De nuevo, el "Titanic" por Carlos Carnicero

La tragedia del "Costa Concordia" no impedirá que hacer un crucero siga siendo una insinuación, un sueño.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Viajar es, sobre todo, la ejecución de un sueño. Se viaja para sentir lo que se desea, aunque no se consiga del todo. Es una de las principales razones del tremendo auge de los cruceros. La cubierta de un barco en travesía constituye una evocación de poder, de logro personal, de exclusividad, porque esa forma de desplazarse por placer ha estado unida siempre a la idea de éxito y de diferencia con los demás. ¿A quién no le hubiera gustado cenar en la mesa de Edward John Smith, capitán del Titanic? Y, claro, haber sobrevivido.

Hubo un tiempo en que viajar en barco era una necesidad para buscarse la vida al otro lado del Atlántico o un lujo para quienes podían desplazarse como si estuvieran en su casa, mucho más que la clase más exclusiva de los aviones de hoy. La imagen idílica se asocia a bailes a bordo, a baúles llenos de trajes de fiesta, a cena en distintos comedores, a entretenimientos sin descanso mientras las olas te mecen hacia el siguiente destino intermedio. Pensaba todo esto al recibir el impacto visual de las primeras imágenes del crucero Costa Concordia, doblado sobre su costado en una posición imposible. ¿Se rompieron los sueños de los pasajeros cuando al disponerse a cenar el barco se viró sobre estribor?

El paroxismo entre el lujo desbordado y la tragedia está sintetizado en el hundimiento del Titanic. Los pasajeros de primera clase tenían las mejores vajillas, sábanas de hilo y seda y personal directo a su servicio. Muchos murieron en el Atlántico Norte aquella noche del 14 de abril de 1912. Quienes sobrevivieron encontraron en esa circunstancia una explicación de su vida. No había sitio para todos los pasajeros en los botes salvavidas y la temperatura del agua promovía la muerte entre quienes pretendieron salvarse nadando.

Al observar al Costa Concordia embarrancado absurdamente en la costa toscana, frente a la isla de Giglio, me acuerdo de los que han sobrevivido y también de los muertos y desaparecidos. El principio épico es exactamente el mismo que el del Titanic, pero con un siglo de distancia.

Ahora casi nadie viaja en barco por necesidad; ese sueño es la culminación de una existencia de elegido, aunque crucear sea ahora muy accesible. Todos los cruceristas se siente pasajeros del Titanic, solo que esta vez la sensación ha sido completa.

Los muertos se lloran, los desaparecidos se buscan y los supervivientes se sienten héroes. Los medios de comunicación son instantáneos y necesitan alimentarse del testimonio de los vivos. Los periódicos y las radios de cada país buscan compatriotas envueltos en mantas para protegerse del invierno mediterráneo y del agua fría. El jefe de cada expedición, el cabeza de familia, el más avispado del grupo de amigos, se erigen en portavoces de la epopeya y juzgan instantáneamente el comportamiento de la tripulación. La victoria es haber sobrevivido. El resto de su existencia estará marcada por la necesidad de volver a relatar la odisea. "¡Yo estaba en el Costa Concordia!"; ese será el exorcismo que invocará el silencio alrededor del héroe. Y los detalles iluminarán los ojos del relator e impulsarán el interés de quienes le escuchen.

Nunca he hecho un crucero. He viajado en barco, con el automóvil, de Barcelona a Génova y de Bilbao a Portsmouth; travesías convencionales para viajar con mi coche ahorrando kilómetros hasta el campo de operaciones de mi viaje. Pasajes en camarotes normales. Pero tengo que confesar que pasear por cubierta, incluso con el tiempo revuelto, es sentirse un poco especial. El mar, un medio que no es nuestro hábitat, siempre produce una sensación de victoria, tal vez por la evocación cristiana de caminar sobre las olas.

Entiendo cómo se sienten los supervivientes del Costa Concordia. También la sensación terrible de quienes no encuentran a alguien que les era próximo o están llorando a una víctima.

Nada diferente de lo que ocurrió con la llegada del Carpathia al puerto de Nueva York en abril de 1912, con los supervivientes del malogrado Titanic. La tragedia no impedirá que hacer un crucero siga siendo una insinuación. Voy a considerar la posibilidad de hacer un viaje en un barco de lujo y relatar lo que siento. Antes, eso sí, pediré un informe sobre el capitán. Por si acaso.