Cuando el tren nos desplazaba y poseía, Carlos Carnicero

Me gustaría despedirme de las líneas que van a cerrar en España y almacenar los sentimientos de sus moradores.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

No hay sonido más sedante que el traqueteo del tren; se parece mucho a los impulsos del corazón. Sístole de contracción, cuando la rueda aborda la junta de unión de los raíles; diástole de relajación. Lo mismo que la vida. Me refiero, probablemente, a los trenes que todavía se soportan en traviesas de madera. A los trenes que se quejaban y servían sensaciones. El movimiento es, para mí, fuente de inspiración. Me encanta conducir tranquilo. Y me enloquece un viaje plácido en tren. Observo prudentemente a los pasajeros; bueno, en realidad los inspecciono. Recorro el paisaje con miradas sucesivas. Y en esas extroversiones descubro cosas de mí mismo. El tren es un sucedáneo del psicoanális. Lo aseguro.

Hoy el tren está amenazado en su concepción primigenia. Se anuncian cierres de líneas no porque no sean utilizadas sino porque no son rentables. Se confirma que importa el dinero, la rentabilidad, no las personas. Me tengo que reconciliar con la nostalgia inteligente, en difícil equilibrio entre lo que fue y lo que puede aún ser. Los tiempos de austeridad podrían facilitar este tránsito si revertimos sus consecuencias y volvemos a utilizaciones más racionales. El tren, como otras cosas, está en el epicentro de una nostalgia que hay que hacer inteligente.

De niño subí muchas veces a Canfranc, en el Pirineo aragonés. Un tren que recuerdo que soltaba humo y carbonilla en los túneles. Debía tener máquina de vapor, de carbón. El viaje de Zaragoza a ese inmenso vacío que es y sigue siendo la estación de Canfranc era un largo recorrido zigzagueante. La inmensa estación que estaba en desuso era un balneario de ensoñaciones que recorríamos en clandestinidad. Se olía el misterio de viajes que nunca se realizaron. Los que la diseñaron eran unos nostálgicos prematuros. En aquellos tiempos, o un poco después, el viaje de Zaragoza a Madrid era un paseo de un montón de horas, con paradas en estaciones que tenían fonda de película. Escenarios apropiados para esa novela de misterio que era el franquismo.

No tengo memoria de cansancio en esos viajes; sí de que el tren era un recipiente para la conversación y el conocimiento. Traqueteo sin angustias.

Escribí mis primeros versos en ese recorrido ferroviario entre Londres e Irún, cambios de estación incluidos, con 17 años recién cumplidos. Con amigos viejos, algunos de los cuales ya no están. Un viejo pantalón de pana, una trinchera de aquellas que decían que eran restos de serie de la guerra de Vietnam. Y la escasa barba que me proporcionaba la adolescencia. Bocadillos correosos que sabían muy bien. Todavía no había refrescos de bote y la gaseosa se cerraba con anclaje.

Nostalgia de trenes con vagón restaurante, cuando la economía lo permitía. El tiempo, entonces, no era un bien escaso. La dedicación permitía un goce que se ha perdido.

Para entender de lo que estoy hablando, habría que conceptualizar. El tren era un medio de transporte y una estadía que formaba parte de la esencia de la vida. No solo importaba el destino, sino también el tránsito. Ir resultaba tan importante como llegar.

Durante varios meses tomé todos los días el tren de las 7.48 h. en la estación de Streatham Common, en el sur de Londres, hacia la estación Victoria. Y había algunas cosas que nunca olvidaré. Jamás recuerdo que el tren llegase o saliese tarde de la estación. Es verdad que entonces Margaret Thatcher no había iniciado las privatizaciones. Siempre estábamos los mismos vecinos, a la misma hora, con el mismo destino. Nunca observé a nadie que saludara a otra persona ni con un gesto. Y la explicación era sencilla: nadie quería perder la privacidad que desaparece al reconocer a otro.

Doblaban la sabana de su periódico y se envolvían en sí mismos, abstrayéndose de todo lo que no les fuera propio. El tren les desplazaba, pero también les contenía; era una parte indisoluble de sus vidas.

Me gustaría despedirme de algunas de las líneas que van a cerrar en España. Las usan más de un millón y medio de personas, pero no son rentables. No sé qué harán con las estaciones o los vagones. Pero me gustaría ocuparme de almacenar los sentimientos que durante años han depositado sus moradores. Ya que no hay respeto por los servicios, debiéramos ser intransigentes con la conservación de las emociones. Me gustaría dedicarme a eso. Tal vez sea solo literatura.

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