Cuba y los temibles ciclones, por Carlos Carnicero

''Gustav'' y, luego, ''Ike'' han arrasado la isla de Cuba de Este a Oeste dejando la cifra récord de un millón y medio de desalojados.

Carlos Carnicero

La lluvia horizontal es la manifestación más sublime del huracán: el agua se introduce por el más sutil resquicio de puertas y ventanas sólo porque planea paralela al suelo, adosada a vientos que pueden llegar a 300 kilómetros por hora, sin encontrar blindaje que le impida el paso. Entonces la gravedad no cuenta. Las palmas reales, que son el árbol nacional de Cuba, realizan una manifestación de flexibilidad que no supera ningún otro objeto sólido de la tierra. Rozan el pavimento en paralelo, sin llegar a quebrarse, aunque en ese empeño pierdan el penacho de sus pencas y se queden calvas por un largo período de tiempo. El ciclón, además de una catástrofe, es una experiencia sublime, única, hermosa, con la condición de disponer medios de abrigo que permitan espiarlo sin que se dé cuenta.
Un ciclón es mucho más que la furia del agua y el viento desatada con tal fuerza que arranca los postes de alta tensión mejor anclados; hace volar a las personas que no están a cobijo, arranca tejados, levanta sembrados y arruina todo lo que encuentra a su paso.
Cada año, la temporada ciclónica que en el Atlántico norte comienza el día primero de junio y discurre hasta que termina noviembre, organiza la rebelión de las aguas cálidas y las corrientes del golfo para trepar hacia las zonas más frías. En Cuba, los niños en las escuelas aprenden toda la liturgia que rodea la presencia de tormentas tropicales y ciclones desde el ciclo infantil. La alarma sobre la naturaleza desbordada les acompañará ya durante toda su vida.
Cuando las aguas del verano empiezan a caldear el océano Atlántico y la espiral de furia se constituye generalmente al este de las Bahamas, el ecosistema determina la latitud desde donde se origina el ataque. Entonces el ingeniero José Rubiera se constituye en el gurú del que todo cubano está pendiente para adivinar en cada uno de sus gestos la magnitud del desastre que se avecina.
José Rubiera es el meteorólogo oficial de Cuba, jefe de todas las predicciones climáticas; el oficiante laico en el que depositan su confianza todos los habitantes de la isla grande, que se refieren a él con la confianza sobreentendida de quien forma parte de sus vidas desde siempre.
Su palabra es la de dios. Y sólo hay otro cubano que se ha atrevido a contradecirle, forzando sus vaticinios para tratar de esquivar una trayectoria ciclónica adversa: el comandante en jefe de la revolución cubana, Fidel Castro, que cuando su salud se lo permitía discutía con el meteorólogo en televisión las posibles trayectorias de la fuerza de los vientos y de las aguas. En el fondo, Rubiera es el crupier de una ruleta en la que la bola elegirá con su conformidad que parte de Cuba terminará por quedar devastada o si el huracán, por piedad o conveniencia, termine por sortear el contorno de la isla.
Este año José Rubiera ha sido portador de pésimos vaticinios fatalmente confirmados. Gustav y luego Ike eligieron un recorrido que crucificó Cuba de arriba abajo y de Este a Oeste. Un millón y medio de desalojados en un récord de protección civil difícilmente superable. El 60 por ciento de las cosechas perdidas, medio millón de viviendas afectadas ante la perpleja mirada de 11 millones de cubanos que volvieron a rezar al dios Rubiera para que su sabiduría taumatúrgica, casi religiosa, cambiara unas trayectorias que terminaron siendo implacables. Ahora los cubanos sólo esperan que los influjos de Rubiera, el año que viene, sean más poderosos que la tozudez de los vientos.