Curiosidades de la Plaza Mayor de Madrid (que tal vez no conocías)

Este icónico espacio esconde muchas historias en sus más de 400 años

Noelia Ferreiro
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Foto: MarioGuti / ISTOCK

Es uno de los más emblemáticos espacios de Madrid, testigo del paso del tiempo y visita obligada de los turistas. La Plaza Mayor recoge la memoria de la ciudad a lo largo y ancho de sus más de 400 años de vida. Un rincón declarado Bien de Interés Cultural, en cuyas fachadas, soportales y viejos adoquines se esconden ecos castizos y aroma a bocata de calamares. He aquí unas cuantas curiosidades de este lugar que tal vez no conocías:

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Primero fue un lodazal

Quien iba a decir que aquella laguna de Luján que yacía anegada de lodo a las afueras de la villa, aquel charco al que los monarcas acudían a cazar patos, acabaría convertido en la plaza por excelencia de la capital de España, en su centro neurálgico emplazado a un paso del kilómetro 0 de las carreteras nacionales.

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Corría el siglo XV y Madrid contaba con apenas cinco mil habitantes, una muralla y un puñado de tenderetes que se improvisaban en esta zona empantanada para evitar pagar los aranceles. Así, al calor de estos mercaderes que llegaban de los pueblos cercanos a vender fresquísimos los productos de la huerta, las aguas fueron desecadas para facilitar el comercio. Y así también nació una suerte de plaza, llamada del Arrabal.

El sueño de un rey

Es a Felipe III, primer monarca madrileño, a quien se debe la disposición de este espacio tal y como lo conocemos hoy: amplio, estructurado y simétrico. Él mismo, obsesionado por modernizar la capital, ordenó la construcción de una plaza que concentrara el trasiego mercantil, pero que además sirviera como punto de encuentro de la población con la realeza. Un modelo que ya se había implantado en Valladolid y que no era otro que el mismo foro porticado que habían alumbrado los romanos en el albor de los tiempos. 

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Barroca, romántica, clasicista…

En 1617 comienzan las obras a cargo de Juan Gómez de Mora, arquitecto de confianza de la corona y autor de otros monumentos capitalinos como la Casa de la Villa (sede del Ayuntamiento hasta 2007) o el Monasterio de las Agustinas Descalzas de la calle Santa Isabel. Gracias a él, la Plaza Mayor se convierte en la máxima expresión del Madrid barroco, aunque ciertas reformas posteriores le añaden nuevos rasgos románticos y clasicistas. Entre ellas, las que se acometieron por obligación las tres veces en que inevitablemente fue devorada por las llamas: en 1631, 1672 y 1790.

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Epicentro de los acontecimientos

De celebraciones regias, de clamor popular, de episodios oscuros. La Plaza Mayor ha sido (y es) el lugar donde todo pasa. Lo bueno y lo malo. Aquí, sobre estos viejos adoquines, tuvieron lugar corridas de toros, procesiones del Corpus Christi, autos de fe y hasta ejecuciones públicas a cuchillo o a garrote vil.

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Árboles, fuentes y tranvías

Parece difícil de imaginar, pero hubo un tiempo en que la Plaza Mayor se asemejaba al Parque del Retiro. Fue durante la Segunda República, cuando los árboles floreaban y corría el agua fresca de las fuentes: cuando este recinto era un jardín donde respirar aire puro. También cuesta imaginar esta plaza sin su carácter peatonal, pero así fue realmente. Hubo otro tiempo en que La Plaza Mayor vio desfilar a los tranvías y después estacionarse a los coches.