Jordi Esteva, fotógrafo: “¿Qué haces cuando cumples tus sueños? Volver a soñarlos”

De niño, allá por los años 50 y 60, los relatos de aventuras ayudaron a Jordi Esteva a evadirse de la opresiva sociedad que le rodeaba. De adulto, protagonizó sus propias aventuras junto a magos, nómadas y piratas. 

Pablo Fernández
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Foto: Jordi Esteva

A finales de  los años 50, un grupo de zíngaros visitaba cada verano la localidad de Figaró-Montmany. El fotógrafo, escritor y director de cine Jordi Esteva (1951) solía pasar las largas vacaciones estivales de su niñez en Villa Rosa, la casa de su abuela en el pueblo barcelonés. “A Rosa [su hermana] y a mí nos fascinaban los zíngaros”, recuerda Esteva. “Llegaban al pueblo con sus carromatos y acampaban durante unos días.

Albert Buendía

Nos encantaba observar a escondidas cómo, en el claro del bosque frente a la fuente, cortaban leña, encendían fuegos o cuidaban de los osos, que llevaban sujetos con una argolla que les taladraba la nariz. Siempre traían consigo grandes bobinas de celuloide, y al anochecer en la plaza de la iglesia, proyectaban sobre una sábana un sinfín de maravillas, como El ladrón de Bagdad o Las aventuras de Simbad el Marino. Los veraneantes llevaban sus propias sillas y nosotros veíamos las películas desde el balcón de Mari Nuri, que daba a la plaza.” 

Albert Buendía

El pequeño Esteva sentía un incipiente desapego hacia la burguesía catalana a la que pertenecía su familia. Por ello, a pesar de que sus mayores le prevenían contra los zíngaros —“cuidado, que secuestran a los niños”, le asustaban—, él sentía fascinación por esa vida nómada, que identificaba con libertad y diversidad. “En realidad”, recuerda, “yo quería que los zíngaros me llevaran con ellos para huir de ese entorno opresivo”.      

Maravillas en blanco y negro

A través de los largometrajes de aventuras, la literatura y la geografía, Esteva comenzó a forjarse el sueño de ver con sus propios ojos esos remotos parajes en los que existían culturas muy distantes del nacionalcatolicismo del periodo franquista. 

Jordi Esteva

La música también contribuyó a la formación del joven y contestatario Esteva. “Las obras de la Beat Generation —Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg y compañía— apenas llegaban a España. Sus ideas empezaron a entrar gracias a Bob Dylan y grupos como The Doors, Jefferson Airplane... Éramos unos niñatos, pero esa música con mensajes antisistema nos intrigaba. No sabíamos exactamente lo que queríamos, pero sí sabíamos lo que no queríamos”.    

Jordi Esteva

Tras viajar hasta India en un Land Rover destartalado con cuatro amigos, Esteva se instaló en Egipto en 1980. “Entonces, El Cairo era como el París o el Nueva York del mundo árabe”, recuerda. Mientras trabajaba como traductor comenzó a realizar un proyecto fotográfico sobre los oasis del país. Ya en ese primer trabajo es posible apreciar una de las constantes de su carrera artística: “Quería buscar la memoria de los ancianos, de los mundos que están desapareciendo... Sin embargo, no me interesaba reflejar el cambio, prefería centrarme en los estertores de ese mundo que se desvanecía”.

Jordi Esteva

Para hacerlo, Esteva convivió, trabajó y compartió experiencias con la población local, hasta romper esa barrera invisible que existe entre la gente del lugar y los que vienen de fuera. Además de este método de trabajo, la intimidad de sus imágenes son producto de tres decisiones técnicas que son recurrentes para Esteva: el uso exclusivo del blanco y negro, el empleo de un objetivo 50mm —”el que más se asemeja el ojo humano”— y la adopción como propia de la máxima de Robert Capa de que “si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, es porque no estás lo suficientemente cerca”. 

Jordi Esteva

En 1985, la historia de amor de Esteva con Egipto entró en crisis cuando fue detenido y expulsado del país tras la descabellada acusación de conspirar para derrocar al gobierno de Hosni Mubarak. El libro de memorias El impulso nómada (2021) recrea aquellos años de formación, un periodo de descubrimiento personal y profesional que concluyó abruptamente con la expulsión del país. 

Jordi Esteva

Tras la publicación del libro Los oasis de Egipto (1995), Esteva siguió trabajando en culturas al borde de la extinción. En Viaje al país de las almas (1999) se acercó al animismo africano —según el diccionario de la RAE, el animismo es la “creencia en la existencia de espíritus que animan todas las cosas”—. Y en 2011 salió a la luz el trabajo que, probablemente, le haya reportado más atención: Socotra, la isla de los genios (2011), en el que visitó la remota isla del golfo de Adén de la que Marco Polo aseguraba que estaba habitada por los magos más sabios del mundo. Aquel niño que fantaseaba con vivir aventuras en parajes exóticos logró cumplir sus sueños. “¿Qué haces cuando cumples los sueños de tu infancia?”, se pregunta Esteva. “Volver a soñarlos.” La fotografía, la literatura y el cine son el material con el que Esteva ha revivido los sueños de su niñez.