De Beizama a Cuchillacu, por Luis Pancorbo

El obispo Labaka fue un hombre singular, que murió alanceado por los huaorani en el río Cuchillacu.

Luis Pancorbo

La casa donde nació Alejandro Labaka Ugarte, el obispo alanceado por los indios huaorani en el año 1987, mira a una huerta de manzanos, casi a pico sobre las pendientes verdes de Beizama que se van enlazando en un valle y éste en otro. Nada perturba una panorámica que se tiñe con todos los tonos verdes imaginables. Al fondo se dibuja el Aitzgorri, piedra roja, o monte rojo, incluso monte pelado, pues por una de esas particularidades, que constituyen la verdadera salsa de los idiomas, gorri comprende también lo que no es verde. Una cosa inaudita en Guipúzcoa, y aún más en Beizama, que es el corazón geográfico de la provincia.

Hay hoy 166 habitantes en una aldea que tuvo el título de Muy Noble y Leal Universidad de Beizama, entendiendo por eso una categoría municipal que concedía la Corona. Según Caro Baroja, era un tipo de concejo abierto que se reunía en la anteiglesia o atrio. Pero la universidad de Beizama, en realidad, se definía como unos caseríos dependientes de la alcaldía mayor de Sayaz. Ahí, entre hayas, robles y castaños, Alejandro Labaka creció fuerte como un pelotari. En Beizama nada hay plano. Hasta las cazuelas en la cocina parecen torcidas o a punto de resbalar, pero eso es hasta toparse con la iglesia, una fábrica de piedra y roble del XVI-XVII. Se consagra a San Pedro y a lo mejor por eso han relegado al coro a una imagen de San Ignacio con bigote y con las manos rotas. José Luis Romarate, el sacristán, aunque tiene que venir desde la localidad de Azcoitia, me enseña amablemente cómo suena el órgano de Beizama, del siglo XVIII y con todas sus notas sanas, desde el corno al fagot tronando a mayor gloria de Bach, o de Juan Sebastián Gaviota y otros sueños de estos valles que son como olas verdes. Luego me indica algo que apenas resulta divisable entre la penumbra: 12 apóstoles pintados en un lateral del órgano, con las bocas abiertas y con teclas en vez de dientes.

Uno ha ido a Beizama a cerrar un círculo, una de las cosas que a veces permite la fortuna. Pedro y Nekane, sobrinos del obispo Labaka, me enseñan la casa donde nació un hombre tan singular como su tío, el obispo de Aguarico, que murió alanceado, en unión de la monja colombiana Inés Arango, en el río Cuchillacu, una de las quebradas del Cononaco, en el Amazonas del Ecuador. Hasta allí fui con una barca, un equipo de televisión y unos guías que pescaban pirañas para cenar cuando acampábamos en los médanos. Un viaje duro, de los que dejan huella, en pos de la historia de Labaka.

Una cadena de fatalidades se cebó con un hombre como él capaz de desnudarse todo lo alto y ancho que era, y de ponerse el kome, el cíngulo prepucial al estilo de los huaorani. Lejos de mitras o báculos, llevaba regalos y consejos para unos indios en el punto de mira de los petroleros. Un helicóptero le transportó hasta el poblado de los tagaeri, los huao menos conformes con la entrada de los blancos en su selva. Labaka pretendía preparar a los indios ante lo inevitable, y se hizo acompañar por una mujer, signo de paz también en la selva. Pese a su atuendo desnudo, y su humildad mezclada con arrojo, los tagaeri, la facción huao que seguía al cacique Taga, interpretaron su llegada como una agresión. Cuantos podían sostener una lanza de chonta de cuatro metros, hasta mujeres y ancianos, alancearon al obispo y la monja y se escaparon a lo más hondo de la selva. En el poblado abandonado para siempre se encontró al obispo con 17 lanzas clavadas en su cuerpo, y tres lanzas (y 25 heridas) en el de la monja Arango. Otra vez había ganado el no entenderse. El horror sin historias.