Cuando el tiempo nos alcanza, por Carlos Carnicero

Buceo cada día en Google Maps trazando itinerarios casi imposibles para realizar una escapada definitiva.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

El tiempo siempre nos alcanza. Nos vamos poniendo viejos; y no es solo un estribillo emblemático de Pablo Milanés. Lo hablaba hace poco con una de mis consejeras emocionales, echando la vista atrás, rememorando vivencias antiguas y sueños renovados. Le decía: "No se puede envejecer sin pasiones, porque su ausencia destila arrugas, sobre todo en el alma". Aparte de mi oficio de periodista no conozco otra pasión, de las que duelen, que los viajes. Y he sido afortunado, pudiendo compaginar mi trabajo con mis desplazamientos. He vivido en cuatro países y varios continentes. He sido feliz con lo que he hecho y me he considerado razonablemente libre, porque no creo recordar, en este oficio de escribano y analista, que haya escrito o dicho nunca algo que no quería manifestar.

Confesaré más cosas. Estoy en varias encrucijadas superpuestas: emocionales, laborales y, sobre todo, vitales. Preveo desenlaces inmediatos que intuyo positivos. Y buceo cada día en Google Maps trazando itinerarios casi imposibles para una escapada definitiva. Atravesar Mongolia en automóvil, estudiar las cocinas callejeras del mundo, entrevistar a quien tenga algo que decir y, sobre todo, viajar solo, para que ninguna instancia cercana y habitual me contamine en mi obsesión por empaparme de todo lo que descubra. Y, por supuesto, no tener fecha de regreso.

Confesaré mucho más. También he decidido retomar últimamente mis clases de inglés para que el entendimiento más complicado se convierta en posible. Y aprendo a manejar una cámara de vídeo para que lo que recoja sea apetecible. Organizo además una página web para dejar constancia cotidiana y accesible de todos mis descubrimientos viajeros. Sin otra pretensión que compartir lo que me conmueva en mis desplazamientos con todo aquel que quiera disfrutarlo.

Un periodista no debe jubilarse nunca. O por decirlo de otro modo, la jubilación solo puede ser entendida como la posibilidad de trabajar y vivir de la forma en la que ambas cosas resulten satisfactorias. Eligiendo libremente.

Hablar de estas cosas en medio de una crisis tan profunda como la que vivimos me produce una buena dosis de pudor. Pero, al final, la inteligencia emocional en estos tiempos difíciles radica en convertir en oportunidad las dificultades. Cuando muchas empresas lanzan al vacío de una prejubilación a tantas personas útiles para el trabajo, cuando la experiencia empieza a ser entendida como un verdadero estorbo por los incapaces, solo queda convertir estas circunstancias en encrucijadas vitales bajo el lema de "que no te atropellen quienes te quieren marginar".

Viajar cuesta dinero, más o menos en función de los parámetros de confort y comodidad en que uno lo quiera hacer. Pero el precio más complicado es siempre el tiempo. Disponer de tiempo constituye el gran lujo; lo demás se puede arreglar, durmiendo en posadas limpias y humildes, viajando en ferrocarril o desplazándose despacio. Se pueden elegir los periodos del año en donde los precios resultan más económicos. Incluso se pueden hacer trabajos transitorios durante el recorrido si uno es dueño de su tiempo. Y se puede escribir mientras se viaja.

Comenzaré mi periplo por el sureste asiático sin perdonar ningún destino. Posteriormente cruzaré todo el continente americano, desde Alaska hasta la Tierra de Fuego, sin utilizar el avión en ningún tramo. Y hasta donde llegue.

El tiempo me alcanzará haciendo lo que realmente me plazca, y sintiendo que, aunque me queden muchos años de profesión y vida, que es lo que deseo, nada me impedirá realizar el sueño que detenga mis arrugas, sobre todo las del alma.

PD: Releyendo lo que he escrito, me pregunto si alguien que lea estas líneas pensará que estoy de retirada; no lo siento en absoluto. Sencillamente quiero volver a empezar, como tantas veces en mi vida. Así de mágico y así de sencillo.