con exactitud lo que pasaba más allá de nuestro planeta. Es por eso que sus edificios se alineaban con amaneceres específicos y los equinoccios, para conocer a través de su arquitectura los acontecimientos astronómicos más destacados. 

Uno de los más brillantes ejemplos de este conocimiento astronómico aplicado a su arquitectura es Chichén Itzá, en Yucatán. Una orientación y fachada que están diseñadas para seguir la trayectoria del Sol en los solsticios de primavera y otoño.