De Madrid por Javier Reverte

Los madrileños manifestamos a menudo un desdén ostentoso hacia la ciudad. Parece que nadie la amase. Pero Madrid es como una gran abuela, abierta, tolerante, generosa, que mira a sus habitantes como a cihcos revoltosos y que más sabe por vieja que por diabla.

Javier Reverte

En el libro Hijos de la ira , el poeta Dámaso Alonso acuñó un extraño verso que se haría célebre de inmediato: "Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas". Antes de eso, en 1930, el escritor americano Ernest Hemingway daba por concluido un libro sobre los toros, Muerte en la tarde , en el que podía leerse: "Irse a dormir temprano en Madrid es como querer sentar plaza de persona extravagante. Nadie se va a la cama en Madrid antes de haber matado la noche. En ninguna de las otras ciudades en que yo he vivido, salvo en Constantinopla (hoy Estambul) durante la ocupación aliada, se va con menos ganas a la cama con el propósito de dormir". ¿Tanto habían cambiado los madrileños en apenas diez años, tan briosa era la vida en la ciudad desenfadada de Hemingway y tan apabullante la tristeza en la posguerra de Alonso? A caballo entre los dos, en 1934, un escritor casi olvidado, el inglés Laurie Lee, que recorrió muchos caminos españoles para recordarlos en su espléndido Díptico español , anotaba sobre las mañanas madrileñas: "A esa hora temprana (la ciudad) era una plataforma de cristal y la claridad del aire puede que fuese la causa de una serie de obsesiones locales: la preocupación de la gente por la verdad, su misticismo desnudo e implacable, su fascinación por el placer y por la muerte".

¡Qué distinto nos parece el Madrid de hoy al de aquellos años que, pensándolo bien, no son tan lejanos! Quizás el Madrid de hoy ama la verdad y la mística desnuda, como antaño, pero no creo yo que le tenga demasiada afición a la muerte ni que lo habiten millones de cadáveres. Me quedo con Hemingway, porque Madrid sí que ama el placer, porque se trata de una ciudad lúdica, enamorada de la noche, sobre todo las noches del verano, cuando el viento baja desde el Guadarrama rumoroso y lozano, apartando a bofetones el calor pegajoso de las horas de sol. Supongo que aquel viejo dicho según el cual desde Madrid se iba derecho al cielo tiene que ver con las noches ardorosas de guitarras, cañitas frescas, gente joven en flor y cielo limpio zurcido de estrellas: ¿adónde se puede viajar desde los infiernos de la juerga sino al espacio infinito?

En Madrid me asombraban, cuando había mucho menos neón, esos cielos nocturnos abiertos a los senderos de luz que dibujaban las estrellas. Y sus atardeceres, cuando había menos contaminación, cargados de rosas como ropa interior de señorita, pasteles cursilones de crema, malvas trágicos y naranjas feroces. Dicen que los cielos madrileños fueron un invento del pintor Velázquez. Yo, al menos, tuve el privilegio de verlos bajo esa "plataforma de cristal" que admiraba Laurie Lee.

Quizás me arrebata cierta pasión hacia lo que fue mi ciudad porque este es un año en el que he viajado mucho por los caminos del mundo y la he echado de menos, igual que se añora la infancia. Nunca he sido nacionalista ni mucho menos localista, y tal vez sea esa la razón íntima por la que me siento orgulloso de Madrid. Es curioso: los madrileños -que no son sólo los que nacen aquí sino también todos los que están, incluso de paso- manifestamos a menudo un desdén ostentoso hacia la ciudad. Parece que nadie la amase y que incluso muchos encontráramos placer en hablar mal de ella. Pero Madrid es como una gran abuela tolerante, abierta, generosa, que mira a sus habitantes como a chicos revoltosos y que más sabe por vieja que por diabla. Siempre nos vencen su generosidad y su gentil escepticismo. Con Madrid no podrán alcaldes impíos ni gobiernos estultos. Parece que la vieja bruja supiera mucho más que todos ellos juntos y les dijera: "Tiempo al tiempo".

Digo que este año la he echado de menos porque, mundo adelante, noto un crecimiento atroz del nacionalismo, la patriotería y el chovinismo. En Estados Unidos he acabado empachado de clamores en favor del destino manifiesto y en territorios del Islam mis oídos se han empañado de lamentos hacia la incapacidad occidental para comprender el "mensaje tolerante" de Alá. Viajando entre mundos que cada día parecen más irreconciliables, he añorado el oasis de concordia indiferente que fue mi ciudad. Y me gustaría que me la devolvieran con sus aires limpios y no convertida en un basurero de cenizas, polvo y obras interminables cuyo objetivo y beneficios ignoro. Quiero creer que sobrevivirá incluso a los alcaldes que amenazan con destruirla para siempre.