Delicias de la carretera por Jesús Torbado

Han nacido formidables autopistas y lujosas autovías y los servicios de sus cunetas apenas han cambiado de rostro.

Jesús Torbado
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Foto: Ximena Maier
En las quemadas llanuras manchegas, ajados, resucios, parcialmente rasgados, sobreviven todavía ejemplares de uno de los avisos turísticos más cutres y desagradables que se hayan inventado nunca. Se trata de un cuerpo de varón descabezado cuyo trasero se apoya en una taza de inodoro bastante asquerosa; en su entorno, basura ejemplificada: papeles arrugados, colillas, churretones variados... La idea del anuncio de no sé qué Consejería autonómica era inducir al viajero y al indígena a no ser guarro y a mantener los retretes tan limpios como quizá nunca estuvieron. No tuvieron mucho éxito el consejo ni la indudable buena intención del propagandista, según veo. Ni en La Mancha ni en otras regiones españolas que no pudieron disfrutar de aquel cartelón, como la dulce Andalucía, por ejemplo. La bendita e inevitable aparición del verano empuja a muchos a engancharse al volante y a tirar millas de aquí para allá, a pesar del precio del combustible y de las demás catástrofes conocidas. Saco de sorpresas. Han pasado los meses y los años, han nacido formidables autopistas y lujosas autovías gratuitas, y los servicios que encontramos en sus cunetas apenas han cambiado de rostro. Lo digo sin empacho después de un trayecto entre Sagres, Lisboa y Madrid, que debería ser de pleno lujo. Hay que rezar a muchos santos para encontrar la fortuna de caer en un rincón de descanso honorable. De momento, son rarísimas las estaciones de servicio de combustible, aunque se prodiguen las señales. Engañan descaradamente y a veces hay que desviarse tres o cinco kilómetros para encontrar el surtidor, enmascarado en una población vecina. Y eso que ya ha habido tiempo para que los situaran al pie de la nueva vía. Eso no es lo más importante, sin embargo. En muy pocos lugares han conseguido instalarse bares, restaurantes o chiringos de mediana lozanía. Sobreviven los antiguos negocios (abiertos muchos de ellos por ex emigrantes en Francia y Alemania, que en los años 60 descubrieron la realidad europea), desvencijados ya, cochambrosos, desapacibles, sin ánimos de aliviar al viajero de sus fatigas. De los pocos nuevos abiertos, la mayoría tiende a un pintoresquismo aberrante y soporífero, a un localismo penoso o ridículo, con ofertas comerciales y gastronómicas como para salir huyendo a Senegal, muchas veces encapsuladas en vitrinas por las que se pasean las moscas hambrientas: chorizos aceitosos, tristes trozos de carne de cerdo entomatados, langostinos low-cost resecos, tortillas de la semana anterior, huevos duros envueltos en un manto de yeso amayonesado... Si alguien no muere después de alimentarse con aquello es porque San Nicolás no quiere. Por no hablar del servicio de camareros... ¿Ya no existen los inspectores de higiene o de lo que sea? En una parada ya nocturna en Miajadas -con el típico desvío engañoso que anunciaba un restaurante, el 351, si no recuerdo mal (tres o cuatro kilómetros de desvío)- no había más comida, entre el horroroso ruido de la parroquia y la pésima, grosera hospitalidad del matrimonio- dueño, que un llamado sándwich mixto. O sea, dos lonchas de pan envejecido sobre el que había pasado una apisonadora, una sabanita de falso queso amarillento y otra de jamón cocido de a cien la tonelada. Acompañado de un vino local que parecía cosechado en el Tíbet. Y el dueño se nos pone como una arpía por quejarnos ante aquel condumio feo, carísimo e infecto que hubo que dejar de lado. Lo mismo que en esta revista destacamos y damos a conocer lo bueno, no es incorrecto citar lo más malo, para que nadie se detenga allí y busque acomodos mejores. No quiero decir que toda Europa, desde la cintura de España hacia el norte, sea un paraíso para los automovilistas, pero ante aquello con lo que uno tropieza en cada viaje por el legendario y romántico sur, incluida la parte portuguesa, le dan ganas de irse a pasear entre los fiordos de Noruega y las tundras laponas, aunque no haya casi nada por allí. Por cada establecimiento de reposo limpio, grato, razonado de precio, acogedor -no hablo de lujos-, hay mil no digo deleznables sino ya delictivos. Tendrían que repetir hasta el agobio aquellos sucios anuncios manchegos. Y todos tendríamos que quejarnos más, protestar, pedir socorro.