De Pushkin a Ganivet por Mariano López

Pero, también, es un viaje periodístico, que trata de explicar la doble alma de Ucrania o la añoranza de la antigua URSS.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

El nuevo libro de Luis Pancorbo, Del Mar Negro al Báltico, Caminos y Letras, es el precioso relato de un viaje envidiable, que le ha permitido seguir las huellas de grandes figuras de la literatura desde Moldavia hasta Polonia y asomarse, a ver qué ocurre, en países, ciudades y territorios que no pueden estar más de actualidad, como Ucrania o Crimea, Kiev o Sebastopol. Es un viaje literario, una obligación que se impone un viajero amante de la escritura que busca los lugares que inspiraron a Pushkin o asombraron a Chéjov. Pero, también, es un viaje periodístico, que trata de explicar la doble alma de Ucrania o la añoranza de la antigua URSS, y es, además, otro viaje, una ruta abierta, sin rumbo, con infinidad de horizontes, porque el motor principal de Pancorbo, la mayor de sus guías, mira en muchas direcciones y en todas con la misma fuerza: se llama curiosidad.

Pancorbo comienza el viaje en Moldavia, el país más pobre de Europa. Viaja en busca de su "pasión moldava", el gran Pushkin. "Un alma rusa -escribe- en pleno torbellino poético, amoroso, político, hasta que murió en un duelo, a los 37 años de edad". En la antigua Besarabia, Pushkin ingresó en una logia masónica que rendía culto al poeta Ovidio, despachó varios duelos, se enamoró de una zíngara, vivió varios meses con los gitanos en sus carromatos, le pegó duro al naipe y escribió una gran novela en verso. Pancorbo sigue los pasos de Pushkin en Moldavia y los riega con un vino excelente. Se mete en la bodega del vino favorito de los Romanov, el caldo de los zares, "que cobran -dice- como si fuera néctar". Entra, también, en la mayor bodega del mundo -250 kilómetros de galerías, dos millones de botellas-, rinde homenaje a la leyenda del Barón de Münchaussen y se maravilla ante la historia de los Viejos Creyentes, rusos que no aceptaron las reformas del zar y prefirieron alejarse de la Madre Rusia hasta donde les fue permitido su culto: no se afeitan, aborrecen el alcohol y el tabaco, y las mujeres visten como hace doscientos años, cubiertas de la cabeza hasta los pies.

El rastro de Pushkin empuja a Pancorbo hacia Odesa, la refinada y turística Odesa. "Un día de agosto, el centro histórico -narra Pancorbo- recuerda el barullo que se puede armar en Segovia o en Ávila con los autobuses vomitando turistas y los locales tratando de colocarles cochinillos y jarras de cerámica. En Odesa se han dejado de semejantes menudencias y exhiben junto a la Ópera la mayor concentración de limusinas que uno haya visto jamás". En Odesa late el recuerdo de Pushkin, pero Pancorbo atiende también a la memoria de José de Ribas, un español que llegó a contralmirante de la armada rusa y participó, como figura destacada, en la fundación de Odesa. "El centro de Odesa le recuerda con mucho honor -escribe Pancorbo- mediante una buena estatua en la que aparece apoyando un pie sobre una pala y consultando un mapa de la ciudad que él contribuyó a fundar". No muy lejos de la estatua de José de Ribas comienzan las escaleras más famosas de la historia del cine, las que soportan el descenso del cochecito de un bebé en la película El acorazado Potemkin. "Lo primero que observo -cuenta Pancorbo- es que carecen de la inclinación que yo suponía por la película y la velocidad de caída del cochecito". En los rellanos de la célebre escalera, Pancorbo es asaltado por un tipo que le cuelga un mono y se ofrece a hacerles una foto de recuerdo en la escalera: "A veces pasa que la realidad estropea una buena historia".

El viaje continúa por Kiev -"que en el verano de 2013 ya disimulaba una fiebre alta"-, y del este y del oeste del Dniéper salta a Simferópol. El autor ahora rastreado es Antón Chéjov. Pero, como en los anteriores caminos literarios, pronto se cruzan otras historias, no menos sugerentes. Como la visita a la sala de conferencias de Yalta, que acogió a los líderes que decidieron el reparto del mundo. O el viaje, en autobús, a Sebastopol para encontrar el rastro de Tolstoi y el campo de batalla de Balaclava, donde, mucho después de la célebre carga de la brigada ligera, la armada soviética instaló una base secreta de submarinos hoy convertida en atracción turística.

La ruta se aparta de la senda de los escritores rusos para centrarse en dos autores especialmente queridos por Luis Pancorbo: el escritor Joseph Conrad y el antropólogo Bronislaw Malinowski. La casa donde nació Conrad se revela como una de las principales metas del viaje. A cincuenta metros de la casa natal del autor de El corazón de las tinieblas se encuentra un pequeño museo presidido por un gran retrato de Conrad y otro de Lenin. Ningún español -según el libro de visitas- se había acercado antes por allí. A Pancorbo se le nota emocionado. Siente pasión por Conrad.

Las peores tinieblas de la humanidad están a hora y media en coche del lugar donde nació Joseph Conrad. Los crematorios de Auschwitz y Birkenau. El horror, el horror. "No creo que haya nada más patético -escribe Pancorbo- que la visión de ese sinfín de zapatos judíos de Auschwitz (...) Arrancar el zapato del que va a morir es lo más cercano a la animalidad que uno pueda imaginar".

El camino, zigzagueante, siempre atento a la brújula de la curiosidad, concluye en el Báltico. Con el Premio Nobel Milosz y con la desventurada utopía del español Ángel Ganivet, quien se suicidó en Riga, concluye este viaje por el Este de Europa y algunos de los territorios de la antigua URSS, tras las huellas de Tolstoi, Gogol, Chéjov, Pushkin y Conrad. Autores que llevaron a los lugares y lugares que luego se bifurcaron en nuevos caminos y nuevas historias. Todo un gran viaje, recogido en este nuevo y apasionante libro de Luis Pancorbo.