Cumbre Tajín, por Mariano López

Los voladores de Papantla tienen preparado todo su arte para la Cumbre Tajín, el festival de la cultura totonaca.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

Cuando le preguntaron a Juan Simbrón, el maestro espiritual, el puxko de los totonacas de Veracruz, cómo vería la creación de una escuela de las artes indígenas, de las tradiciones de su antiguo pueblo, su primer consejo fue: hay que pedir permiso a nuestros antepasados, a los espíritus guardianes de la ciudad sagrada del Tajín. Así se hizo y fue una suerte porque la escuela, que nació con el nombre de Centro de las Artes Indígenas, no ha dejado de repartir alegrías desde que elevó la primera de sus dieciséis humildes casas cerca del Tajín, en la zona arqueológica del municipio de Papantla. La última gran noticia ha sido la inclusión del Centro, el pasado diciembre, en la Lista Mundial de Buenas Prácticas de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, elaborada por la Unesco, un magnífico blasón que ha llenado de orgullo a todos los habitantes de la región totonaca, al norte del Estado de Veracruz, que ya cuentan con tres inscripciones en la lista de la Unesco: el Centro de las Artes Indígenas, la ciudad totonaca del Tajín y la danza de los voladores de Papantla.

La misión del Centro es preservar una tradición de siglos y transmitirla a los jóvenes, a los niños, a los descendientes de quienes honraron al dios del Trueno en El Tajín, la ciudad coronada por la Pirámide de los Nichos, uno de los más bellos monumentos indígenas que se pueden admirar en todo México. El Centro copia la estructura de un antiguo poblado totonaca, un kachikín, y se organiza por casas especializadas cada una en un arte. Hay casas para la música, la danza, la cerámica, la cocina y el teatro. También hay una casa donde se estudia y se enseña la palabra. Los totonacas creen en la eficacia de la palabra generosa, la que sirve para construir, animar, infundir felicidad. La palabra florida, la llaman. Dicen que solo está al alcance de algunos iniciados, para quienes, desde luego, es un don.

Las casas de los creadores se organizan en torno a la casa principal, el kantiyán, la casa de los abuelos. Los abuelos son los maestros, los responsables de transmitir la raíz profunda de la existencia. En la cultura totonaca, crear es encontrar el sentido de la vida. El arte es la manera en que el ser se desarrolla, la forma en que se expresa el staku, el espíritu que nos lleva a la raíz y que está ahí, escondido, cautivo, en la madera, en el barro, entre los chiles, hasta que llega el artista y lo libera.

Una casa muy especial es la que se dedica a enseñar las habilidades de los voladores de Papantla. Los voladores representan un arriesgado rito que pide al cielo fertilidad para las cosechas. Clavan en la tierra un palo ritual de más de veinte metros de altura, instalan una frágil estructura rectangular giratoria, de madera, en la parte más alta del palo y allí se suben para realizar su danza. Son cinco voladores. Uno de ellos, el caporal, se sienta como puede en lo alto del palo o de la madera con una flauta y un tambor. Mientras, los cuatro danzantes se anudan los pies, cada uno a una esquina del rectángulo de madera con una cuerda que mide poco más de la distancia entre sus pies y la tierra. A una señal del caporal, los cuatro saltan cabeza abajo al vacío y, mientras suena la música de la flauta y el tambor, van girando en torno al palo, como si fueran una noria humana, estirando cada vez más la cuerda con sus pies hasta que completan wtrece vueltas y el último giro les permite saltar al suelo. Es una danza asombrosa, un vuelo a veces mortal, que los danzantes aprenden desde niños y ejecutan no como un espectáculo sino como un acto de fe.

Este mes de marzo, los voladores ya tienen preparado todo su arte porque a finales de mes se celebra la Cumbre Tajín, un festival que se organiza desde el año 2000 en Papantla con la idea de celebrar y difundir los valores de la cultura totonaca. También es un atractivo turístico, animado por talleres, ceremonias, terapias, comidas y conciertos de artistas internacionales. Este año actuarán Juanes, Chambao, Los Tigres del Norte y, entre muchos otros, un grupo de rumberos de Boston que acaba de descubrir Javier Limón. Todos los visitantes y asistentes a la Cumbre tendrán la suerte de pasear entre las preciosas ruinas del Tajín, incluso de noche, porque durante los cinco días que dura el festival se permite la entrada y el recorrido bajo la luz de la luna, la luna de plata de Veracruz.

El Tajín fue el principal centro de poder de los totonacas de Veracruz entre los años 500 y 1100 d.C. y llegó a sumar cerca de dos mil edificios, que honraban al dios Tajín, palabra que significa rayo o trueno viejo. Ahora, junto a la antigua ciudadela ha crecido una joya: las dieciséis casas del Centro de las Artes Indígenas que comenzaron a levantarse con las oraciones de Juan Simón. El puxco, el hombre de la palabra generosa, pidió a sus antepasados un lugar para crear y renacer, un pueblo como los antiguos, y los dioses del trueno, el huracán y la estrella del alba se lo han concedido. A la entrada del Centro cuelga un cartel con una palabra de difícil grafía y pronunciación: Xtaxkgakget makgkaxtlawana. Es el nombre que los totonacas han dado al Centro. Significa "el esplendor de los artistas".

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