Cuba, suspendida y agotada en el tiempo por Carlos Carnicero

Cuba nunca será como es ahora, con todas sus limitaciones y todos sus defectos, una isla flotando a la deriva de los tiempos.

Carlos Carnicero

En Cuba un norte puede ser lo mismo una orientación política que un frente frío. El desconcierto ocurre en invierno, cuando las capas altas de la atmósfera, en el Caribe, reciben los vientos fríos del norte. Entonces la vida se trasforma, llegan vientos que sin ser huracanados tuercen las palmas reales y los termómetros, desconcertados por los aires procedentes de Canadá, se vuelven locos por debajo de los quince grados.

Nada es lo mismo en la mayor de las Antillas: las casas, para quien la tiene, no están preparadas para cobijar a quien tiene frío, porque en Cuba sus hijos son esencialmente friolentos. Y la gente se abriga con lo que tiene a mano, dando la sensación de un inmenso carnaval desvencijado, como las casas de La Habana.

En los balnearios turísticos como Varadero o Cayo Santamaría, los camareros se encubren con lo que tienen para soportar el frío mientras los turistas canadienses, ingleses y alemanes -que son los que copan las reservas fuera de temporada vacacional- se acercan a las barras y acaban con la hierbabuena de los mojitos y con la batida de piña colada. Son hoteles preparados para utilizar el sol con inteligencia, abiertos, sin puertas ni ventanas, donde el frío aire del norte hace estragos.

Observaba todo esto en mi regreso de un largo viaje por la isla. Desde La Habana a Cienfuegos y Trinidad; luego la carretera central, sólo para iniciados en la pericia de esquivar caballos, bicicletas, perros, en un trazado estrecho y sinuoso, donde viajar de noche es una auténtica locura por la falta de luces de muchos vehículos y transeúntes. Después de atravesar Ciego de Ávila, Camagüey, Las Tunas y Bayamo, la Sierra Maestra certifica que es una de las zonas más bellas de Cuba. Todavía no hay instalaciones hoteleras para acoger un turismo masivo y sólo dos pequeños hoteles, en San Bartolomé Masó y Santo Domingo, pueden amparar a tres docenas de viajeros con una austeridad casi espartana. Pero el espectáculo merece la pena. Quien tenga vehículo adecuado y valor podrá subir por la carretera que parte de Santo Domingo, dentro del Parque Nacional de Sierra Maestra, para alcanzar en poco tiempo los novecientos metros sobre el nivel de mar desde los trescientos de partida. Cuatro kilómetros con desniveles del 45 por ciento que ponen los pelos de punta. Y desde allí se puede elegir una larga caminata de dos días a la cima del monte Turquino o visitar la Comandancia de La Plata, el mítico enclave desde donde Fidel Castro dirigía los comienzos de la guerrilla que le ha llevado a ocupar el poder durante cincuenta años. Una vieja nevera, una cama plegable y unas cuantas chozas para los impedimentos y la logística, junto algunas reliquias de aquellos tiempos, servirán para ser conscientes de la épica con que una docena y media de hombres decididos doblegaron la dictadura de Fulgencio Batista. Interesante, incluso para los escépticos y los contrarios furibundos de la revolución cubana.

El camino luego es largo hasta Baracoa, el lugar a donde llegó Cristóbal Colón en 1492. La belleza natural de la bahía, su aislamiento centenario hasta que en los años 60 se construyó la carretera de La Farola, hacen de este enclave un rincón para el silencio y la observación de sus gentes que todavía miran a los pocos viajeros que llegan como si fueran seres de otra galaxia. Los coches de caballo siguen siendo el método natural de transporte y la explotación del cacao y el coco la base de supervivencia de esta ciudad alejada y aislada de Cuba y del mundo, enroscada en una naturaleza prolija de especies autóctonas y densa de palmas reales que hacen sentir de verdad que se está en el Caribe.

Cuba nunca será como es ahora: con todas sus limitaciones y con todos sus defectos, una isla flotando a la deriva de unos tiempos a los que no se acomoda por la tozudez entrecruzada de sus gobernantes y la del enemigo del norte. En realidad Cuba carece casi de cualquier cosa excepto de eslóganes políticos. Se diría que está suspendida en el tiempo, sujeta por las vallas de publicidad que determinan la obligación de tener fe en un futuro que es imposible de precisar: largo, sinuoso, estrecho, como la carretera central que nos devuelve a La Habana.