Cuba, última llamada al paraíso, por Carlos Carnicero

No hay lugar más mestizo en el mundo. Los colores de la piel no caben en el más sofisticado muestrario.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Antes de la revolución, un ferry directo unía Miami con La Habana en unas pocas horas. Era posible encargar cualquier cosa en Estados Unidos y a la mañana siguiente se desembarcaba en Cuba. Incluso un automóvil. Durante 56 años, dos universos distantes solo noventa millas han estado aislados como los países del telón de acero con el resto de Europa durante la Guerra Fría.

Todo se está negociando para que el tránsito entre Estados Unidos y Cuba sea un puente aéreo y naval. American Airlines ha abierto una línea regular desde Los Ángeles a La Habana. No hay fenómeno más transformador de un país que el turismo. Solo hay que recordar lo que pasó en España a partir de los 60.

Aconsejo a quienes no hayan visitado la isla que lo hagan rápido. Casi nada va a ser igual. Y la experiencia del contraste en una sociedad occidental pero caribeña, comunista pero cosmopolita y con una de las poblaciones más formadas y educadas del mundo resulta imprescindible porque desaparecerá.

Aterrizar en La Habana es una inmersión en otro mundo. No importan sus comercios, porque casi no existen como mercado sino como abastecimiento. Hay muchos barrios de la ciudad apuntalados. Es casi imposible distinguir si se quieren evitar los derrumbes o si los edificios están en permanente reparación. El tráfico es escaso y parece el escenario de una película donde los automóviles de los años 50 siguen circulando milagrosamente. Las únicas señas de modernidad son los hoteles, de administración española muchos de ellos. Afloran, en los últimos años, algunos establecimientos privados en un hemisferio de economía estatal. No hay lugar más seguro en el mundo, donde la delincuencia más peligrosa es que sustraigan una bicicleta o la ropa tendida. Sus moradores son amables; algunas veces hasta el empalago, por esa ansiedad que tienen los cubanos de conocer lo que pasa en el resto del mundo.

Las cosas no funcionan como un reloj porque la maquinaria económica no está engrasada y los cubanos dedican casi todas las energías a la supervivencia. Una sonrisa, un trago de ron y la conversación inacabable, fundida con los ritmos del Caribe que suenan sin dar un descanso, son la recompensa ante la falta de comodidad de algunos aspectos de la vida habanera.

Recorrer la ciudad obliga a observar detenidamente a los moradores escrutando su diferencia. No hay lugar más mestizo en el mundo. Los colores de la piel no caben en el más sofisticado de los muestrarios. Son gente bella, muchos de ellos. Las mujeres cubanas son coquetas desde la cuna. Y la educación es casi siempre exquisita.

El resto son calles estruendosas, reliquias de la colonización española y el inmenso malecón, que nunca duerme. Es el sofá de los habaneros que en las noches cálidas del verano acoge los secretos, las pasiones y los sueños de sus habitantes.

Salir de La Habana en coche es un ejercicio de habilidades para encontrar los caminos. Huérfanas las carreteras de señalización, perderse es encontrar retazos inimaginables de la vida. Los arcenes, inexistentes las más de las veces, acogen a quien quiere desplazarse pidiendo con una sonrisa que se les traslade a donde quieran ir. Pagarán con una conversación interminable, un café en el lugar del destino y la promesa de una amistad eterna.

Recorrer la isla de punta a punta es una aventura exenta de certezas. No hay mucho confort en el camino, porque los hoteles modernos se concentran en las grandes ciudades y en las playas. Pero ningún país ofrece esta posibilidad de observar de cerca a sus habitantes en sus lugares más íntimos.

No puedo imaginar Cuba instalada en la modernidad. Rezo a la Virgen de la Caridad del Cobre por que sea una metamorfosis inteligente que mejore la vida de los cubanos sin embriagarles con espejismos que no son suyos. Es un milagro probablemente inalcanzable. Solo invito a los lectores a que no se pierdan este paraíso de contrastes que está a punto de desaparecer.

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