Del mar o la montaña, por Jesús Torbado

Vuelve, ante las hipotecas opresivas, la prehistórica costumbre de apalabrar un escueto veraneo en el mar o en la montaña.

Jesús Torbado

Vuelve inexorable agosto, una vez más, con su pesada carga de calores, de ruidos, de hinchadas muchedumbres y de viajes obligados. Todo el mundo sabe que es el peor mes para un viaje a cualquier parte, salvo a los polos quizás (uno de luz permanente, otro de sombras continuas, tan vacíos y fresquitos los dos), pero nuestra organización social sigue erre que erre obligando a las vacaciones en mes tan desapacible, plúmbeo y obsceno.

Vuelve agosto con algunos solemnes aniversarios viajeros a cuestas, como para justificarse y para prevenirnos del desgaste del tiempo. Hace medio siglo que empezó a rodar por España (o por el Estado, según dicen los políticos vanguardistas) el Seat 600, aquel cacharro incomodísimo en el que cabía todo y al que ahora parece obligado que miremos con nostalgia. Hace ochenta años empezaron a volar los primeros aviones de Iberia, con sus mullidos asientos de mimbre y un servicio y unas azafatas que hoy se echan tanto de menos; hoy, en los modernos aeroplanos no te dan ya ni un vaso de agua y las azafatas y azafatos parecen haber sido reclutados directamente de la Legión Extranjera.

Y avisan de que vuelve también, empujada por las hipotecas opresivas y los misteriosos euribores, la prehistórica costumbre de apalabrar un escueto veraneo en el mar o en la montaña, en la antigua casa de la familia o en el apartamento ilegal incrustado en un bloque espantoso de medio pelo. Veranear no es hacer un viaje, aunque haya necesariamente que viajar para conseguirlo. Sólo es un cambio de lugar o el asentamiento en una plaza de descanso.

Como las aldeas han ido despoblándose y crecen las ciudades hasta el espanto, ya queda muy poca gente que tenga un pueblo propio, ni siquiera de su padre, pobrecitos, uno no es nadie sin pueblo al que agarrar la infancia; como todos somos ciudadanos y se nos aplicará enseguida esa repelente ciencia de la Ciudadanía Progresista, hay que elegir el pueblo a ojo o en la pesquisa de los anuncios y alquilar la vieja casa de los abuelos, a precio de oro fino, desde luego. Abuelos de otros. Se llama turismo rural la figura, y es bueno sacrificarse para que los niños conozcan los pollos, los cerdos y las vacas de verdad, e incluso puedan cabalgar sobre un burro, tal vez por primera o por última vez en su vida, ya que ese sufrido e inteligente animal va siendo una de las víctimas preferidas del animal/hombre.

El pueblo se ha llenado de tal modo de novedades, que no es sino una caricatura de la ciudad despedida: hay televisores a todo trapo, discotecas, botellones, aire acondicionado, pandillas agresivas, motos de escape libre y velocidad loca... La montaña, la vieja, apacible y solitaria montaña, simplemente es un recurso estacional para el vacío de nieve. Quien veranea en la montaña es una especie de esquiador de secano, el que ocupa su puesto mientras llega la estación blanca. Los paseos ni siquiera resultan paseos sino sesiones de senderismo saludable, programadas y con instructor y guardaespaldas para la seguridad imprescindible. Cangrejos y truchas no quedan ya en el río; los pájaros han tenido la sabiduría de escapar, las mariposas casi han desaparecido víctimas de la guerra de insecticidas, hasta las hermanas abejas se han volatilizado.

¿Campo o playa? Sólo los más sabios son capaces de encontrar una playa auténtica. Abundan, sí, los espacios arenosos debidamente señalados con banderas azules o rojas (además de las patrióticas, faltaría más). Espacios ordenados, vigilados, musicalizados, aceitados, perfectamente rodeados de hormigón y de chiringos, municipalizados hasta la perfección.

A mucha, muchísima gente le entusiasman esos recintos que apenas se conservan ya al aire libre y tienen la ventaja de estar saturados de público, como una plaza de toros con toreros o con roqueros. A mucha, muchísima gente le encanta estar rodeada de gentío. Ahí el mes de agosto es donde mejor da la talla y de ahí le viene probablemente su amarillosa y triunfadora leyenda. Ruido y furor. Quizás en el futuro, en un futuro más pobre y sosegado, puedan llegar aniversarios de los viajes por libre y las vacaciones en una playa solitaria o en una aldea, una montaña como las que van hundiéndose en la historia.