De pronto, Alemania, por Jesús Torbado

Gracias a algo tan volátil como el fútbol, Alemania se manifiesta como un destino turístico de primera magnitud. Millones de viajeros reales o posibles han descubierto que Alemania, la ruda, la laboriosa, la severa, era otra cosa muy distinta a lo que se pensaba.

Jesús Torbado
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Foto: Revista viajar

Libres por fin nómadas y asentados, trotamundos y quietos, aunque nunca totalmente, de la febril marea del fútbol y de sus ruidosas circunstancias, hemos vuelto a contemplar cómo la sobredosis publicitaria obtiene buenos dividendos. Esta vez, más que nunca. Ciertamente, durante un mes largo varias ciudades alemanas se vieron inundadas, y hasta arrasadas, por masas de abanderados, gentes con camisetas de colorines, pelucones, bufandas, fondos de armario variopintos, gargantas en puro grito y estómagos sedientos. Como siempre -cada cuatro años, cada Champions, cada UEFA-, pero en constante superación. O sea, mucho más.

En esta ocasión, millones de viajeros reales o posibles han podido descubrir algo que no solía figurar en los anales ruteros: que Alemania, la ruda, la laboriosa, la severa Alemania, era otra cosa muy distinta a lo que se pensaba. Es decir, que más allá de sus fábricas y de su potencia económica era un destino turístico muy apetecible. Estaban contentos los gestores de este negocio mundial con el hecho de que España había exportado el año pasado un 20 por ciento más de visitantes que el anterior, hasta medio millón de pernoctaciones (y ahí se cuentan numerosísimos ejecutivos y negociantes), pero la cifra resulta todavía muy modesta si se consideran los méritos de este país centroeuropeo, cuyas bellezas innumerables parecen eclipsadas por sus industrias y hasta por su reciente historia. Y hasta enmascaradas por la dificultad de su idioma.

De pronto, la mitad del mundo, o el mundo entero tal vez, y más especialmente los vecinos europeos, a través de la televisión o en visitas fugaces, habrán descubierto que muchos tópicos eran falsos y que muchos secretos podrían revelarse. Incluso a precio razonable, pues Alemania no es más cara que España en transporte, hoteles y restaurantes, acceso a centros culturales y de ocio. Además, y con buen tiempo sobre todo, resulta que los alemanes son corteses y amigables, alegres y generosos, muy dados al festejo popular en el que nadie se siente ajeno. Más en el sur que en el norte, claro. Como en esas fiestas del vino que organizan en el alfoz de Stuttgart y Baden-Baden, en los deliciosos pueblos de la Selva Negra. Por no recurrir en este momento a las habituales juergas con el jarrón de cerveza en la mano como las que se celebran en Múnich.

Ciertamente, Alemania es grande y rica. Mas pareciera que la mítica Berlín fuese un eje único, ombligo gigantesco de un país vital, tradicional y futurista al mismo tiempo. Cierto, Berlín es una de las más hermosas metrópolis de toda Europa, pero a su alrededor se despliegan varias docenas de ciudades de menor tamaño, aunque con atractivos no inferiores. ¿Hamburgo? ¿Dresde? ¿Heidelberg? ¿Múnich? ¿Colonia? ¿Francfort? ¿La mencionada Stuttgart, donde " todo se encuentra ", según pregona su lema turístico? ¿Nuremberg?

Bastante menor que España en superficie, aunque doblemente poblada, le quedan fastuosos paisajes naturales, enormes extensiones de bosques y de campos verdes (con una grande atención a los senderos, cuyo uso es vieja pasión de los nativos) y centenares de pueblos poco o mal conocidos, pero de un incuestionable atractivo viajero. Y sorprende que lugares sobre los que pasaron tantas guerras y conflictos conserven -del natural o reconstruidos- gloriosos urbanismos de la Baja Edad Media y de los siglos siguientes, tan vistosos, con cientos de edificios históricos muy bien conservados, no pocos de ellos recuperados como museos o centros cívicos.

Viájese a la escondida ciudad medieval de Schorndorf o al pueblo vinícola de Strümpelbach para comprobarlo, aunque no hayan alcanzado la fama de lugares más insulsos en otros territorios... Las casas de tejados muy inclinados y entramado de viejas maderas repintadas, casas a veces solitarias en medio de los prados o agrupadas en mínimas aldeas, contrastan con los hallazgos de las más modernas arquitecturas en las ciudades, con las inmensas -pero estéticamente discretas- fábricas. De pronto, y gracias a algo tan volátil como el fútbol, Alemania se manifiesta como destino turístico de primera magnitud. Rico, ameno y accesible. Ya era hora de que se reconocieran sus muchos merecimientos.